La familia Cicive vivía de la fruta en Villa Regina, hasta que un pasatiempo con 20 vacas viejas terminó metiéndolos en las exposiciones rurales. Lo que pasó en Choele Choel los dejó mirando el proyecto con otros ojos.
En Villa Regina hay familias que llevan la producción en la sangre, y los Cicive son un ejemplo de eso. Durante generaciones el sostén fue la fruticultura, pero hace poco más de una década algo cambió: una veintena de vacas viejas, compradas casi como un pasatiempo, terminó abriendo una segunda actividad que hoy empieza a dar frutos.
Mauro Cicive tiene 34 años y trabaja codo a codo con su padre, Sergio, y su hermano Leonel. Cada uno ocupa un lugar distinto dentro de la empresa familiar. Él se mueve entre la producción, el galpón de empaque, el frigorífico y la comercialización de la fruta; su hermano acompaña las tareas en las chacras; y el padre sigue al frente de buena parte de la administración.
La fruta, el sostén de siempre
La base del negocio sigue estando en el campo. La familia maneja entre 180 y 190 hectáreas plantadas y en plena producción en Villa Regina, con una clara mayoría de pera: cerca del 75 al 80% del total, contra un 20 a 25% de manzana. A eso se suman algunos cuadros de ciruela.
Pero no todo termina en la cosecha. Los Cicive tienen estructura propia de empaque y frío, y también participan de la comercialización. Mauro se encarga especialmente del galpón y de todo el proceso de acondicionamiento.
“Yo estoy en el tema de la producción del galpón, frigorífico, y acompañando a mi hermano que está en el sector de las chacras”, explica el productor.
Las plantas de las chacras tienen varias décadas encima y necesitan renovarse para seguirle el ritmo al mercado. El año pasado reemplazaron entre tres y cuatro cuadros y tomaron una decisión marcada por la demanda: sumar más manzana verde. Algunos de los árboles que se están sacando los había plantado el abuelo de Mauro, hace 40 o 50 años.
En las variedades de color trabajan con Red Chañar o Red Chief, de tono veteado y no tan rojo. Ahí aparece una tensión conocida: lo que valora el productor no siempre es lo que busca el consumidor.
“En lo personal me gusta más esa (la Red Chief), lo que es sabor, azúcar, el almíbar que tiene adentro. Pero bueno, la gente compra por la vista”, señala.
El mercado interno, en jaque
La situación del consumo doméstico es uno de los puntos que más preocupa a Mauro. La pérdida de poder adquisitivo y la competencia con otros productos golpean de lleno al sector.
“Hoy en día es muy poco mercado interno, vamos a ser realistas”, sostiene.
Para el productor, la fruta tiene una particularidad que la vuelve frágil ante cualquier ajuste económico: es de las primeras cosas que las familias recortan cuando la plata no alcanza.
“La realidad es que la fruta es un postre y tiene mucha competencia”, explica.
Con ese panorama, la exportación se vuelve clave. “Nosotros lo que hacemos es mucha exportación a Brasil”, afirma. La comercialización pasa por un intermediario de años que ya conoce el circuito de la empresa.
La firma también cuenta con capacidad de frío: hoy dispone de cinco cámaras, después de haber tenido una estructura más grande que se redujo por un incendio. El clima y la situación comercial determinan cuánto tiempo queda guardada la fruta y qué volumen conviene conservar.
La isla donde crece el Angus
Mientras la fruta manda en las chacras, la ganadería tiene su propio territorio: una isla que compró Sergio. Allí hay unas 60 hectáreas destinadas a producir alimento para los animales, con alfalfa y verdeos, y otras 120 de campo para que el rodeo se mueva suelto.
Para Mauro, ese contacto con el suelo es parte del aprendizaje del animal.
“No es que los tenemos todo el tiempo encerrados, sino que los largamos a que se hagan también. Está bueno que un animal también aprenda lo que es comer del suelo”, explica.
La actividad incluye cría de terneros, recría y engorde, pero el proyecto va por más. La historia arrancó en 2014 con unas 20 vacas de descarte, animales viejos comprados como primera experiencia. Después llegó el engorde a corral y, más tarde, la participación en exposiciones rurales.
“Nos empezamos a involucrar en esto de las rurales, de las exposiciones, nos empezó a gustar”, recuerda Mauro.
Al principio era un pasatiempo. Hoy la mirada es otra: la idea es que la ganadería se convierta en un negocio y, a la vez, aporte genética a los productores de la región.
“A futuro, pensando en un comercio, para mejorar un poco más y aportar a la genética de Río Negro en lo que son reproductores”, cuenta.
Tres hembras y un primer campeonato
El proceso ya está en marcha. La familia tiene tres hembras Angus Puro de Pedigree, compradas a la cabaña Don Fioto, de Luciano Correndo, y sobre esa base empezó a armar su propio programa genético. La estrategia incluye el uso de embriones: para las primeras transferencias usaron vacas receptoras de un rodeo general, elegidas por sus condiciones corporales y su aptitud para la gestación.
El objetivo es conseguir animales adaptados a la zona y con salida comercial.
“Nosotros lo que buscamos es un animal que sirva para acá, para Río Negro, para lo que es esta zona, para poder comercializar”, explica Mauro.
También valoran que se trate de genética producida en una región de clima parecido. El establecimiento de Correndo está del lado bonaerense de la Patagonia, pero las condiciones no son muy distintas a las de esta zona.
“Apuntamos a ese tipo de animal porque es un tema de gusto también, sobre todo lo moderado”, señala.
La cabaña tendrá además una definición racial concreta: el proyecto apunta al Angus colorado.
El entusiasmo por la genética convive con la mirada empresarial. Mauro reconoce que la actividad nació como hobby, pero que no puede quedarse ahí para siempre.
“Obviamente uno lo arranca, pero también piensa que tiene que tener un retorno”, sostiene.
El desafío será que la inversión en genética tenga respuesta económica. Comprar hembras PP, usar embriones, incorporar genética y salir a las exposiciones exige recursos y tiempo. Por eso la futura cabaña deberá producir animales que no solo respondan al gusto de la familia, sino que sean funcionales para los sistemas productivos de la zona y tengan demanda entre otros productores.
La participación en exposiciones es reciente. La primera experiencia dejó un resultado difícil de olvidar: uno de los animales se llevó un campeonato en Choele Choel. Habían ido, en principio, para participar y ver cómo funcionaba la actividad.
“Queríamos vivir la experiencia, y qué mejor experiencia que haber ganado algo”, cuenta Mauro. Aunque enseguida pone el logro en contexto: “Uno no se tiene que acostumbrar a esto porque no siempre vas a sacar bichos tan buenos”.
Hoy la cabaña tiene tres hembras —dos vaquillonas y una ternera—, además de los embriones ya colocados. La ternera que ganó en la exposición forma parte de esa primera base. El próximo paso es esperar los primeros nacimientos de genética propia.
Dos producciones, una misma familia
La historia de los Cicive tiene otro componente central: la continuidad familiar. La fruticultura empezó con el abuelo José, nacido en la zona, y la explotación fue creciendo con nuevas chacras. Una de ellas sigue en producción y forma parte de la empresa.
Hoy la tercera generación trabaja en la actividad. Mauro, Leonel y el padre tienen funciones distintas, pero mantienen una estructura común.
“Mi viejo es el pilar de la empresa y nosotros venimos atrás, acompañándolo”, define Mauro.
Esa continuidad no está garantizada de antemano. En el campo, la sucesión familiar es uno de los desafíos más grandes, y que los jóvenes se queden depende de que encuentren su lugar dentro del proyecto. En el caso de Mauro, la ganadería parece haber ocupado ese espacio.
“Yo creo que las ganas están, así que hay que hacer las cosas bien y seguir para adelante”, afirma.
La experiencia muestra dos caminos dentro de una misma empresa. La fruta es la actividad consolidada, con décadas de historia, estructura productiva y un circuito comercial armado. La ganadería transita el camino inverso: nació chica, casi como complemento, y ahora busca profesionalizarse y construir identidad propia.
En ambos casos hace falta inversión, trabajo y tiempo. Mauro lo resume con una frase simple: “Hay que meterle horas, esfuerzo, buena voluntad, amor, porque te tiene que gustar”.
La cabaña todavía está dando sus primeros pasos: tres hembras, algunos embriones y nacimientos por venir. Pero detrás de ese rodeo pequeño hay una decisión concreta: pasar de comprar genética a producirla. El desafío será convertir el proyecto en una actividad rentable, con animales que respondan a las condiciones de Río Negro y que puedan encontrar lugar en los rodeos de otros productores.
Mientras tanto, en las chacras de Villa Regina sigue el trabajo de todos los días con peras y manzanas, la renovación de plantas, el empaque, el frío y la exportación. Dos producciones distintas, una misma familia y una apuesta común: crecer sin abandonar lo que construyeron las generaciones anteriores.