Atajaba con Maradona, fue modelo y hoy expone en Europa: el rosarino que volvió a los 73 para contar su historia
Sociedad · Santa Fe

Atajaba con Maradona, fue modelo y hoy expone en Europa: el rosarino que volvió a los 73 para contar su historia

Atajó con Maradona en Barcelona, fue modelo, vendió ropa por la Costa Brava y hoy expone en media Europa. Pero cuando se le pregunta por el origen de todo, Coco Gabriel vuelve a un barrilete que armaba con su viejo y a un apodo que nació en una sala de parto de Rosario.

Se llama José Miguel Gabriel, pero nadie lo llama así. Tiene 73 años, vive hace medio siglo en Barcelona y volvió a Rosario de vacaciones. En el patio de un café céntrico, en el corazón del Paseo del Siglo, se sentó con La Capital a repasar una vida que parece varias: arquero de inferiores en Central, modelo, vendedor de ropa y hoy pintor abstracto con obras en casas de decoración y exposiciones en Bruselas, Madrid, Barcelona y Buenos Aires.

Flaco y alto, casi como cuando atajaba, con cabello entrecano, camisa blanca, bermudas y zapatos cremita, más algún giro catalán que se le escapa, Coco disfruta del viaje con su computadora portátil, donde guarda sus pinturas y su libro de aforismos Coco sin permiso, una edición ilustrada con sus propias obras.

El origen del apodo

Nació en 1952 en una vieja casa de Cerrito entre Necochea y Colón, en la Sexta. Es hijo del inspector de Obras Sanitarias homónimo y de Mary, ama de casa. El sobrenombre lo conoce desde siempre, pero la explicación le llegó de grande, ya viviendo afuera.

“Le pregunté a mi mamá: ¿por qué Coco? Y me dijo: preguntáselo a tu abuela”, recuerda. La abuela materna, Marquesa, estaba en silla de ruedas. “Mi mamá me tuvo jovencita, con 23 años, y hubo un problema para salir, usaron fórceps, con hierro, salió un poco de sangre, parecía que se perdía ella, que me perdía yo. Y cuando el médico logró sacarme dijo: «¡Cómo costó sacar ese coquito!»”.

Del barrio a la reserva de River

De pibe jugaba al fútbol en las calles empedradas del barrio y al básquet en el Club Temperley. En la adolescencia atajó en las divisiones inferiores de Central hasta que el coordinador Carlos Timoteo Griguol le avisó que había un arquero titular en la cuarta especial y le propuso ir a préstamo a River.

“Griguol me habló muy bien, en esa época el titular era Munutti, que atajó en Central y en Argentinos Juniors, y finalmente fui a préstamo a River, en la época en que Didí llevó a Alonso de la quinta a la primera”, cuenta. En esa reserva jugó con Víctor Bottaniz, a quien menciona junto a Maradona y Humberto Bravo como los tres que el Flaco Menotti no llevó al Mundial 78.

A principios del 73 pasó a una prueba en el Huracán de Menotti. “Me puso a atajar para los suplentes y me comí cinco goles contra aquel equipazo de Housemann, Brindisi, Babington y Basile. A lo mejor podría haber jugado en ese equipo, pero nunca voy a saberlo porque me vine a Rosario y no volví más”. Después lo mandaron a probarse a Central Córdoba, pero el técnico le dijo que entrara los últimos 10 minutos y dijo que no. Y dejó el fútbol.

Una valija y un avión

Estudió medicina un año. “Nunca supe por qué, porque yo debería haber estudiado abogacía o psicología, si ahora veo sangre y me asusto, pero a los 17 años uno no sabe qué va a hacer en la vida”. Ya vinculado al mundo de la moda, con una pequeña boutique en la Galería del Patio, decidió marcharse antes del Mundial 78.

El avión a Barcelona tuvo escalas en Río de Janeiro, Senegal y Casablanca. “Empecé la lucha de la vida”, resume. Una amiga lo incentivó a meterse en algunas cosas, le hicieron fotos y rápido le salió un spot televisivo del dentífrico Licor del Polo. Los fines de semana trabajaba de camarero en la Pizzería D' Angelo, en Sitges, un pueblo mediterráneo aledaño a Barcelona que, según describe, antiguamente fue de pescadores y hoy es uno de los más caros.

El trabajo de modelo era intermitente y lo llevó a vivir un tiempo en las islas Canarias con la Miss Finlandia de entonces, con quien hizo un viaje en auto por media Europa hasta Escandinavia. Después empezó a vender ropa para otros, compró un coche y salía a vender por la Costa Brava, desde Barcelona hasta la frontera con Francia, unos 120 kilómetros. Conoció a la madre de sus hijos y montó un negocio mayorista en Barcelona. Arrancaron con Cotton Club, pero un problema de registro los obligó a cambiar el nombre: Ananá Fizz, porque a ella le gustó la bebida cuando la probó aquí.

De la moda a la pintura

El camino hacia la pintura tuvo origen en la escritura, que lo acompaña desde la adolescencia. “Empecé a escribir poesía y algunos textos a los 17 años, siempre me gustó escribir”, dice. Los aforismos nacieron en sus estados de WhatsApp. Un gran amigo, Custo Dalmau, dueño de la empresa multinacional de ropa en la que Coco fue director en Barcelona, le preguntó por qué no los publicaba y lo presentó en una editorial.

Fue su hijo, que tiene una agencia de publicidad, quien le sugirió mezclar los textos con la pintura. “¿Por qué vas a publicar aforismos y nada más, por qué no le das un mix con la pintura si realmente estás enfocado más en la pintura?”, le dijo.

Su trayectoria en la pintura abstracta lo llevó a exhibir y vender en media Europa. “Estoy en casas importantes de decoración donde mis cuadros se venden, también hice exposiciones en Bruselas, Madrid, Barcelona y Buenos Aires”.

“Yo no soy un hombre de escuela. Simplemente traslado mi sentimiento, traslado mis sensaciones. El arte abstracto no tiene un solo sentido. El alma puede hablar con un simple trazo sin dirección”, define. “Uno va aprendiendo a medida que pasan los años, pero siempre mi vida se caracteriza por la experimentación”.

El engrudo, el barrilete y el recuerdo del padre

Coco trabaja la abstracción matérica con materiales alternativos. “Estoy presentando en París y en Barcelona una nueva colección que se llama Silencios Guardados”, cuenta. Trabaja con tierra, harina y borra de café, con espátulas y fratachos, no con brocha. “Traslado al expresionismo abstracto mucha pasión, mucha fuerza y un poco de agresividad. Voy comprendiendo a través del tiempo y de mi propia vida que uno va buscando serenidad”.

En ese proceso aparece su padre, que murió hace 30 años. “Llega a mi mente el recuerdo de cuando hacíamos barriletes con el engrudo. Y entonces empiezo a trabajar, esto no es más que engrudo, lo trabajo y luego lo humedezco y se agrieta”.

Así llegó a la técnica del craquelado. “Craquelado es que quede como roto. Lo intentan hacer con la pintura o hay unas pinturas especiales. Entonces, como soy muy inquieto, primero empiezo a pegar cosas, cuando pego y estoy pasando cola me acuerdo de mi padre, me acuerdo del barrilete. Cuando empiezo a hacer engrudo pego, se me cae un poco. Cuando se seca, lo craquelo, entonces toda esa adaptación de cosas va influida de mi propia infancia”.

El negro como luz

Hubo una época de fuerte atracción por el negro. “Hice una exposición que se llamó Etiqueta Negra. Todos los cuadros tenían una faceta en negro. Podemos creer que el negro es oscuridad, pero yo lo tomaba como que el negro me daba brillo, me daba ese contraste, me daba esa luz”.

Hoy recibe encargos. Hace un mes, un amigo que compró una finca en Andalucía le pidió un cuadro con connotación andaluza. “Cuando habla del andaluz habla del tema de los toros. Yo le dije: no te voy a dibujar un toro”. En el cuadro aparecen la sangre, la capa, el cuerno y el burladero donde entra el torero para que el toro no lo cornee. “Pero claro, me saca de mi momento actual y me mete en aquel otro momento”.

Sobre la palabra artista, toma distancia. “Soy de los que escapan a la palabra «artista». Normalmente digo que soy un creativo. Crear es lo más maravilloso que puedo llegar a sentir”.

El picado con Maradona y la pregunta del millón

En 1984, cuando Diego Maradona jugaba en Barcelona dirigido por Menotti, los argentinos habían armado un picado semanal de fútbol cinco en la cancha de básquet del Colegio La Salle. Coco atajaba para el equipo del 10.

“Siempre jugaban Diego de un lado y el Flaco del otro. Yo siempre jugaba con Diego. Había un grupo de argentinos y se hacía un fulbito”. Entre ellos estaban Menotti, Rogelio Poncini, el Negro Jiménez —un uruguayo que jugaba en el Español—, Jorge Gabrich y otro muchacho que había salido de Atlanta y jugado en Grecia, dueño del Restaurante Corrientes 348. “Jugamos varias veces, unos dos meses, pero los hinchas se enteraban y se juntaban como 200 personas hasta que los dirigentes de Barcelona prohibieron el picado de los argentinos”.

La pregunta del millón quedó para el final. Consultado sobre qué le contestó el Flaco Menotti cuando le preguntó por qué no lo había llevado a Maradona al Mundial Argentina 1978, Coco Gabriel remató de una pincelada: “Porque no estaba preparado”.

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