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15 diciembre 2019

Adolfo Hitler en Berlín: los secretos del búnker más famoso de la historia

Los soviéticos, los primeros en conquistar el corazón de la capital alemana, intentaron borrar el sitio dinamitando su estructura, pero sólo consiguieron destruir parte del complejo.

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“La memoria salva, escoge, filtra”, dice Carlos Fuentes. La sentencia del mexicano bien podría aplicarse a los alemanes y su difuminado recuerdo de los horrores del nazismo. En ese olvido selecto figuran los últimos días de Adolfo Hitler y su alto mando en el “Führerbunker”, el refugio subterráneo donde se vivió la última escena de espanto de la II Guerra Mundial.

Hoy, silenciosamente disimulado bajo un edificio de departamentos y un estacionamiento parquizado, aún yacen en Berlín los restos erizados de ese bunker donde el Fürher, ya derrotado, dio sus últimas órdenes en la Alemania nazi, para luego suicidarse junto a su esposa, Eva Braun.

Los soviéticos, los primeros en conquistar el corazón de la capital alemana, intentaron borrar el sitio dinamitando su estructura, pero sólo consiguieron destruir parte del complejo. Luego, durante un largo tiempo, las autoridades alemanas lo mantuvieron en secreto para que no se convirtiera en lugar de peregrinaje de nazis nostálgicos.

​La estructura

En la II Guerra Mundial, el alto mando alemán se concentraba en la Cancillería del Reich, un monumental edificio levantado en 1936. Por eso en sus jardines se excavó un gran refugio antiaéreo, que luego se convirtió en un búnker de dimensiones y estructura mucho más robusta.

Por debajo de ese gran bunker, a unos 15 metros de profundidad, el arquitecto del Reich, el aristocrático Albert Speer, planeó y edificó con su equipo el Führerbunker, destinado a la seguridad de Hitler y de sus jefes militares de confianza.

Allí esperarían la muerte el líder del Tercer Reich, deteriorado y alienado, y Joseph Goebbels, fanatizado al extremo de asesinar a sus hijos pequeños para evitar que vivieran en una Alemania sin el totalitarismo del régimen.

El recinto era de una notable solidez “germana”. Contaba con un muro periférico de 2 a 3 metros de espesor y un techo de hormigón de cuatro metros de grosor. Se cree que incluso incluía una lámina de acero en su interior. Su estructura se mantuvo intacta pese a la brutal intensidad de los bombardeos soviéticos.

Había unas 18 habitaciones distribuidas a ambos lados de un pasillo central. El equipamiento era muy frugal. El espacio era escaso y había que eliminar lo superfluo. Hitler se mudó allí a mediados de enero de 1945, ante el cerco de las tropas soviéticas sobre la capital alemana. Hasta ese momento había vivido en la Cancillería y en el bunker alto. Pero los continuos ataques aéreos resultaban demasiado peligrosos.

En el “Führerbunker” el líder tenía una habitación y un despacho privado. Su esposa otra, con baño y vestidor. El siniestro Goebbels también se mudó al lugar junto a su esposa, Magda, y sus seis hijos.

El influyente secretario de Hitler, Martin Bormann, ocupaba una pequeña habitación cercana.

El médico personal del Führer, Ludwig Stumpfegger, también contaba con un cuarto propio. Sobre el pasillo había una sala dedicada a conferencias, y detrás otra destinada a la maquinaria que mantenía la electricidad y la ventilación, un elemento vital en un lugar tan cerrado.

Hitler, que había sobrevivido a varios atentados, temía un ataque con gases a través de los conductos de aire. Por eso la ventilación estaba bajo estricta seguridad. Además, se habían construido puertas herméticas que los protegían contra ese tipo de ataque químico.

El lugar disponía de dos entradas solamente. Una, a través de una escalera, conectaba con el bunker de superficie de la Cancillería. La otra, llevaba a los jardines. Esta última también permitía ingresar a la torre de observación a través de una escalera de caracol.

Los sobrevivientes cuentan que la atmósfera dentro del bunker era particularmente opresiva. La falta de luz natural, la ventilación mecánica, los bombardeos constantes y, para colmo, los cambios de humor que tenía el Führer en los últimos meses agotaban los nervios y convertían el lugar en algo intolerable.

El final

El final fue inevitable. La poderosa Wehrmacht había sido derrotada por los aliados y los soviéticos combatían los últimos estertores del nazismo en el centro de Berlín. Hitler no sólo había pedido la guerra, sino también el juicio.

El 29 de abril comenzaron los preparativos para su suicidio. Stumpfegger, el médico, les había provisto a todos los habitantes del bunker unas ampollas de cianuro. Hitler las probó con su perra Blondi.

Al día siguiente, después de almorzar, Hitler y Eva Braun se despidieron de todos en una ceremonia macabra, y se encerraron en el despacho. Después de un rato, ingresaron al lugar y encontraron a ambos muertos, sentados en el sofá. Ella había tomado el cianuro, y él se disparó en la cien con su pistola Walther PPK.

Magda Goebbels, alienada por el derrumbe del nacionalsocialismo, mata a sus seis hijos. Primero, el odontólogo de la SS Helmut Kunz les inyecta morfina a los chicos para doparlos. Luego, la propia madre derrama a cada uno una ampolla de cianuro en la boca. Finalmente, Göebbels le dispara a su mujer y se suicida.

Los cuerpos de Hitler, Eva Braun y los Göebbels fueron incinerados frente al bunker.

Los primeros en acceder al lugar fueron los soldados rusos. Se llevaron los restos y demolieron gran parte del lugar. Después de la guerra, el bunker permaneció en el olvido.

En 1988 las autoridades construyeron departamentos sobre el predio, urbanizando el lugar. Siete años más tarde se extendieron las viviendas y se construyó una plaza verde.

Un testeo con ondas sónicas confirmó que debajo de esta plaza aún perduran los restos del “Führerbunker”, protegido por su blindaje de cuatro metros de hormigón.

Todo hecho histórico tiene una dimensión humana, aseguran. El bunker de Hitler, tal vez representa el costado más siniestro de esa expresión.

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