Agosto en Salta: la Pachamama y la Virgen de Urkupiña que convocan multitudes

Agosto llega cargado de fe y tradición en Salta. ¿Qué secretos esconden los rituales a la Pachamama y la devoción por la Virgen de Urkupiña que convocan a miles?

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Agosto en Salta: la Pachamama y la Virgen de Urkupiña que convocan multitudes
Agosto en Salta: la Pachamama y la Virgen de Urkupiña que convocan multitudes

Con el inicio de agosto, Salta se sumerge en un mes de profunda espiritualidad y tradición. Las ofrendas a la Pachamama y las celebraciones en honor a la Virgen de Urkupiña vuelven a reunir a miles de fieles en toda la provincia, en una fusión cultural que no deja de crecer.

La festividad de Urkupiña, originaria de Bolivia, se celebra del 14 al 16 de agosto en Quillacollo, Cochabamba. Según la tradición, la Virgen se le apareció a una pastorcita en ese lugar. Por su ubicación fronteriza, Salta recibió durante las últimas décadas importantes oleadas de inmigrantes bolivianos, quienes influyeron de manera decisiva en el comercio, la gastronomía, la música, el lenguaje y también en las prácticas religiosas.

Este último aspecto es, quizás, el más visible. La devoción por la Virgen de Urkupiña, que hasta no hace mucho tiempo estaba circunscripta principalmente a los residentes bolivianos, hoy cuenta con decenas de miles de devotos. Las convocatorias alcanzan niveles comparables con los de cultos locales como el del Cristo de Sumalao o el de la Virgen del Perpetuo Socorro.

¿Qué se puede esperar de las celebraciones?

Si bien la fiesta central tiene lugar a mediados de agosto, la celebración se extiende durante todo el mes y hasta entrado octubre. Cientos de fraternidades organizan festejos y desfiles en distintas localidades del interior, lo que garantiza un calendario repleto de actividades.

Las peregrinaciones con la sagrada imagen son acompañadas, en muchos casos, por danzas de caporales, tobas, waca waca, pujllay, suri sicuri, morenadas, diabladas, tinkus, kallahudas e inti huayras. Sus integrantes ensayan durante todo el año para ofrecer lo mejor de su arte a la venerada Virgen.

Los desfiles rebosan de colorido gracias a sus exóticos trajes. Alrededor de los altares se colocan botellas de agua e imágenes de la Virgen que “van a oír misa” y a recibir la bendición de los sacerdotes. Los devotos reciben estos elementos bendecidos como símbolos de protección y unión.

Durante esas jornadas no hay cambas ni collas, salteños ni jujeños, ricos ni pobres. Es un momento y un espacio de encuentro permanente y confraternidad entre los seguidores de la Virgen de Urkupiña.

La historia de la primera aparición

Según la tradición, durante la época colonial, en el paraje de Quillacollo, departamento de Cochabamba, una hermosa señora que llevaba a un pequeño en brazos se le apareció a una niña pastora. Con el paso de los días, aquella mujer se convirtió en su amiga.

Para la pastorcita, conversar con la señora, quien hablaba en quechua, y jugar con el niño se volvió algo cotidiano. Un día les contó a sus padres acerca de esa mujer con la que se encontraba. Extrañados, ellos comentaron la situación con el cura local y algunos vecinos, quienes decidieron comprobar la veracidad del relato.

Un 15 de agosto, los padres de la niña y algunos pobladores se dirigieron al lugar donde la pequeña pastoreaba sus ovejas. Fue grande la sorpresa cuando la vieron acompañada por la Señora y su Hijo. El asombro se apoderó de todos cuando observaron que, lentamente, la mujer y el niño comenzaban a elevarse hacia el cielo.

La gente preguntaba en voz alta: “¿Dónde está la Señora?”. La pastorcita, muy feliz, respondía mientras señalaba hacia el cielo: “Ork hopiña, ork hopiña”, expresión que en quechua significa “ya está en el cerro”. En el lugar encontraron la bella imagen de una mujer con su hijo, a la que denominaron Virgen María de Urkupiña, nombre castellanizado con el que actualmente se la conoce.

Allí se construyó un templo y la imagen comenzó a ser venerada por el pueblo boliviano. Posteriormente fue trasladada a Quillacollo, donde cada año llegan miles de peregrinos para rendir homenaje a la patrona de la integración nacional de Bolivia.

Pachamama: un reencuentro con la identidad

Cada 1° de agosto, el humo de las hierbas recorre las casas salteñas. En patios, escuelas, comunidades y plazas se prepara un pequeño pozo en la tierra donde se depositan alimentos, bebidas, hojas de coca y distintos elementos que simbolizan gratitud. Es el momento de abrir la boca de la Pachamama y devolverle una parte de todo lo recibido.

Para los pueblos que habitaban estas tierras antes de la llegada de los españoles, la Pachamama, o Madre Tierra, es la divinidad femenina de la tierra y la fertilidad. Es la madre que alimenta, protege y sostiene la vida. En la tradición incaica fue considerada la deidad de la agricultura comunitaria y uno de los fundamentos espirituales de la civilización andina.

A pesar del avance de la conquista española, de la evangelización y de siglos de silenciamiento cultural, la creencia nunca desapareció por completo. Permaneció resguardada en las familias, en las comunidades originarias, en las coplas, en las ceremonias domésticas y en los relatos transmitidos de generación en generación.

Actualmente, esa tradición vuelve a manifestarse con fuerza en las provincias del noroeste argentino y especialmente en Salta. Agosto se vive como un mes de agradecimiento, respeto y reencuentro con una identidad que durante mucho tiempo permaneció guardada en lo más profundo de la memoria colectiva.

En distintos puntos de la provincia, las familias se reúnen para sahumar sus viviendas, preparar las ofrendas y compartir el convite. Cada comunidad incorpora sus propias costumbres, porque, como toda expresión cultural popular, el culto a la Pachamama se transforma y adquiere particularidades según el lugar donde se realiza.

El sahumado es uno de los primeros momentos de la ceremonia. Con plantas y hierbas de la región, como la chacha y la pupusa, se busca limpiar y purificar las viviendas, los espacios de trabajo y a las personas. El humo representa la intención de alejar las malas energías para comenzar un nuevo ciclo.

Luego llega el convite. Se cava un pozo en la tierra, considerado simbólicamente la boca de la Pachamama, y allí se colocan comidas, chicha, vino, hojas de coca, cigarrillos y otros productos. No se trata simplemente de dejar alimentos, sino de agradecer por las cosechas, por el trabajo, la salud, por la familia y por todo aquello que la tierra permitió obtener.

Las coplas, la música y las danzas acompañan la ceremonia. Cada canto expresa una historia, una petición o un agradecimiento. Alrededor del pozo, familias, vecinos, amigos y visitantes comparten alimentos y bebidas, en una celebración que fortalece los vínculos comunitarios y renueva el compromiso con el cuidado de la naturaleza.

Otra de las costumbres extendidas durante los primeros días de agosto es beber caña con ruda. La tradición indica que deben tomarse tres sorbos, generalmente en ayunas, como una forma de protección frente a las enfermedades, las dificultades y los malos augurios. Para muchos salteños, este gesto representa la posibilidad de comenzar el mes con fortaleza y buena suerte.

A lo largo de agosto, Salta vuelve así a mirar hacia sus raíces. Entre el humo de las hierbas, el sonido de las coplas y las ofrendas depositadas en la tierra, una tradición ancestral recupera su lugar.

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