Adiós a una leyenda: El periodista que transformó el boxeo en literatura y dejó un vacío imposible de llenar
Se fue la voz que convirtió los golpes en poesía y los rings en escenarios de novela. ¿Qué secretos de Monzón, Locche y Alí se llevó consigo el irrepetible Cherquis Bialo? Un recorrido por la vida del periodista que le puso literatura al boxeo.
El mundo del periodismo deportivo y el boxeo argentino están de luto. Ernesto “Cherquis” Bialo, una figura monumental cuya pluma dio clase y épica a las crónicas pugilísticas, falleció tras una larga lucha contra la enfermedad. Director de El Gráfico y voz de hazañas históricas, su legado trasciende el ring para instalarse en la memoria de quienes valoran el buen escribir.
Para un joven periodista del interior que soñaba con relatar peleas en Buenos Aires, ver a Cherquis Bialo en el Café Ring Side, con su peinado engominado y abrigo marrón, era contemplar la máxima aspiración. Allí, entre grandes como Osvaldo Caffarelli y Ulises Barrera, su sola presencia cambiaba el aire. Él no era solo un comentarista; fue, ante todo, un escritor de boxeo.
El arte de contar un nocaut
Cherquis enseñó, sin proponérselo, la diferencia entre narrar y escribir sobre este deporte. Instó a sus colegas a mirar hacia gigantes de la literatura como Hemingway, Mailer o Cortázar, quienes también supieron capturar la esencia del mundo de las narices chatas. En cada cobertura, su pluma construía cuentos con títulos inolvidables que resumían épocas: “Hacia falta tanto Alí para vencer tanto Frazier” o “Fue como pegarle a una pared”, sobre la pelea de Carlos Monzón.
Su trabajo es un legado de clase y buen gusto, cualidades que él consideraba en extinción dentro del oficio. Participó de las transmisiones más emotivas, como la victoria de Nicolino Locche en Tokio en 1968, donde sus palabras por Radio Rivadavia (“Fuji no quiere quedarse, el ring es un infierno…”) anticiparon el abandono del rival japonés.
Una vida entre campeones y polémicas
Cubrió las carreras de las mayores leyendas: desde Monzón y Locche hasta Muhammad Alí, Sugar Ray Leonard y Roberto Durán. Siempre impuso su criterio, acompañando a los campeones argentinos, a Tito Lectoure y a los equipos olímpicos. De carácter fuerte, era amigo de sus amigos y gran enemigo de sus grandes enemigos. Se dice que nadie lo llevó por delante.
Fue un consejero clave para las nuevas generaciones, apoyando en momentos de errores, despidos o cambios personales. Su regreso a Las Vegas en 2012, para la pelea de Sergio “Maravilla” Martínez, fue celebrado por el mismísimo promotor Bob Arum, quien al verlo exclamó: “¡Robinson ha vuelto al gran boxeo!”. Robinson era el seudónimo con el que firmaba sus crónicas magistrales.
La última pelea
Cherquis Bialo estuvo internado casi ocho meses, librando una batalla cuerpo a cuerpo contra un conjunto de enfermedades. Peleó con la tenacidad de los ídolos sobre los que escribió, pero los golpes bajos frenaron su regreso a casa. En sus últimos días, compartía recuerdos y reflexiones, hablando de viejas rivalidades periodísticas sanadas con el tiempo y afirmando, con paz, que había sanado penas y culpas.
Soñaba con ver publicado un libro que preparaba junto a su amigo Daniel Roncoli. Su partida deja un vacío en el Café Ring Side imaginario donde ahora descansa, pero su obra perdura como la crónica definitiva de una era dorada del boxeo.