A los 79 años, recorre Ramos Mejía vendiendo empanadas para pagar un alquiler de $600.000
¿Cómo hace un jubilado de 79 años para pagar un alquiler de $600.000? Ricardo sale a vender empanadas todos los días y cuenta su historia.
Ricardo, un jubilado de 79 años, sale cada mañana a vender empanadas caseras, embutidos y quesos por las calles de Ramos Mejía. Su objetivo: reunir los $600.000 mensuales del alquiler que él y su pareja, Mari, deben afrontar para no perder su vivienda.
El hombre, que se jubiló hace más de ocho años, no descansa ni los fines de semana. Entre semana, recorre a pie y en colectivo la calle Arieta hasta Venezuela, y también se acerca a la Clínica Don Bosco. Los sábados a la tarde y los domingos a la mañana, vende flores en un puesto de Saavedra y Avenida de Mayo.
“Sin ella no lo podría hacer”
Mari, su esposa, es la encargada de la cocina. Se levanta a las 6.30 para hornear las empanadas que Ricardo ofrecerá durante el día. “Sin ella no lo podría hacer. Imposible”, reconoció el jubilado, que carga una canasta con empanadas de carne, pollo y jamón y queso, a $2.500 cada una, además de matambres, embutidos traídos de Suipacha y quesos.
El emprendimiento nació cuando Ricardo se jubiló. “Me jubilé y ahí empecé a trabajar como nunca”, dijo con humor, y agregó: “Por ahora lo puedo hacer”.
Un alquiler que “la tenemos que pelear”
La pareja vive en un dos ambientes, sin mascotas, pero con un alquiler que cada mes les exige más: ya ronda los $600.000. “La tenemos que pelear”, admitió Ricardo, quien a veces debe “pedir auxilio a algún amigo, a algún pariente”. Sus hijos viven lejos y cada uno tiene sus propios problemas.
Para alcanzar esa cifra, Ricardo necesita vender entre 30 y 60 empanadas por día, según el horario y los pedidos. “Siempre pago atrasado, pero pago”, contó, y destacó que los dueños del departamento y la inmobiliaria los conocen: “Saben que somos pagadores seguros”.
“A los saltos por un bizcocho”
Consultado sobre cómo llegan a fin de mes, Ricardo recurrió a un dicho antiguo: “A los saltos por un bizcocho, como se decía. Pero llegamos”.
Cuando la cronista le preguntó qué lujito se da con Mari, respondió sin rodeos: “No nos damos lujos. No nos podemos dar ningún lujo”. Pero tras una pausa, reflexionó: “Agradecemos que podemos salir a trabajar todos los días. No es poco”.