A 12 años sobrevivió al choque del Yazá: el pedido que le hace a quienes toman alcohol
Tenía 12 años cuando el colectivo cayó al arroyo Yazá y sobrevivió entre los hierros. Hoy, mientras las secuelas lo acompañan, les habla a quienes manejan después de tomar: "Perjudican a gente inocente".
Alejandro Aquino tenía 12 años cuando el colectivo en el que viajaba con su papá cayó al arroyo Yazá. Sobrevivió, pero lo que escuchó mientras estaba atrapado entre los hierros no lo pudo olvidar nunca más.
El siniestro vial ocurrió el 26 de octubre del año pasado en el acceso al puente del arroyo Yazá, en Campo Viera, y se cobró nueve vidas. Alejandro y su padre, Juan Antonio Aquino, viajaban en el colectivo Sol del Norte que había salido de Oberá a las 4 con destino a Puerto Iguazú.
El micro, conducido por Nicolás Tarnowski (30), apenas había recorrido 18 kilómetros cuando un Ford Focus al mando del obereño Rafael Gonzalo Ortiz Jordán (34) se cruzó de carril y lo impactó de frente. Producto del choque, el colectivo atravesó el guardarraíl y cayó 20 metros hasta el cauce de agua. Quedó sobre su lateral derecho, con la mitad delantera sobre el arroyo.
“Si caíamos en el agua, no sobrevivíamos”
Alejandro habló con El Territorio y reconstruyó aquellas horas de oscuridad, hierros retorcidos y gritos que se apagaban. “Había un chico que gritaba ‘mami, papi… no quiero morir, ayuda’. Y al rato dejó de gritar”, recordó con una mueca de tristeza.
Su mamá, Carolina Seubert, contó lo que el papá del nene le dijo después: “Dice que Ale le salvó la vida, porque gritaba y los bomberos lo escucharon”.
El siniestro se produjo el mismo día de las elecciones legislativas. Por eso, esa madrugada, varias personas viajaban desde Oberá hacia sus localidades para votar. Entre ellos había estudiantes de las carreras de Ingeniería y Arte y Diseño de la Universidad Nacional de Misiones con sede en Oberá, como el padre de Alejandro.
“Mi papá iba a votar en Puerto Piray y de paso a visitarle a mi abuela, era para ir y volver en el día, y yo fui junto para pasear. Justo se rompió la moto de él, por eso fuimos en colectivo”, contó el menor.
Y siguió con la secuencia: “Subimos al cole y agarré el celu. Cuando íbamos llegando al puente yo seguía con el celu, pero medio que me estaba durmiendo, y en eso sentí el choque o la frenada del colectivo, y me fui para adelante y choqué contra el asiento del frente”.
“Ahí mi papá me cubrió con su cuerpo y me abrazó. Ahí volcamos. Cuántas vueltas dimos, no sé; cómo caímos, no sé. Me desmayé y me desperté al rato, con los gritos de unos chicos de atrás. Era todo oscuro, una desesperación. Lo único que escuchaba eran los gritos y el ruido del arroyo. Mi papá me hablaba constantemente. A él, el techo le aplastó y le costaba respirar”, detalló.
Explicó que apenas se podía mover porque su papá quedó encima suyo. Se fracturó la muñeca derecha, aunque mientras estuvo atrapado no sintió mucho dolor en esa zona.
“Quedé boca arriba, con la cabeza para el costado, con mi papá arriba mío. Si caíamos en el agua, no sobrevivíamos. Yo escuchaba chicos que gritaban y lloraban, hasta que no se oía más”, dijo en una frase que resume el desastre.
El rescate: “Ya no hay nadie más”
Su mamá siguió atenta el relato que ya conoce y agregó que Ale y el papá fueron los últimos en ser rescatados del colectivo. “Los bomberos tuvieron que cortar el techo para sacarlos. El papá estaba muy mal, padeció varias fracturas”, indicó.
Alejandro mencionó que, a pesar de la incomodidad, quedó mirando hacia afuera, aunque desde el exterior no lo veían. “Tenía un lugarcito para mirar y empecé a ver a los bomberos caminando; cuando pasaban al lado mío, yo movía el brazo, pero no me veían. Yo escuchaba que los bomberos decían ‘listo, ya no hay nadie más’, y ahí me agarró más desesperación y empecé a gritar más fuerte. Hasta que un bombero se agachó y me vio: ‘Hola, cómo te llamás’; ‘Alejandro’, le dije. Me preguntó ‘cuántos años tenés’ y después me dijo ‘quédate tranquilo, que enseguida te vamos a sacar’. Eso me tranquilizó”, destacó.
Otro momento complejo fue cuando los rescatistas se desplazaban sobre el colectivo y eso ejercía presión sobre el chico. “El apoyabrazos me apretaba la cabeza cuando caminaban por arriba. Les pude avisar y se dieron cuenta. Siguieron cortando, hasta que vi la luz de afuera y sentí un alivio”, reconoció.
Primero rescataron al papá, que estaba sobre el chico. Después ambos fueron trasladados al Hospital Samic de Oberá.
La angustia de una madre
Ese día, Carolina Seubert estaba trabajando como fiscal de mesa por las elecciones cuando un llamado le avisó lo que había pasado. Fue al Hospital de Oberá con la desesperación a cuestas.
“Cuando lo vi a Ale, estaba cubierto de sangre y fue desesperante, pero enseguida me dijeron que sólo se rompió el brazo, y que tenía sangre de otras personas. El papá estaba en otra sala y tenían que operarle, pero no podían porque estaba muy nervioso porque quería saber cómo estaba el hijo”, recordó.
Pasaron un par de horas y el hombre no se tranquilizaba. Entonces Carolina tomó su celular, le sacó una foto al chico e hizo que grabara unas palabras que finalmente calmaron al papá, quien pudo ser intervenido.
Alejandro estuvo internado una semana. Su progenitor permaneció un mes en el hospital por las fracturas de fémur y acetábulo, una parte de la pelvis.
“Eso fue intencional”
Sobre qué ocasionó la tragedia, Alejandro precisó que “al día siguiente mi mamá me mostró fotos y me contó cómo fue. Días después, mirando el celular, descubrí y escuché los audios del conductor del auto”.
“Todavía no entiendo por qué hizo eso. Por eso, si toman alcohol no salgan con los autos, porque perjudican a gente inocente, como nos pasó a nosotros. Mi papá y yo sobrevivimos, pero murieron muchos jóvenes inocentes. Pienso ‘qué loco, cómo se va a meter frente a un colectivo’. Eso fue intencional”, reflexionó respecto al accionar del conductor del Focus que estaba alcoholizado.
Fanático del fútbol, hasta aquella madrugada Alejandro jugaba en las inferiores del Club Atlético Oberá. No volvió a hacerlo: primero por la fractura del brazo y la recuperación, y luego porque este año comenzó la Escuela Provincial de Educación Técnica (Epet) 3, donde cursa en doble turno.
“Hay veces que aparecen los recuerdos, los gritos y todo lo que pasó. No tuve pesadillas, pero sí soñé con el arroyo y el lugar donde estuve. A veces me agarra la melancolía y me dan ganas de llorar. Ese mes justo íbamos a viajar a un torneo en Entre Ríos, pero pasó todo eso y no pude hacer el último viaje con los chicos”, lamentó con un brillo emocionado en la mirada.
