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miércoles, septiembre 23, 2020

“Deciles que un remis te dejó aquí”: tras subirse a un taxi en Buenos Aires, llegó a Tucumán

Desde la habitación de un hotel céntrico de Tucumán, Lucas relata paso a paso cómo llegó a nuestra provincia en plena cuarentena. Cruzó la frontera hace unos días sorteando uno a uno cada obstáculo, cada control que se le puso al frente: “Hace varios meses que vengo tramitando el permiso para ingresar a la provincia y nunca me lo dieron. No me quedó otra que mandarme sin permiso”, se justifica el tucumano de 32 años con residencia en Buenos Aires.

Lucas vive y trabaja en la Ciudad de Buenos Aires, pero la pandemia lo golpeó duro y la cuarentena lo encerró en su departamento de San Telmo en la más completa de las soledades: “Mi novia y mis hermanos están acá en Tucumán. Yo, habitualmente, vengo cada vez que puedo. Pero ahora no podía venir de ninguna forma”.

“Todas las semanas solicitaba permiso para venir al COE, pero siempre me lo negaban. Empecé a buscar alternativas para viajar, pero todos los servicios de transporte dejaron de ofrecer Tucumán como destino por el decreto que impide ingresar a la provincia”, profundiza Lucas.

La angustia y la frustración de Lucas fueron transformándose en desesperación hasta que apareció una luz de esperanza, pese al riesgo que implicaba una decisión ilegal que podía comprometer su libertad: “Mi novia me contó que leyó sobre un taxista de Buenos Aires que hacía el viaje hasta Tucumán y que garantizaba el ingreso. Yo lo llamé. Es un porteño que dice tener un contacto en la frontera de la provincia que hace pasar a sus pasajeros”.

“Por supuesto que lo primero que sentí fue desconfianza: empecé a tratar de averiguar y el señor me agregó a un grupo de WhatsApp donde clientes que viajaron con él daban buenas referencias. Yo llamé por teléfono a algunos y todos me coincidieron con que era una garantía viajar con él, así que me animé y me decidí a venirme”.

Antes de viajar, Lucas tuvo que sacar un permiso para transitar en las rutas nacionales: “Es un trámite muy sencillo de hacer: lo solicitás y a los cinco minutos ya lo tenés”. Además del trámite, debió hacerse un hisopado: “Esa fue una exigencia del taxista que me pidió que tenga un hisopado realizado 72 horas antes de viajar”.

La osadía no sería gratis para Lucas, claro que no: 40 mil pesos en efectivo fue el precio que pagó por cruzar clandestinamente medio país con un desconocido al volante, aferrado solo a las ganas de volver a Tucumán: “Vinimos tres personas: el taxista, otro chango y yo, al que supongo que le habrá costado lo mismo que a mí”.

El taxista porteño sale todos los viernes desde CABA rumbo a nuestra provincia con tucumanos a bordo: “Salimos a las 17 porque de esa forma se pasan los controles más exigentes de noche, cuando suelen ser menos intensos. Hicimos la autopista Buenos Aires-Rosario sin cruzar ningún puesto. Entre esas dos ciudades se puede circular libremente. Después agarramos otra autopista hasta Córdoba, donde sí nos pidieron papeles, pero nada del otro mundo. Desde ahí agarramos para Catamarca”.

Alrededor de la 4 de la mañana, debieron realizar una parada obligada: “En el límite entre Catamarca y Santiago tuvimos que frenar: la Policía santiagueña no te deja entrar antes de las 10 de la mañana. A esa hora abren. De todas las provincias, Santiago es la más estricta”.

“Nos fajaron las puertas de los autos para asegurarnos que no bajáramos en ningún lado: nos retuvieron los papeles del auto y los documentos, algo que no creo que sea constitucional ni legal, y nos escoltaron desde Frías hasta las Termas. Ahí nos devolvieron todo a  la salida de la provincia. Me llamó la atención que las calles de Las Termas estén valladas con policías por todos lados. Es imposible entrar a esa ciudad”, describe.

El momento más tenso del viaje llegó en la frontera con Tucumán: nadie puede entrar sin los permisos y en ese auto nadie los tenía. “El taxista nos aseguró que sí tenía un contacto en el control fronterizo y nos dio las indicaciones. Primero cruzamos el arco de los santiagueños. Ahí nomás paramos. Hay como 500 metros hasta el arco de ingreso a Tucumán: en ese limbo entre las provincias nos hizo bajar, me pidió que esperáramos 15 minutos y me aconsejó´: ‘Decí que un remís te dejó aquí y que no sabés nada’, también nos pidió que mintiéramos su nombre o que no lo nombráramos”.

Fue entonces cuando Lucas y su compañero ocasional supieron que tenían dos caminos: denunciar al taxista con los policías sin saber qué consecuencias les traería eso o seguir confiando en él y hacer al pie de la letra cada una de las recomendaciones, rogando que no sea un embustero estafador.

“Ya estábamos ahí, en ese espacio que no es ni Tucumán ni Santiago: cargando bolsos y sin escapatoria. Decidimos hacerle caso al taxista y seguir sus consejos. Fuimos y sostuvimos el discurso de que no conocíamos al dueño del auto, que simplemente nos subimos y que necesitábamos entrar. El resto de lo que dijimos fue la pura verdad: que ambos teníamos hisopados negativos, que éramos tucumanos, que estábamos desesperados y que lo único que queríamos era entrar a nuestra provincia”.

Al principio, la postura de los agentes era negativa. Lucas admitió que se sorprendió por el buen trato: “En todo momento fueron muy respetuosos y cordiales, pero firmes en que no podíamos entrar. Así que nos quedamos a un costado de la ruta. Estuvimos como siete horas así: a cada rato aparecía un señor que nos tranquilizaba y nos decía que esperáramos, que en algún momento íbamos a pasar. Yo no sé porque no se presentó con su nombre, pero creo que puede haber sido el famoso contacto del taxista”.

Lo cierto es que el chofer les había anticipado que iban a tener que esperar, pero que tarde o temprano, al cabo de unas horas, iban a poder pasar y así fue: “En un momento vinieron y nos dijeron que el jefe estaba de buen humor, y que ya venía un taxi a buscarnos para llevarnos a la terminal y hacer nuestro registro de ingreso a la provincia. Ayudó mucho el hisopado negativo que teníamos”.

Una vez en la Terminal, los tucumanos se sometieron a las pruebas tal como indica el protocolo de ingreso: “Nos controlaron la temperatura, nos hicieron pruebas del olfato y ahí nos empezaron a derivar a los centros de aislamiento. Te ofrecen dos opciones, algunos albergues gratuitos y los hoteles que son rentados: yo elegí pagar y me tocó el uno del centro, aquí estoy ahora, cumpliendo cuarentena”, revela Lucas.

“Cuando llegás al hotel te hacen firmar un compromiso en el que no vas a salir de tu habitación, ni tomar alcohol, ni fumar y varias cosas más. Tenés que permanecer 14 días y sale 1000 pesos la noche. Incluye las cuatro comidas y bebidas del día. Todas las mañanas te visita un enfermero que te controla la temperatura y ofrece un servicio gratuito de terapia psicológica: mucha gente lo solicita porque es muy duro este encierro”.

“La habitación está buenísima y mi familia me manda cosas: todavía no los vi, pero ya los siento más cerca”, relata Lucas, que sobre el final de la charla reflexiona: “Tengo muchos contactos en juzgados, fiscalías, ministerios, Casa de Gobierno y nadie pudo ayudarme porque hay una intención muy clara de hacer las cosas bien, pero al final, un taxista porteño es capaz de tejer una red hasta la frontera con Tucumán”.

“Al final y al cabo yo tomé la decisión de venir porque nunca creí que la Policía tucumana fuera incorruptible, sabía que de alguna forma por izquierda se iba a poder pasar y he terminado pasando”, sostiene Lucas y en ese mismo momento le tocan la puerta de la habitación y dice: “Me vienen a hacer el hisopado, si me vuelve a dar negativo, mañana me voy con mi familia. Tengo que cortar”.

Fuente: eltucumano.com

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