Bomberos argentinos en Venezuela: la misión que marcó sus vidas y la frase que lo dice todo

¿Qué vivieron los 40 bomberos santafesinos en La Guaira? La historia detrás de la misión que los cambió para siempre, contada por sus protagonistas.

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Bomberos argentinos en Venezuela: la misión que marcó sus vidas y la frase que lo dice todo
Bomberos argentinos en Venezuela: la misión que marcó sus vidas y la frase que lo dice todo

Cuarenta bomberos santafesinos viajaron a La Guaira tras los terremotos del 24 de junio. Lo que vieron superó cualquier imagen televisiva. “Eran kilómetros y kilómetros y kilómetros de escombros”, relató el comandante Alejandro Brullo.

Los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 devastaron el norte venezolano. El balance oficial: 3889 muertos, casi 17.000 heridos y 190 edificios colapsados. Además, 6462 personas fueron rescatadas con vida. En ese escenario, la brigada USAR ARG-15, con 40 bomberos voluntarios de Santa Fe, llegó para relevar a los primeros equipos argentinos.

¿Quién es Alejandro Brullo?

Brullo es el director de Operaciones de la Federación Santafesina de Asociaciones de Bomberos Voluntarios y lideró la delegación. No solo llevaron herramientas: trasladaron más de seis toneladas de equipamiento técnico, alimentos, agua potable e insumos médicos para ser autosuficientes una semana.

La convocatoria fue exprés: en seis horas debían presentarse con documentación y equipo listo. El cabo Alberto Ullua, de Correa, enfrentó un problema: no tenía pasaporte. Inició un trámite urgente y quedó en vilo. “Me hicieron sufrir hasta último momento. Cuando me llamaron para integrar los 40, fue como la convocatoria de Scaloni”, confesó.

El drama de dejar todo

Ullua trabaja en una empresa de agroquímicos. Sin días de vacaciones disponibles, pidió permiso a su jefe. “Dije: ‘Me voy’. Por suerte, mi jefe me acompañó y otra persona tuvo que ponerse mi camiseta en el trabajo”, relató. Como él, muchos compañeros pidieron vacaciones o intercambiaron guardias para responder a la emergencia.

Al aterrizar, la ansiedad se transformó en disciplina. Descargaron herramientas, las trasladaron a La Guaira y montaron una base segura. Los equipos trabajaban 24 horas, divididos en turnos. Mientras unos ingresaban a las estructuras derrumbadas, otros preparaban alimentos, controlaban generadores o revisaban comunicaciones. Dormir era difícil: calor sofocante de día, lluvia y viento de noche.

El rompecabezas de los escombros

Ullua comenzó en logística: combustible, luz, comida y agua. Luego se sumó a los grupos que trabajaban sobre los edificios. “Es como un rompecabezas: tenés que evaluar qué mover y qué no, porque todo cambia mientras trabajás”, describió. Las réplicas agregaban peligro constante.

Las familias esperaban a pocos metros, sin saber si sus seres queridos estaban bajo los restos, en un hospital o desaparecidos. “Se quedaban ahí, al costado de los escombros, aguardando alguna noticia. Eso te obliga a dar todo”, dijo Brullo. En un edificio, una pareja rezaba ante el montículo de piedras buscando a sus hijos. La hija del propietario buscaba pertenencias de su padre.

Esperanza hasta el último instante

“Había calles donde manzanas enteras eran solamente escombros. Yo miraba y pensaba en la cantidad de posibilidades de vida que podía haber abajo”, recordó Ullua. Aseguró que ningún brigadista pierde la esperanza. “Se trabaja hasta el último instante que determina el operativo”.

En La Guaira, los rescatistas ordenaban silencio absoluto para detectar voces o vibraciones. Equipos argentinos trabajaron con venezolanos, franceses y mexicanos. En algunos casos, llamados de familiares permitieron escuchar respuestas bajo los escombros y reactivar maniobras.

Solidaridad en medio del dolor

Los bomberos encontraron gestos conmovedores: personas que habían perdido a los suyos les ofrecían agua. Otros removían escombros de los mismos edificios donde buscaban a familiares. “Verlos laburar a la par nuestra nos daba más fuerza”, señaló Ullua.

Un día, el chofer del colectivo detuvo el vehículo, se levantó y les agradeció por viajar a su país. Él también había sufrido pérdidas, pero trabajaba para trasladar a quienes necesitaban ayuda. Hubo silencio y lágrimas. Ullua intercambió una remera de su cuartel por un parche de los bomberos venezolanos. Los abrazos quedaron allá.

El costo emocional

Brullo reconoció que los bomberos no son inmunes. “Las cosas nos pasan de la misma manera que a cualquier persona. Los bomberos lloran, se ríen y necesitan a su familia”. Durante la misión, enviaba mensajes cotidianos a sus hijas para tranquilizarlas: “Hoy probé las arepas”. Su familia conoce la espera desde generaciones: su abuelo y padre fueron bomberos. “Estoy seguro de que al menos una de mis hijas no quería que viajara”, admitió.

Al regresar a Santa Fe, Brullo dijo: “Fuimos 40 y volvimos 40”. Detrás de esa frase, alivio y orgullo. A un mes de los terremotos, Venezuela intenta reconstruir. Para los bomberos, la misión no terminó: deben transmitir lo aprendido y trabajar las marcas emocionales.

“No se vuelve siendo el mismo”, reflexionó Ullua. “Se vuelve con las lágrimas en la mano, pero también con más experiencia y con la responsabilidad de volcarla en los cuarteles para que otros estén mejor preparados”.

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