Adela Basch confesó el miedo que la persigue cada vez que arranca un libro: “Es como la primera vez”

Adela Basch pasó por Funes y habló de todo: de los chicos como sus pares, del humor que corroe el autoritarismo y de la libertad para romper estructuras. Pero también confesó lo que le pasa cada vez que arranca un libro nuevo, un miedo que no se le fue nunca.

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Adela Basch confesó el miedo que la persigue cada vez que arranca un libro: “Es como la primera vez”
Adela Basch confesó el miedo que la persigue cada vez que arranca un libro: “Es como la primera vez”

La poeta y escritora Adela Basch pasó por Ponsatti Libros, en Funes, donde leyó, actuó y respondió preguntas de grandes y chicos. En una charla íntima, habló de su relación con la infancia, el humor, la libertad y ese temor que no la abandona nunca.

A finales de septiembre, la autora visitó la librería de Funes para un encuentro pensado para todas las edades. Además de leer sus textos y actuar, se tomó el tiempo de conversar sobre su camino en la escritura, su vínculo con los más pequeños y el lugar que ocupan la imaginación y el humor en su vida.

“Siento que actúo de adulta”

Consultada sobre cómo alimentaba su imaginación de chica y si algo cambió con los años, Basch fue clara: “No estoy segura, pero me parece que no cambió mucho”. Para ella, el alimento principal siempre fueron los libros, primero los cuentos que le leían o le contaban antes de aprender a leer, y también los sueños. Ya de grande, sumó la lectura, el teatro y el cine. “La sensación de que no sé mucho me empuja a ir un poco más allá siempre”, reflexionó, y definió a la imaginación como “una manera de conocer”, donde lo desconocido se vuelve conocido.

La escritora aseguró que se siente niña casi todo el tiempo. “Son más los momentos en que me siento niña que los momentos en que me siento adulta”, confesó. Solo se siente grande cuando tiene que firmar un contrato, pagar cuentas o moverse en ese mundo. “Yo siento que estoy actuando de adulta. Siento que estoy actuando, que es un papel, pero que en realidad, si me saco todo el vestuario, todas las caretas, las máscaras que me pongo para ser adulta, yo soy una niña”.

Los chicos, sus pares

Sobre por qué eligió escribir para chicos, Basch explicó que para ella son sus pares. “Me parece aburrida la gente grande”, lanzó, y aclaró que se salva cuando los adultos se prestan a jugar, aunque no es lo más común. “Me parece que los chicos son lectores más interesantes, tienen la cabeza más abierta, no sé por qué, pero sintonizo mucho con ellos”. Recordó que empezó a escribir al terminar la facultad, cansada del clima de erudición de la carrera de Letras, y buscó algo que no tuviera nada que ver con eso.

Cuando se encuentra con los más chicos, dijo, siente una gran alegría. “Aunque parezca cursi lo que voy a decir, yo siento una corriente amorosa muy grande hacia ellos. Siento que les daría lo que fuera, todo, que los amo terriblemente, que los abrazaría a cada uno”.

Escribir para romper estructuras

La libertad, sostuvo, siempre la abrazó, aunque no siempre pudo plasmarla. “Esa libertad es algo que me impulsa, que me mueve”. Para Basch, escribir tiene que ver con romper estructuras, con ir más allá de lo conveniente o correcto y mostrar otras posibilidades. “Hay algo que quebrar para que surja otra cosa; ¿para qué escribir más de lo mismo?”, se preguntó. Y agregó: “La misión, en alguna medida, de la literatura es romper algo que está cristalizado, que ya está inerte de tan cristalizado, que no tiene vida, y crear algo diferente y que eso impacte en nuestra vida”.

Entre las cosas que la impactan y la inspiran, mencionó la injusticia, y por eso eligió como protagonistas a figuras de nuestra historia como Belgrano, San Martín o Juana Azurduy, que lucharon por la justicia. También la forma en que los seres humanos se relacionan, cómo no se entienden ni se escuchan. “Si yo no escucho bien, entiendo cualquier otra cosa”, advirtió. Y sumó la generosidad, la capacidad de dejar algo de uno por los demás, de salirse del centro del universo. Puso como ejemplo a Rosario Vera Peñaloza, que creó los jardines de infantes cuando se creía que no había por qué educar a los chicos de esa edad. “Me impactan las personas que luchan contra la corriente para lograr algo que va más allá de lo que está establecido, para innovar, para hacer que la humanidad evolucione”.

Humor, tecnología y una mirada sobre la infancia

Consultada sobre el presente marcado por la tecnología y la inteligencia artificial, Basch admitió incertidumbre. “La IA me produce un poco de escozor. No siento el deseo de entablar amistad con la IA”. Consideró que la tecnología, bien usada, puede traer beneficios, pero advirtió un problema: “cuando la humanidad evoluciona mucho en algunos aspectos, por ejemplo, en el aspecto de la tecnología, pero no evoluciona en el aspecto de mejorar las relaciones. Eso es un problema y creo que si no nos apuramos para mejorar un poco, nos va a pasar por encima”.

Sobre los cambios en las infancias desde que empezó a escribir, percibe que los chicos tienen hoy mayor capacidad de criticar a los adultos y a la sociedad que creamos, de reflexionar y de no tragarse todas las estupideces que les dicen. “No les interesa tanto que hablemos de estupideces, o de cosas muy edulcoradas, o de tonterías. Me parece que se han vuelto más exigentes”.

Para que los chicos lean por placer, su receta es simple: que lean por leer, sin pedir nada a cambio, ligados a momentos de entrega afectiva. “Cuando yo leo, vengo a poner mi corazón. No es solamente el hecho de que estoy contando algo. No, estoy poniendo todo, estoy dando algo de mí”. Y remarcó que leer no debe estar atado a la obligación ni a las tareas.

El humor, dijo, es fundamental para atravesar la vida. Ayuda a darse cuenta de que sabemos poco, de que todo se puede ver desde muchos puntos de vista y de que nadie tiene la verdad absoluta. “El humor corroe el autoritarismo. Por eso a las personas autoritarias o a los regímenes autoritarios no les gusta el humor y suelen tener problemas con eso. Suelen censurar, desterrar, lo que fuere. Me parece que el humor trae una enseñanza de libertad”.

También contó una anécdota en la AFIP, cuando una empleada le pidió que aclarara su firma. “¿Tiene tinta blanca? Para aclarar”, respondió. Su contador, que la acompañaba, la fulminó: “Nunca más hagas eso”. Para Basch, la vida es un gran teatro donde siempre estamos actuando, y a veces tiene que elegir actuar de adulta.

El miedo que no se va

Sobre los bloqueos al escribir, reconoció que le pasan muchísimo. Ahora mismo está con un libro que empezó hace unos años y se trabó por completo. “Me llevó mucho tiempo destrabarme, pero me pasa muchas veces. Es muy común”. Lo que le sirve es soltar, hacer otra cosa, olvidarse, pero dejar una puerta abierta en la mente. “No insistir, porque si no es peor. Hasta que se destraba”. Puede llevar días, una semana, un mes o, como ahora, años. “Hay que tener mucha paciencia”.

Basch quiere formar lectores que puedan elegir por sí mismos qué leer, que se enamoren de la lectura, que tengan capacidad de discernir, de disfrutar y de compartir con otros. A los chicos que sueñan con ser escritores les dijo que no le den mucha bolilla a ningún consejo, que se escuchen a sí mismos, que tengan paciencia y que insistan. “A mí me costó muchísimo publicar mi primer libro. Muchísimo”.

Ese primer libro llegó después de un salto al vacío: “Basta, no pienso más”. Paró la cabeza y el deseo pesó más que el miedo. Pero el miedo, aclaró, no se fue nunca. “Yo tengo muchos libros escritos, pero cada vez que empiezo un libro nuevo, tengo miedo. En serio, eso no se me pasó. Cada vez que empiezo a escribir un libro es como la primera vez”.

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