A los 97 años sigue dando vueltas al torno: lo que hace con cada pieza que sale del horno

Aprendió el oficio a los 14 en España, cruzó el Atlántico y lleva más de ocho décadas frente al torno. A los 97 años ya no produce para vender, pero lo que hace con cada pieza terminada tiene un destino que va más allá del barro.

· 5 min de lectura
A los 97 años sigue dando vueltas al torno: lo que hace con cada pieza que sale del horno
A los 97 años sigue dando vueltas al torno: lo que hace con cada pieza que sale del horno

Francisco Álvarez Estévez aprendió alfarería a los 14 en su Pontevedra natal, cruzó el Atlántico a los 18 y lleva más de ocho décadas frente al torno. Hoy ya no produce para vender: hace lo que quiere y lo regala, con un objetivo que va más allá del barro.

Nació en Rosal, en la provincia española de Pontevedra, en el seno de una familia de artesanos. Su padre y sus tíos vivían del oficio, y él se sumó a los 14 años en la única fábrica de alfarería que había en el pueblo.

De chico, en realidad, soñaba con otra cosa. Quería ser mecánico. Pero la decisión estaba tomada por él: "Mecánicos hay muchos, tienes que ser alfarero", le dijo su padre, según recuerda hoy Francisco.

Un pasaje a Brasil que terminó en Buenos Aires

A los 18 años emigró. Su plan original era instalarse en Brasil, donde tenía familiares, pero un imprevisto lo cambió todo: "Tenía un tío, pero no conseguí su dirección. Entonces se me dio la oportunidad de ir a la Argentina y me vine", cuenta.

El viaje no fue inmediato. Pasó un año sin poder conseguir el pasaje, en plena posguerra, cuando media Europa buscaba salir del continente. "Se venían todos. Entonces, había que pagar una coima que costaba el doble del pasaje y yo no tenía nada de plata", relata.

Finalmente embarcó en el Highland Brigades, un barco inglés que hacía su primera travesía después de la Segunda Guerra Mundial. La travesía hasta la Argentina duró 19 días.

Miles de macetas y un patrón que lo tomó en serio

Al llegar, una fábrica de alfarería lo contrató y volvió al torno. Sus primeros meses los pasó haciendo miles de macetas diminutas, de diez centímetros. El hijo del dueño comprobó lo que había aprendido y desde entonces empezaron a pagarle.

Con los años, los compañeros de trabajo se volvieron amigos y el patrón, parte de su vida. A los 35 se casó con Irene, tuvo cuatro hijos y después llegaron ocho nietos.

Durante mucho tiempo produjo y vendió en cantidad. "Hacía todo lo que la gente necesitara", describe: macetas, floreros, bebederos, jarrones, tazas y cualquier objeto que le pidieran.

El arte que apareció a los 80

A los 80 años, Francisco sumó una habilidad nueva: aprender a pintar. Sus nietos fueron el motor. Cuando su hija mayor vivió un tiempo con él, empezó a dibujarles los personajes que aparecían en revistas y diarios.

Hoy elige las piezas que le representan un desafío. Cuando imagina algo, busca la forma de concretarlo y pelea para que salga tal como lo pensó. Muchas veces el diseño lo acompaña antes de sentarse a trabajar. Hace poco tenía un jarrón al que le faltaba la parte de arriba y no encontraba cómo terminarlo. Se fue a dormir con el problema en la cabeza y a la mañana siguiente apareció la solución: "Me salió muy lindo", recuerda.

Su debilidad son los jarrones. Quiere que cada uno sea distinto. Le gustaría hacerlos de un metro o más, pero el horno que consiguió tiene una capacidad de 60 centímetros. Igual encontró la vuelta: una vez se animó a hacer vasijas de más de un metro para sus hijos y las coció una por una. "Tuve que romper la puerta del horno ocho veces y hornear cada vasija una por una", cuenta.

Malvinas, museos y regalos

Algunas de sus creaciones llegaron a museos vinculados a los veteranos de Malvinas. Para un museo de Santa Teresita hizo un cuadro y un jarrón con el mapa de las islas, acompañados por la inscripción "Las Malvinas fueron, son y serán argentinas". Otro cuadro suyo fue entregado a un museo de la Ciudad de Buenos Aires.

Pero el valor de su trabajo no está solo en la pieza terminada. A veces las conserva; muchas otras las regala. No necesita una ocasión especial: si alguien cumple años o simplemente quiere un recuerdo, Francisco elige una de sus obras y se la entrega.

El motivo de fondo es claro. "A mis hijos y nietos les gusta. Y yo quiero dejarles un recuerdo para cuando me vaya, que le quede algo del abuelo y del padre", explica.

"Yo no pienso en mi edad"

Después de más de ocho décadas frente al torno, la alfarería ocupa otro lugar en su vida. Ya no tiene que producir para otros: puede dedicarse a las piezas que quiere hacer y a los desafíos que le quedan por delante. Incluso proyecta conseguir un horno más grande para animarse a jarrones de mayor tamaño.

Cuando le preguntan por qué sigue trabajando a los 97, Francisco no mira el calendario. "Yo no pienso en mi edad. Para mí, yo soy siempre lo mismo, tengo que hacer siempre lo mismo", dice.

Junto a Irene, con quien lleva 62 años casado, sostiene la rutina y la costumbre de regalar lo que hace. El barro que pasa por sus manos termina en la vida de otras personas, sobre todo de su familia. Y mientras tenga una idea en la cabeza y material para modelar, habrá una pieza nueva esperando.

Más para leer

Alerta naranja en Mendoza: a qué zonas y a qué hora les pega la lluvia más fuerte
Sociedad
A los 11 ya ahorraba: hoy, con 24, esta cordobesa compró su campo en Santa Fe
Sociedad
General Roca cumple 156 años: la fiesta que arranca a las 21 y el origen que pocos conocen
Sociedad
Dejó los malabares en los trenes y armó una olla popular: hoy cocina para 200 y confiesa lo que pasa en su casa
Sociedad
Arroyo Cabral sopla 130 velitas: dos voces y una feria para el festejo
Sociedad
La marea rosa llega al lago de Embalse: la condición clave para sumarse a la remada
Sociedad