A los 95 años, la reina de las plantas raras se despide de su vivero de Benavídez

Chola López Varela tiene 95 años y convirtió un terreno en Benavídez en el vivero de plantas raras más famoso de la zona. Ahora, el lugar que fue refugio de paisajistas y vecinos cierra sus puertas para siempre. La historia de una mujer que traía especies prohibidas en la valija y aprendió el lenguaje secreto de las plantas.

· 11 min de lectura
A los 95 años, la reina de las plantas raras se despide de su vivero de Benavídez
A los 95 años, la reina de las plantas raras se despide de su vivero de Benavídez

El vivero La Terraza, en Benavídez, más conocido como el vivero de Chola, cerrará sus puertas en noviembre. Su fundadora, Chola López Varela, tiene 95 años y una historia que mezcla plantas exóticas, viajes con valijas llenas de gajos y una comunidad que se formó alrededor de sus canteros.

Chola se volvió famosa en la segunda mitad de su vida. Fue la consultora obligada de las paisajistas más prestigiosas y una figura entrañable del barrio. Hoy, con su empleado histórico a punto de jubilarse, el vivero vende los últimos ejemplares y se prepara para el cierre.

Hablar del final la hace llorar. Pero también, cuando repasa su vida, se ríe con ganas y se reconforta.

Una infancia entre gajos y tierra

—¿Cómo empezó esta relación tan profunda con las plantas? —le preguntaron.

—No sé si empezó en algún momento, fue de toda la vida. Mi madre decía que cuando yo tenía apenas cinco años ya andaba pidiéndole gajos a las vecinas para hacer mis plantitas y ponerlas en nuestro jardín. Vivíamos en General Villegas, que era una tierra de campo.

En ese pueblo del noroeste bonaerense, donde fue amiga de su vecino Manuel Puig, Chola pasó la infancia. El amor por la jardinería le llegó por la línea masculina: primero su abuelo, después su hermano.

“Adoraba a mi abuelo —cuenta—. En las vacaciones me iba a su casa. Él se levantaba, desayunaba y se iba directo a trabajar la tierra en una quinta que a mí de chica me parecía inmensa. Yo corría detrás de él. Mi abuelo era español; muchos años después, cuando viajamos a visitar a los parientes de ese lado, vimos que todos se dedican a la agricultura y la ganadería. Es un amor que viene en el linaje familiar”.

Sobre Manuel Puig, recuerda: “Éramos muy amigos de jóvenes, cuando teníamos unos 14, 15 o 16 años. Él venía todos los días a mi casa a tomar la tarde. En ese entonces todavía no escribía, pero siempre se diferenció. Era alguien que llamaba la atención. Después vinimos a Buenos Aires y dejamos de vernos”.

Echar raíces a los 50

Chola se mudó a Buenos Aires, se casó y tuvo cuatro hijos. Hasta los 50 años llevó un estilo de vida que después cambiaría por completo.

“Me casé joven, a los 24. Durante mucho tiempo me dediqué a criar a mis hijos y a la casa, un trabajo mucho más difícil que el trabajo con las plantas. Me volqué a la jardinería de manera autodidacta, nunca hice un curso de nada porque en aquella época no existían los cursos que hay ahora. Pero siempre fui muy charleta y curiosa. El trabajo empezó espontáneamente, porque mis amigas me decían: ‘Ay, vos que hacés el jardín en tu casa, decime qué pongo acá, vení y ayudame a comprar la planta’. Así arranqué. Yo andaba de acá para allá en un Citroën haciendo jardines, trabajando un montón, pero sin tener nunca un peso encima”, ríe.

La idea del vivero no fue suya, sino de su hermano Martín, dos años mayor. Él vivió en Panamá y Estados Unidos criando plantas. Al ver el ritmo de Chola, le regaló el terreno en Benavídez para que montara el vivero.

“Nunca en la vida había pensado en tener un vivero, estaba contenta haciendo obras. Pero me entusiasmó la idea de dejar de andar tanto en la calle. ¡Llegué a tener hasta siete empleados en la época de mayor expansión!”, asegura.

Valijas llenas de plantas raras

Durante años, Chola viajó a Sudáfrica y a Europa y volvía con la valija llena de plantas envueltas en papel de diario.

“En el avión rezaba el rosario y le pedía a Dios que no me las sacaran en la Aduana. Por suerte, nunca me sacaron nada. Una vez traía una valija entera y pasamos con total tranquilidad porque los controladores estaban distraídos con un partido de fútbol. Otra vez había una huelga y no nos revisaron”, recuerda.

—¿Te sentías una traficante? —le preguntaron.

—¡Es verdad! Pero no me importaba nada porque era una ley que sentía que no llegaba a mí; yo estaba trayendo plantas, que es lo más hermoso del mundo. Además, tenía el cuidado de traerlas completamente limpias, sin una gota de tierra y con las raíces bien lavadas, porque lo que contamina y trae pestes no es la planta en sí, sino la tierra. Mi única misión era multiplicarlas, reproducirlas acá y ver si se adaptaban.

Para ella, una planta lindísima es la que no se ve en todos lados: “la rara, la diferente y que tiene belleza, ya sea por su follaje, por sus flores, por sus hojas o por su perfume”.

Chola aprendió de manera autodidacta. Dejó la escuela a los 15 años, pero leía e investigaba por su cuenta. De un viaje a España se trajo una valija repleta de libros de botánica. Tenía una memoria prodigiosa para la taxonomía: le bastaba escuchar una vez el nombre científico en latín para no olvidarlo más.

Su “Biblia botánica” era un volumen enorme, de esos que se usan en las cátedras universitarias. Lo leía durante dos o tres horas seguidas y marcaba la página exacta donde había quedado.

La equinácea, el kiwi y la Salvia Chola

Chola fue pionera en introducir especies que hoy están de moda. “Fui la primera que trajo la equinácea al país, y fue por pura casualidad. A fines de los 80, un muchacho que era cliente vino y me dijo: ‘Tengo esta planta con la que me estoy curando, ¿cómo podemos hacer para reproducirla?’. Tenía SIDA él. Me interesé enseguida y la empecé a multiplicar. ¡Llegamos a tener cinco hectáreas de equinácea cultivadas! Sabíamos de sus propiedades medicinales y anduvimos recorriendo laboratorios para ofrecérselas. Pero me sacaban carpiendo. Como llegamos demasiado temprano antes del boom medicinal, esas hectáreas terminamos vendiéndolas como flores cortadas”, cuenta.

También introdujo el kiwi. Un matrimonio de alemanes que vivía entre Alemania y San Pedro le dio las plantas como pago por un préstamo. “Nos dio tantas plantas que comíamos kiwis a lo loco en casa. Yo misma salía a la mañana en la camioneta con un cajón de kiwis a ofrecerlos por hoteles y verdulerías de San Isidro, Vicente López y Belgrano. ¡Nadie me compraba nada porque no los conocían! El único que me compró un cajón para probar fue el Gato Dumas, con quien entablamos una amistad divina hasta el final de su vida”.

La famosa “Salvia Chola” tiene su historia: su verdadero nombre es Indigo Spires. Una chica que trabajaba en agricultura en Estados Unidos se trajo un gajito escondido en el avión y se lo dejó para que lo reprodujera. “Como la gente no sabía el nombre científico, la empezaron a llamar ‘Salvia Chola’. Es una planta que todavía hoy muchos buscan con ese nombre”.

Secretos de la luna y la mano verde

En el vivero siempre respetaron el calendario lunar para los gajos, las podas y los trasplantes. “Comprobamos en la práctica, con más de 30 años de experiencia, que funciona de verdad. Hacer los gajos en el momento lunar adecuado marca una diferencia enorme en el porcentaje de prendimiento. Son saberes tradicionales que nacen de observar la naturaleza durante años, equivocarse y volver a probar”.

Sobre la “mano verde”, opina: “Existe, totalmente. Yo creo que es una cuestión de temperatura. Hay personas que tienen los dedos calientes y otras la mano fría. Tuve empleadas en el vivero que planta que tocaban, planta que me secaban. A los dos o tres días ya me daba cuenta y las tenía que echar”.

¿Y hablarles a las plantas? “Sí, claro que es verdad. Hay que hablarles, ponerles música y darles un buen ambiente. La planta es un ser vivo, responde al cariño. Lo que pasa es que las plantas no hablan nuestro idioma y nosotros tenemos que aprender el lenguaje de ellas”.

—¿Cómo se aprende ese lenguaje? —le preguntaron.

—Mirándolas todos los días. Pero de verdad. Si las observás, te das cuenta de que si tiene exceso de agua se pone para abajo, si tiene el agua justa está contenta y para arriba. La planta te habla a través de su estado, solo se requieren tres segundos de tu mirada diaria.

Chola tenía un carácter particular para vender. Si veía que un cliente no iba a cuidar la planta, prefería no vendérsela. “Le decía directamente: ‘No gaste plata en esa planta porque se le va a secar y se le va a morir’. Si venían buscando una planta solo por decoración o para tapar al vecino, prefería quedármela. También me pasaba que, si tenía una planta muy rara que me había costado muchísimo reproducir, decía: ‘No, esta planta es mía y no se vende’”.

La mística de La Terraza

El vivero se convirtió en un punto de encuentro donde la gente se quedaba a tomar el té y se armaban picnics bajo los árboles. “Eso se armó de forma totalmente espontánea. El mundo de las plantas es muy especial, vincula a la gente de una manera diferente. Venían paisajistas, alumnas, amigos. Gabi Crook traía a sus alumnas, organizaban almuerzos y picnics. Se armaban tardes enteras de charlas, té y amistad, donde las plantas muchas veces eran solo la excusa para encontrarnos. Hice amigos entrañables, como Andrés Percivalle, Clara Billoch, Lucía Cané y María Thays, que venía todos los sábados al mediodía a llevarme a comer a su casa para que cortara un rato. El verdadero patrimonio del vivero no fueron solo las plantas, sino los vínculos y el conocimiento que pudimos compartir”.

Sobre su vida familiar, recuerda a su marido: “Estuvimos 62 años casados, hasta que él murió, hace más de diez años. Era muy diferente a mí; no tenía ninguna inquietud por las plantas y casi nunca iba al vivero. Ese siempre fue mi espacio. Era un hombre buenísimo y especial, me dejaba ser libre. Se divertía conmigo porque éramos agua y aceite: yo era un caos financiero, tiraba cheques sin mirar y él se desesperaba, me ordenaba el desastre y pagaba las cosas. Él era feliz esperándome los fines de semana con el té listo y scons. Muchas veces me decía con cariño: ‘Yo me jubilé para estar con vos y vos te fuiste al vivero’”.

—Dijiste que es muchísimo más fácil criar millones de plantas que criar hijos…

—¡Muchísimo más fácil! Las plantas se quedan quietas, no andan correteando de acá para allá. A mí me encantan los bebés cuando se quedan quietos, pero los hijos crecen y te vuelven loca. Prefiero criar millones de plantas antes que hijos, ¡y te ahorrás la terapia de toda la vida!

El final de un ciclo

Ahora que no trabaja, Chola extraña meter las manos en la tierra. “Extraño hacer los gajos, preparar el almácigo y, sobre todo, ver nacer las semillas. Es algo emocionante ver la vida nacer ahí. Ahora estoy viviendo en una residencia que tiene jardín, pero está hecho pelota. Las chicas me dijeron que lo van a arreglar, y yo ya les estoy dando ideas para mejorarlo”.

Sobre el cierre del vivero, dice: “Es difícil. A veces me da un poco de arrepentimiento haber tomado la decisión, porque hice todo con tanta ilusión y tanto cariño durante 45 años. Pero la realidad es que después de la pandemia me agarró una neumonía muy grande, sufrí de problemas pulmonares y quedé con una insuficiencia respiratoria que me impide ir físicamente al vivero. Ahora mi colaborador histórico, Oscar Cabrera, que estuvo conmigo desde que abrimos casi al principio, ya se jubila. No podíamos seguir solos. Tomamos la decisión de vender y sacar todas las plantas que quedan hasta noviembre”.

Verla a Chola desarmarse y lagrimear produce un impacto de tristeza que ella misma se encarga de disipar enseguida: “No me fue nada mal en la vida, no me quejo. Conocí plantas divinas y personas maravillosas. Lo lindo de este cierre es que la gente se está llevando las últimas plantas a sus casas; es como si se llevaran un pedacito de la historia de La Terraza y de mí misma a poblar nuevos jardines. Las plantas nos sobreviven y siguen la historia”.

Más para leer

En Metán, 42 carreros esperan una salida que todavía no llega
Sociedad
Caballos sueltos en calles y rutas: retuvieron 16 en operativos sorpresa
Sociedad
Tartagal: el hospital Perón reveló qué deben pagar los pacientes oncológicos
Sociedad
Caminás sobre fósiles de 600 millones de años y ni te enterás: el tesoro escondido en las veredas de Salta
Sociedad
Fernández reabre su templo histórico: quién presidió la ceremonia que conmovió a todos
Sociedad
Sameep cambió una bomba clave del acueducto: la capacidad que ahora mueve el agua del interior
Sociedad