Caminaban por la estepa de Río Negro y la mirada de un gendarme destapó un secreto milenario

Un gendarme que se capacitó en patrimonio cultural notó algo raro en plena estepa rionegrina y activó el protocolo. Lo que encontró el equipo de arqueólogos en dos sectores que nunca habían sido relevados.

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Caminaban por la estepa de Río Negro y la mirada de un gendarme destapó un secreto milenario
Caminaban por la estepa de Río Negro y la mirada de un gendarme destapó un secreto milenario

Un recorrido de rutina del Escuadrón 34 Bariloche de Gendarmería Nacional terminó destapando dos localidades arqueológicas que nunca habían sido registradas en la estepa rionegrina. El hallazgo ocurrió este lunes y abre una línea de investigación inédita sobre el poblamiento humano antiguo de la región.

La clave estuvo en la mirada del segundo comandante Gabriel Sampallo, quien había cursado una diplomatura en Patrimonio Cultural Material e Inmaterial de Río Negro, dictada por la Secretaría de Cultura provincial y la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN). Al ver las pinturas rupestres, activó el protocolo y dio aviso a la Dirección de Patrimonio y Museos.

«Se genera un proceso muy impactante, casi íntimo, entre personas que estamos separadas por miles de años y que, de alguna manera, transitamos un territorio parecido y, a la vez, distinto», enfatizó el arqueólogo, investigador del Conicet y docente de la UNRN, Federico Scartascini.

¿Qué encontraron en la meseta?

La arqueóloga Solange Fernández Do Rio, representante de la Dirección de Patrimonio y Museos, coordinó las tareas de campo junto a Sampallo y Scartascini, con el aval del director del área, Pablo Chafrat. El equipo halló «registros rupestres, pinturas, herramientas hechas en piedra, restos de alimentos que la gente consumió y procesó en el pasado».

«Se trata de dos contextos arqueológicos, podríamos decir localidades arqueológicas, porque son dos sectores que incluyen a muchos sitios arqueológicos. Por lo menos tres o cuatro sitios en una de las localidades y dos sitios en otra de las localidades», detalló Scartascini.

Llegar hasta allí no fue sencillo. El viaje comenzó en Bariloche con destino a Pilcaniyeu y continuó en camionetas de Gendarmería. «Como el río Pichileufú estaba muy grande, tuvimos que cruzar varios tramos del río a pie. Así que le agregó algún condimento de aventura a la jornada», relató el investigador.

El comienzo de una investigación

Esta primera aproximación es apenas el punto de partida. Para determinar la antigüedad de los materiales y entender qué actividades se desarrollaron en el lugar será necesario impulsar un proyecto, conseguir financiamiento y realizar estudios específicos. También habrá que acordar con los propietarios de los campos y las comunidades originarias vinculadas al territorio antes de avanzar con nuevas campañas.

«Estos hallazgos nos permiten empezar a investigar y gestionar recursos que antes la provincia no tenía cuantificados ni descriptos. También ofrecen la posibilidad de responder preguntas sobre el territorio rionegrino», destacó Scartascini.

El investigador valoró el trabajo articulado entre las instituciones. «La Dirección se contactó conmigo y, conjuntamente, hicimos una visita a los dos sectores para realizar un relevamiento inicial de los contextos y los materiales asociados, y empezar a pensar un plan de investigación sistemática», señaló.

Una ciencia con arraigo local

Para Scartascini, el descubrimiento confirma que Río Negro cuenta con especialistas capaces de investigar y proteger su patrimonio. Recordó que durante décadas gran parte del conocimiento arqueológico fue producido por profesionales que llegaban desde Buenos Aires, La Plata o Córdoba, hacían sus campañas y luego regresaban a sus instituciones.

«Desde hace un tiempo, muchos arqueólogos y arqueólogas nos empezamos a radicar en la provincia. Nosotros venimos construyendo una línea de trabajo en relación con demandas y situaciones que son estrictamente de interés rionegrino», enfatizó.

Él mismo es un ejemplo de ese cambio: cursó la licenciatura y el doctorado en la Universidad de Buenos Aires (UBA), completó un posdoctorado en la Universidad de Maine, Estados Unidos, y luego trabajó allí como docente. Aunque vivió la mayor parte de su vida en Buenos Aires, pasó parte de su infancia en Viedma y hace diez años se radicó en Bariloche junto a su esposa, también arqueóloga, y sus dos hijos.

«Podemos dialogar con las agendas y demandas de los actores locales: comunidades, pueblos, gobiernos provinciales y municipales o comisiones de fomento. Eso permite construir un conocimiento mucho más anclado al territorio», subrayó.

«Esperamos que todo eso que generamos con recursos públicos pueda volver a la gente que, de alguna manera, financia estas investigaciones», sostuvo, y remarcó: «Seguimos produciendo conocimiento, seguimos apostando a la ciencia local y seguimos articulando con actores comunitarios».

Pese a su trayectoria, cada descubrimiento lo sigue sorprendiendo. «En el caso de la arqueología hay algo muy mágico, que es la posibilidad de ir y venir en el tiempo. Es como subirse a una máquina del tiempo, como un DeLorean de Volver al futuro», enfatizó.

Las pinturas rupestres, las herramientas de piedra y los restos de animales brindan una foto de cómo fue esta parte de la región en algún momento de la historia. Investigar esas marcas permitirá reconstruir cómo vivían, qué comían y de qué manera se relacionaban con el paisaje quienes ocuparon antiguamente la meseta rionegrina. «Entendiendo mejor nuestro pasado, podemos construir un futuro que sea un poco más auspicioso», confió el investigador.

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