Abrío la puerta de su estudio y lo que encontraron adentro los dejó en silencio
Dani Pérez lleva más de veinte años en la música y hace ocho que tiene un estudio de grabación en el Abasto. Un día decidió abrir la puerta para que cualquiera entrara a escuchar discos enteros, sin hacer otra cosa. Lo que pasa adentro de esas tres habitaciones llenas de instrumentos es lo que casi nadie se espera.
En el barrio del Abasto, sobre avenida San Martín, una puerta se abre a un mundo que pocos conocen: un estudio de grabación donde los instrumentos no son piezas de museo y la música vuelve a ser la actividad principal. Audio Buró, el espacio que Dani Pérez y sus socios sostienen desde hace ocho años, abrió sus puertas para una nueva edición de Silencio Club, el ciclo dedicado a escuchar discos enteros, en orden, sin hacer otra cosa.
Subir las escaleras de mármol angostas de esas casas antiguas que sobreviven desperdigadas por Rosario es entrar a un territorio desconocido para la mayoría. Un living y tres habitaciones llenas de instrumentos: torres de sintetizadores analógicos y digitales, un Juno-106, un DX7, guitarras stratocaster, pedales, bajos, una batería Ludwig, un piano vertical Baldwin. Los equipos están encendidos, los cables y las placas esperan. El silencio invita a romper el silencio.
Un ciclo que nació casi de casualidad
Durante el verano de 2026, Audio Buró organizó workshops de mezcla y producción, actividades educativas y un open house. Lucía Rodríguez, productora de Silencio Club, venía preguntándose —desde otras experiencias de escucha colectiva como el Festival Estéreo, festival de podcasts del que es productora— qué ocurría cuando las experiencias se vivían desde un solo eje sensorial. La conversación con Dani apareció sobre un diagnóstico compartido: algo había cambiado, y se había perdido, en la evolución de los soportes y las formas de escuchar.
“Los equipos de música en casa se han ido perdiendo o modificando”, dice Lu. Con eso, sostiene, también cambiaron las maneras de oír y contemplar. Entonces: si Audio Buró contaba con una tecnología cercana a aquella con la que los músicos piensan y producen sus discos, ¿por qué no usarla también para escucharlos?
No hay mucho silencio en Silencio Club. Abundan las conversaciones, los saludos —fenómeno poco habitual en la ciudad—, las risas con puchos en el patio. El nombre recupera el Club Silencio de Mulholland Drive, de David Lynch, y también una canción de Sucesores de la Bestia, comenta Dani. “Tiene que ver con la contemplación, sentarnos todos a escuchar un disco, en silencio o hablando, el silencio de la pantalla”, explica.
Escuchar como gesto contracultural
El arte de escuchar un álbum completo, en orden, sin hacer otra cosa. Para Dani hay algo generacional en esa práctica. Antes, la entrada a la música podía ser la radio o un soporte completo: primero se tenía el disco y dentro de él se descubría una canción, una tapa, se seguían las letras. Escuchar constituía una actividad. Ahora, dice, la música se convirtió en el background de otra cosa.
Ahí aparece una de las ideas más fuertes detrás del ciclo: escuchar música no produce nada. No acelera una tarea, no mejora necesariamente el rendimiento, no conduce a un resultado medible. Un disco dura lo que dura y exige su propio tiempo. Puede incluso tener una canción que no gusta tanto, una secuencia caprichosa o un tema que parece de relleno. No funciona como una playlist optimizada para sostener el interés. En ese sentido, para Dani, sentarse a escuchar vuelve a ser un gesto contracultural: entregarse, soltar el celular, cerrar los ojos y despojarse de la exigencia permanente de finalidad.
Dos discos, un diálogo
Silencio Club se organiza alrededor de dos discos: uno internacional o nacional y uno local. Apunta a lo macro y a lo micro. Antes de cada álbum hay una presentación; después, conversación. En el medio sucede el disco entero.
La curaduría tiene en cuenta la duración —cuarenta minutos como referencia—, la paridad de géneros y, sobre todo, que los discos tengan una búsqueda en el audio, de estudio, explica Lu. “Nos interesa pensar cómo suena la época, qué texturas aparecen, qué instrumentos vuelven, qué tratamiento reciben las voces, qué lugar ocupan las máquinas, las guitarras o el silencio”, detalla. Escuchar un disco, desde ahí, es una forma de registrar el presente.
En esta cuarta edición, el diálogo se abrió entre Music, Fashion, Film, de Charli XCX, y Inside Design, de Ana Milagros y Yulo. Antes de escuchar a Charli, Fabricio tiró algunas coordenadas: es el disco que llega después del fenómeno de BRAT, pero toma otra decisión: guitarras, formato banda, una estética más oscura. “La primera frase del disco es ‘Mis amigos y yo’”, destaca Lu. Esa idea —hacer juntos, divertirse, recuperar cierta intimidad dentro del proceso— reaparecería un rato después en Inside Design.
Ana y Yulo cuentan que el disco apareció cuando la música había empezado a pesar demasiado. Profesionalismo, responsabilidad, compromiso con la palabra, preguntarse continuamente qué decir y por qué. Habían perdido lo más elemental: divertirse. “Tomamos la decisión de que el único punto para crear este disco era volver a disfrutar”, cuenta Ana. La escena que recuerda es bastante menos solemne que la idea de “hacer un álbum”: dos amigos riéndose, tomando un vino, viendo qué música podía aparecer.
Después de escuchar el álbum la gente pregunta: por la voz, por las letras, por la guitarra criolla, por el freestyle, por Rincón, por cómo se arma una canción. Los artistas mencionan a Rihanna, Mercedes Sosa, Jorge Fandermole, Larry June. Alguien escuchó un pájaro convertido casi en percusión y pregunta por eso. Para Lu, lo local empezó siendo una idea chiquita y terminó transformándose en el corazón de Silencio. “Hay algo especial en escuchar a una artista sentada en la misma habitación y verla volver sobre su obra. Es un momento de mucha intimidad, personas que no necesariamente se conocen compartiendo algo íntimo mediado por la música”, destaca Lucía. El disco deja de ser algo terminado y vuelve a abrirse.
Elegir la comunidad
Ana habla también de Rosario. Llegó desde Santa Fe capital y encontró más lugares para tocar, producir y trabajar con otros, aunque también señala la contradicción de una ciudad con mucha potencia artística y pocos espacios equivalentes. Su respuesta frente a eso fue elegir la comunidad: los once videos de Inside Design involucraron a veintiún personas de Rosario. “Las personas que yo admiro están acá”, dice Ana, y resume esa lógica en una idea: una decisión individual encuentra un equipo y se vuelve colectiva. La filosofía del hip hop.
Algo de eso explica también el estudio abierto. Para Lu, hay una generosidad concreta en la decisión de Dani de dejar entrar: entender el valor que tiene contar con un lugar así y permitir que alguien que quizás tenía vergüenza o timidez de pedir un turno pueda conocerlo de otra manera. Que vea que ese espacio existe y que también puede ir ahí a grabar o trabajar.
Lu dice que la música, en el fondo, es también una excusa para “poner el cuerpo” e ir hacia el encuentro. Dani habla de una práctica sin productividad ni finalidad. Los dos caminos terminan cerca: abrir un espacio, poner pausa y disponer instrumentos y un tiempo para que la atención no tenga que servir para otra cosa.
Afuera sigue todo lo demás. Adentro empieza otro disco.