Arrancaron con una máquina de bordar y hoy producen 200.000 kilos de toallas por mes

¿Cómo hicieron tres amigos que empezaron con una máquina de bordar en Palermo para llegar a tener dos plantas industriales y 832 clientes activos? La apuesta que les cambió el rumbo nació en un viaje.

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Arrancaron con una máquina de bordar y hoy producen 200.000 kilos de toallas por mes
Arrancaron con una máquina de bordar y hoy producen 200.000 kilos de toallas por mes

Tres amigos que se conocen desde los 10 años transformaron un pequeño taller de Palermo en una empresa con dos plantas industriales en San Martín y 832 clientes activos. La historia de Franco Valente empezó con una máquina de bordar y hoy alcanza una capacidad de producción de hasta 200.000 kilos mensuales.

José Ini, David Setton y Adolfo Setton llevaban años en la industria textil cuando decidieron asociarse. Ini y los hermanos Setton se conocen desde chicos: Adolfo y José son amigos desde los 10 años y, aunque cada uno siguió su propio camino, terminaron trabajando juntos. "Todavía nos aguantamos", bromeó Adolfo Setton en diálogo con TN.

Hacia 1986, los tres detectaron una oportunidad en las demoras que enfrentaban los confeccionistas para bordar sus prendas. Compraron una máquina, después otra y una tercera. Según Setton, llegaron a desarrollar la empresa de bordados más grande del país en aquel momento.

El viaje que cambió todo

Un viaje a Italia los inspiró a trasladar el concepto de la moda al mundo de la blanquería. Así nació Franco Valente, una marca que apostó por las toallas bordadas cuando ese producto tenía escaso desarrollo en la Argentina.

Al principio, Adolfo Setton importaba toallas de Brasil, las bordaba en el taller de la calle Gorriti, casi esquina Acuña de Figueroa, y las comercializaba como artículos de regalo. Las prendas llegaban sin terminaciones decorativas y salían transformadas en productos personalizados, con dibujos inspirados en diseños italianos. Las pequeñas toallas bordadas con iniciales fueron uno de los primeros éxitos comerciales. "En un cumpleaños le dabas a una amiga que se llama Adriana una toalla de mano bordada con una A. Era muy vendible", recordó Setton.

Las ventas crecieron y el negocio demandó cada vez más mercadería. En lugar de continuar exclusivamente con la importación, los socios decidieron fabricar sus propias toallas. Adolfo, apasionado por las máquinas, buscó asesoramiento de un ingeniero textil con experiencia en grandes fábricas y comenzó a seleccionar los equipos.

La inversión inicial rondó los US$500.000. Compraron un galpón en San Martín y dedicaron más de dos años a preparar las instalaciones, construir el sistema de tratamiento de efluentes, acondicionar los pisos y montar los telares. "Fui armando todo el galpón hasta que empezamos a recibir las máquinas, las ubicamos, las arrancamos y hasta hoy no paramos", contó Setton.

En 1991 abrieron su primera planta industrial con una cartera de 90 clientes. La producción inicial rondaba las 25 toneladas mensuales y requería el trabajo de unas 25 a 28 costureras que confeccionaban las toallas individualmente. Con el correr de los años, la demanda los obligó a ampliar los horarios: primero trabajaron dos turnos, después incorporaron un tercero y finalmente mantuvieron la fábrica en funcionamiento las 24 horas, incluidos los fines de semana.

De las toallas bordadas a la producción a gran escala

Si bien el bordado fue el sello personal de la empresa, las toallas lisas ganaron protagonismo y terminaron superando ampliamente las ventas. Los socios dejaron de prestar servicios a terceros para concentrarse en su propia marca y ampliaron el catálogo con toallas de mano, toallones y juegos de baño. Aunque los bordados siguen formando parte de la producción, su participación disminuyó: pasaron de bordar entre 5 y 6 toneladas mensuales en sus comienzos a alrededor de 25 toneladas.

La modernización marcó otro cambio. En los últimos años, la empresa destinó cerca de US$3 millones a renovar su maquinaria con tecnología italiana, belga y alemana. La inversión permitió aumentar su capacidad productiva de 30.000 a 200.000 kilos mensuales. Hoy cuentan con una máquina automatizada capaz de coser 800 toallones por hora.

Franco Valente tiene actualmente 832 clientes activos, dos plantas industriales en San Martín y un centro de distribución y administración en Barracas. Sus productos llegan a distribuidores, comercios, hoteles y empresas de todo el país. La capacidad instalada alcanza las 200 toneladas mensuales, aunque la producción efectiva se encuentra por debajo: según Setton, la previsión para este mes ronda las 140 o 150 toneladas debido a la retracción del consumo.

Una sociedad que sigue vigente

Adolfo Setton permanece al frente de la fabricación, mientras que sus socios se ocupan de la administración y las ventas. Su principal preocupación es mantener las características del producto, incluso en un contexto en el que otras empresas buscan reducir costos. "Soy muy obsesivo en lo que hago", reconoció. Esa exigencia se traduce en la selección de hilados especiales, con fibras y torsiones específicas que buscan mejorar la suavidad y la absorción sin recurrir a suavizantes en el proceso de terminación. La empresa también incorporó productos importados de mayor costo para mejorar la fijación de los colores.

Mientras el mercado textil enfrenta dificultades vinculadas con el consumo y la competencia externa, los socios aseguran que mantienen su decisión de invertir en tecnología y calidad. La amistad que dio origen al emprendimiento continúa siendo parte de su funcionamiento cotidiano. Setton reconoció que, como en cualquier sociedad, atravesaron diferencias y discusiones, pero conservaron un objetivo compartido. "Trabajamos juntos; como en toda sociedad, hay momentos buenos y momentos no tan buenos, pero discutimos siempre para mejorar. Nos llevamos bien y todos apuntamos a mejorar la marca, la calidad y el producto", resumió.

Cuatro décadas después de comprar aquellas primeras máquinas de bordar, los tres socios siguen al frente de una compañía que pasó de personalizar prendas para terceros a producir sus propias toallas a escala industrial. La amistad permanece, aunque el pequeño taller de Palermo quedó muy lejos de las dos plantas que hoy sostienen el negocio.

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