Cambiaron la cuchara de albañil por un arma: el plan que disputa el futuro de los niños en las calles de la muerte

En barrios donde las balas pican entre el asfalto y la carne joven, un programa intenta rescatar a niños del sicariato. ¿Cómo logran que cambien un arma por una cuchara de albañil? Los detalles de una lucha que se gana de a uno.

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Cambiaron la cuchara de albañil por un arma: el plan que disputa el futuro de los niños en las calles de la muerte

Un programa del Gobierno de Santa Fe busca rescatar a niños y adolescentes del sicariato en barrios donde el 90% de las muertes violentas ocurren en solo el 13% de las calles. La iniciativa, llamada “Familias Priorizadas”, detecta a menores en riesgo para ofrecerles un proyecto de vida alternativo al crimen organizado.

El periodista Germán de los Santos abordó esta problemática en su libro Niños Sicarios, preguntándose qué lleva a los más jóvenes a usar armas contra desconocidos. Las respuestas, según describe, se apilan desprolijamente en la calle: dinero, pertenencia a un oficio cruel, jerarquía barrial o simplemente un proyecto inmediato.

Pero también hay otras causas más profundas: abandono, soledad, padres presos o muertos, hermanos presos o muertos, madres presas, muertas, adictas o ausentes. Así se dibuja un panorama horrible donde los niños crecen heredando un gen violento, a los golpes en calles embarradas de gritos, drogas y estallidos de armas de fuego.

¿Dónde se implementa el plan?

El plan arrancó en tres ciudades: Rosario, San Lorenzo y Rafaela. En Rosario, son 195 las familias distribuidas en tres barrios: Stella Maris y la Bombacha, 7 de setiembre y Empalme Graneros.

En esas calles, aparecen asistentes sociales con todas las herramientas del Estado: salud, educación, alimentos y cuestiones básicas como el Registro Civil, que le da un documento de identidad a ese niño abandonado. Pero también la cuestión básica y ausente: el abrazo.

Gladis Gómez, una inmensa “madraza” y pastora del barrio, intenta darle la bienvenida a esos chicos que llegan con miedo, huyendo de las bandas narcos o la policía, con armas entre sus harapos, drogados, maltratados y con una profunda soledad.

¿Cómo es el trabajo de Gladis?

En un humilde salón de oración emplazado en el corazón del barrio Stella Maris, Gladis recuerda: “Llegamos en una temporada donde no podían entrar ni siquiera los proveedores de alimentos. Teníamos que acompañarlos para que puedan entrar los alimentos a los quioscos o almacenes”.

“En ese tiempo, las banditas comenzaron a consumir y a robar para pagar el consumo. Hasta las ambulancias no podían entrar. Nosotros teníamos que ir caminando a Juan José Paso y entrar al barrio con el patrullero del comando”, agrega.

El mismo salón multiuso (templo, escuela de oficios, sala velatoria) tiene un piso colocado por los chicos del barrio, los mismos que llegaban drogados pidiendo ayuda. Gladis muestra con orgullo cómo este espacio ha sido transformado.

¿Qué revelan las cifras?

Jorge Elder, subsecretario de abordajes sociales del Ministerio de Igualdad y Desarrollo Humano, explica que después de hacer un diagnóstico en diciembre del 2023, cuando Rosario tuvo la peor tasa de homicidio, rearmaron un área para prevenir violencias.

Allí detectaron que el 90 por ciento de las muertes violentas se producen en el 13 por ciento de las calles de la ciudad. “Esto es muy fuerte. Los que mataban o morían son pibes, niños o muchachos de los mismos barrios”, dice Elder.

La primera definición que se tomó fue la implementación de urgencia del programa Nueva Oportunidad, que había sido muy exitoso en la época del gobernador Miguel Lifschitz. Se implementó a partir de diciembre del 2023 y hoy tiene 6.000 jóvenes participando.

¿Qué desafíos enfrentan?

Elder reconoce los fracasos de algunos abordajes: “Las adicciones condicionan la pacificación total de esas calles. Las madres te cuentan que no saben qué hacer con sus hijos, que roban dentro de su propia casa para comprar drogas”.

“Son leonas, pero solas no pueden. Ahí aparece la esencia del programa, de tomar a esa situación, ponerse a la par de esa madre, junto con alguna institución, y hacer un puente mucho más rápido en la atención de ese joven”, explica.

Trabajan con familias que ya han tenido un muerto, un herido de arma de fuego u otros en la cárcel, casos de violencia de género o problemática de niñez. En estos territorios, los mismos apellidos son protagonistas de la crónica policial.

¿Cuál es el impacto real?

Gladis se emociona al recordar: “Yo los he entregado acá a los chicos en la iglesia. Yo los consagré a la mayoría de los chicos junto a mi esposo. La iglesia era muy pobre, pero siempre tuvieron un lugar acá, a cualquier hora”.

“Los chicos, aunque venían drogados, haciendo desastre a veces, golpeaban mi puerta, yo vivo al lado, y me levantaba a cualquier hora a hacerles un sándwich para que coman. No me importaba”, relata.

Con mucho trabajo, han logrado cambiar una cultura. “Cambiamos una cuchara de albañil por un arma. Esto es maravilloso”, dice Gladis. Y no es una metáfora: los chicos se anotaban en cursos de albañilería porque querían hacer su casita, su pieza.

Elder concluye: “Logramos sacarle de a uno al plan criminal y eso es el proyecto. Un muchacho que estuvo en Coronda por robo, hoy quiere terminar la secundaria y capacitarse en un oficio. Muchas veces decimos que es de a uno. Con uno que le saques al mundo narco ya ganaste. Eso, pero todos los días, todos los días”.

La pastora Gladis Gómez.
La pastora Gladis Gómez.

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