Caminaron 12 horas en la soledad de la montaña y al llegar los esperaba algo que no imaginaban
Caminaron 12 horas por senderos de montaña, sin ambulancia ni asistencia. Cuando llegaron a Escoipe, los esperaba algo que no estaba en ningún plan oficial.
Los peregrinos de Isonza afrontaron la primera y más dura jornada: 12 horas de marcha por caminos de herradura, quebradas y precipicios hasta llegar a Escoipe. Allí, en la Escuela N° 4372 Santa Rita de San Fernando, los esperaba comida caliente, abrigo y manos dispuestas a aliviar el dolor de sus pies.
Salieron a las 5 del 11 de septiembre. Durante todo el trayecto avanzaron por el campo, lejos de la ruta y de cualquier centro poblado. No hay asfalto, no hay puestos de asistencia permanentes, no hay ambulancias que acompañen la marcha. "Nosotros lo hacemos todo a pulmón", resumió Gustavo Tolaba, uno de los coordinadores de esta peregrinación que lleva casi tres décadas de historia.
La primera vez fueron apenas ocho personas: siete hombres y una mujer. Con los años, la convocatoria creció hasta llegar este año a unas 295 personas, aunque en Escoipe la escuela terminó recibiendo a unas 300 o incluso más, según los organizadores y la directora del establecimiento.
Es, para quienes la organizan, una de las peregrinaciones más solitarias que llegan a Salta durante el Milagro. "Para nosotros sí, porque no tenemos ambulancia, no tenemos nada que nos ayude", explicó Tolaba. Por eso deben prever vehículos propios para cualquier emergencia que pudiera surgir durante el trayecto. Hasta ahora, aseguran, nunca tuvieron que enfrentar una situación grave.
Una escuela que se convierte en refugio
Desde hace tres años, la Escuela N° 4372 Santa Rita de San Fernando de Escoipe abre sus puertas para recibir a los caminantes. Su directora, Miriam Raquel Chocobar, es la encargada de realizar las gestiones para que el establecimiento pueda ser utilizado durante la noche.
Pero esta vez no estuvo sola. Chocobar llegó acompañada por su familia: una sobrina que participa brindando masajes, una cuñada enfermera y su hermano, encargado de trasladarla hasta el paraje. También estuvo Raimundo Rodríguez, personal de maestranza de la escuela, quien llegó antes que todos, abrió las instalaciones y comenzó a preparar el lugar para recibir a los peregrinos.
La asistencia alimentaria estuvo a cargo de dos grupos solidarios, uno proveniente de Rosario de Lerma y otro de Cerrillos, que prepararon la cena para los caminantes. "Habíamos previsto poca gente, pero esta vuelta se superó", contó la directora.
La escena que se armó en la escuela fue entonces la de un improvisado puesto de descanso. Comida caliente, un lugar para pasar la noche y manos dedicadas a aliviar el dolor de quienes llevaban doce horas caminando. Entre esas manos estuvieron las de los masajistas solidarios de Asalma.
Después de atravesar kilómetros de senderos y terrenos difíciles, los pies fueron los protagonistas silenciosos de la jornada. Pies cansados, golpeados por el camino, que encontraron en Escoipe un momento de alivio.
"Quiero agradecer el aguante de los masajistas por el acompañamiento y por estar presente, un año más, en la asistencia a los peregrinos de Isonza. Los honro, los bendigo y les agradezco; gracias por renovar los votos con la Asociación de Masajistas de Salta y con lo más importante: con Dios, con el Señor y la Virgen del Milagro", dijo Cecilia Novillo, la presidenta de Asalma.
Una promesa familiar
Para Chocobar, esta recepción tuvo además un significado personal. El año pasado, cuando su hermano fue a buscarla, sufrió una descompensación. La situación quedó grabada en la familia. Por eso este año decidió acompañar la llegada de los peregrinos como una forma de agradecimiento. "Este año es agradecer", explicó.
Recordó entonces que, cuando ocurrió aquel episodio, uno de los coordinadores de la peregrinación, Gustavo Tolaba, le había dicho que no se afligiera porque los peregrinos iban a rezar durante el camino por la salud de su hermano. "Hoy, gracias a Dios, lo sigo teniendo", dijo. Por eso la emoción de ver llegar a los caminantes tiene para ella una dimensión que excede la actividad de la escuela.
"Es emocionante ver llegar a esta gente que se sacrificó todo este tiempo. Es ver cómo la fe mueve montañas", expresó. Y ayer, en Escoipe, esa fe llegó después de 12 horas de caminar.
Casi 30 años caminando
Silvia y Gustavo Tolaba forman parte de la organización de la peregrinación desde hace 24 años. Pero la historia comenzó hace aproximadamente 28 años. Primero fueron ocho. Después diez, veinte, cincuenta. Cada año se sumaron nuevas familias hasta convertir aquella pequeña caminata en una multitud que atraviesa la geografía de los Valles Calchaquíes y el Valle de Lerma para llegar a la ciudad de Salta.
La organización se construyó, según cuentan, a partir de listas de familiares, amigos y colaboradores. "Nos juntamos y decimos: vamos a peregrinar", explicó Silvia. No reciben una estructura oficial de asistencia. Tampoco quieren que la organización quede atada a la política.
"Presentamos notas para ver si algún político o algo nos ayudaba, pero jamás. Entonces decidimos no meternos con política ni con nada. Lo estamos haciendo todo a pulmón", contó Gustavo. La red que sostiene la peregrinación es otra: amistades, familias y personas que colaboran cada año; así fue creciendo.
También se fue transmitiendo de una generación a otra. Silvia contó que tiene hijos de 26 años que participan de la peregrinación desde que eran bebés. Ahora ellos también forman parte de la organización.
Una marcha de fe
La llegada a Escoipe fue apenas el primer capítulo de un recorrido que continuará durante los próximos días. Después de pasar la primera noche en la escuela, los peregrinos seguirán hacia Finca Las Maravillas, en El Mollar. El 13 de septiembre tienen previsto llegar a Cerrillos y el 14, si las condiciones lo permiten, ingresar a la ciudad de Salta alrededor de la una de la tarde.
Pero el camino más exigente ya quedó atrás: aquella primera jornada en la que salieron cuando todavía era de noche y caminaron durante doce horas por lugares donde la ruta no existe, donde la comunicación es escasa y donde la ayuda, si algo sucede, debe ser buscada por ellos mismos.
En Escoipe, al final de ese trayecto, los esperaban unas pocas certezas: una escuela abierta, una cena caliente, una enfermera y, sobre todo, unas manos milagrosas. Manos que cocinaron, manos que abrieron puertas y manos que tomaron los pies cansados de los peregrinos para devolverles, aunque fuera por un rato, algo de alivio. Porque para esta peregrinación la soledad del camino no significa estar completamente solos.