1989: El día que el dinero se volvió humo y los argentinos corrían contra el remarcador

¿Cómo era vivir cuando los precios cambiaban dos veces por día y el sueldo se evaporaba en la mano? Las historias ocultas de la hiperinflación del 89, desde los hermanos dejados como “garantía” hasta la carrera final de Alfonsín por encontrar un ministro.

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1989: El día que el dinero se volvió humo y los argentinos corrían contra el remarcador

La Argentina de 1989 vivió una pesadilla económica que marcó a fuego a una generación. Una hiperinflación del 3079,5% anual convirtió la vida cotidiana en una carrera desesperada por llegar antes que el remarcador de precios en los supermercados. El desmadre financiero, que llegó a registrar un 200% de inflación solo en julio, no solo acabó con el gobierno de Raúl Alfonsín, sino que dejó escenas de caos, pobreza y una lucha diaria por la supervivencia.

La tormenta perfecta se gestó desde el agotamiento del Plan Austral. Tras la derrota radical en las elecciones legislativas de 1987 y los levantamientos militares carapintadas, el ministro Juan Sourrouille lanzó el Plan Primavera en 1988. Su objetivo era aguantar hasta la entrega del mando a fines de 1989. Sin embargo, una serie de factores detonaron la bomba en abril del 89.

Inflación mensual altísima, déficit fiscal, caída del precio de los commodities, una deuda externa asfixiante y emisión monetaria se combinaron con el malhumor social y la proximidad de las elecciones presidenciales. El 6 de febrero de 1989, el Banco Central anunció que no intervendría más en el mercado de cambios por falta de dólares. Allí comenzó el desmadre: 40%, 80%, 120%, 200% de inflación mes a mes.

El candidato radical Eduardo Angeloz pidió la renuncia de Sourrouille, pensando que era su única chance. Alfonsín nombró entonces a Juan Carlos Pugliese, cuyo paso por el Ministerio de Economía fue breve y dramático. Su frase quedó para la historia: “Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”. Mientras, Carlos Menem, desde la seguridad de su victoria, fogoneaba a los mercados.

La guerra de las góndolas: remarcadores, peleas y secretos

En la vida diaria, dos personajes se volvieron fundamentales: el empleado de la financiera que cambiaba el valor del dólar en la pizarra y el remarcador en el supermercado. En los comercios, las escenas eran dramáticas. Las góndolas parecían desiertas y la gente corría una carrera permanente contra los empleados con sus pistolas de etiquetas.

No paraban de remarcar. Una etiqueta blanca adhesiva se superponía sobre la anterior, formando a veces una costra de papel de varios centímetros. Llegaban dos listas de precios por día: una por la mañana y otra por la tarde. Algunos remarcadores, compasivos, dejaban que la gente tomara los productos que aún no habían intervenido.

Las peleas eran moneda corriente. Un cliente dejaba su changuito descuidado y otro le sacaba una botella de aceite o un paquete de galletitas que aún conservaba el precio anterior. Quienes conocían el secreto sabían que los productos en la tercera fila de la góndola solían ser más baratos, porque habían quedado atrás en la frenética remarcación.

En las cajas, el drama continuaba. La gente debía dejar productos porque el dinero que traía ya no alcanzaba. Los aumentos eran tan abruptos que algunos supermercados los anunciaban por altoparlante: “Todos los precios del supermercado han sufrido un aumento del 25%”.

Las familias recorrían los supermercados en busca del precio que aún no haya sido remarcado. (Foto: AFP)

La periodista Dalia Ber recuerda una anécdota familiar: su mamá mandaba a su hermano a comprar leche al almacén de enfrente. El precio subía cada día, y el dinero no alcanzaba. El chico dejaba a su hermano menor de “seña” y cruzaba a buscar más plata. Hasta que el almacenero le dijo a la madre: “Señora, no es necesario que me deje al más chiquito de garantía”.

Electrodomésticos, acopio y sueldos que se licuaban

La locura también reinaba en las casas de electrodomésticos. Muchos destinaban su sueldo, condenado a licuarse en días, a comprar un bien durable. La búsqueda era frenética. Si uno se demoraba unas horas, el lavarropas que costaba 700.000 australes podía valer más de un millón.

Mariel Fornoni, a punto de casarse, no supo hasta el jueves previo a su boda si podría afrontar el costo definitivo del salón y el catering. La cifra podía variar sideralmente. En muchas familias, la estrategia fue el acopio: placares repletos de papel higiénico, fideos, latas y productos de limpieza. Era una inversión para proteger el dinero, una lección aprendida del Rodrigazo y Malvinas.

La frenética hiperinflación marcó el final del gobierno radical. (Foto: AFP)

El día de cobro se volvió vital. Una diferencia de 24 horas podía significar comprar un 30% menos de dólares, el único refugio contra la licuación. La gente corría a las financieras, donde largas colas presenciaban cómo el cadete cambiaba la cotización en la pizarra una y otra vez. Quedarse con australes era condenarlos a convertirse en papel pintado.

El gobierno emitía billetes de mayor denominación, llegando a haber de 500.000 australes y monedas de mil. La pobreza escaló al 47%, se perdieron puestos de trabajo y los saqueos se volvieron una triste postal del país.

La pobreza aumentó al 47%, se perdieron muchos puestos de trabajo, hubo desabastecimiento y saqueos. (Foto: AP)

El final: Alfonsín y un último ministro convencido “con el corazón”

La hiperinflación provocó la salida anticipada de Raúl Alfonsín, quien se había quedado sin poder real. Para los meses finales, necesitaba un ministro de Economía. La anécdota la cuenta Enrique Paixao, entonces secretario de Justicia: Alfonsín llamó por teléfono a Jesús Rodríguez.

“-Jesús, le tengo que pedir un favor. Me tiene que ayudar a convencer a un amigo de que agarre el Ministerio de Economía”, dijo el Presidente. Tras la respuesta de Rodríguez sobre lo difícil que sería encontrar a alguien, Alfonsín reveló: “-Es un amigo muy querido. Se llama Jesús Rodríguez”. Tras un largo silencio, Rodríguez respondió: “A usted no le puedo decir que no, Raúl”. Alfonsín consiguió su último ministro hablándole, una vez más, con el corazón.

La hiperinflación provocó la salida anticipada de Alfonsín del gobierno. (Foto: AFP)

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