Caminaron cinco días desde La Poma y al llegar a la Catedral nadie pudo contener lo que traían adentro
Caminaron cinco días desde La Poma y, al llegar a la Catedral, el cansancio se les quebró en lágrimas. Una promesa que un peregrino no sabía si podría cumplir y el pedido de una enfermera que fue mucho más allá de su propia historia.
La columna creció de 160 a cerca de 200 peregrinos durante el trayecto. Llegaron desde el pueblo y desde parajes como Potrero, con pedidos de salud, trabajo y paz. Frente al templo, el cansancio quedó atravesado por las lágrimas.
A pocos metros de la Catedral, los rostros empezaron a cambiar. El desgaste de cinco días de caminata se mezcló con sonrisas y ansiedad. Algunos cerraban los ojos, otros miraban hacia el templo y varios intentaban explicar una emoción que se escapaba de las palabras. Los peregrinos de La Poma habían llegado.
Entre bombos e imágenes religiosas, avanzaron quienes salieron del pueblo y de parajes como Potrero. El frío, el viento y el desgaste físico se notaban en los cuerpos, pero también en los gestos de alivio de quienes lograron completar el recorrido.
Eulalio Norasco se había perdido la peregrinación del año pasado por un problema de salud. Esta vez volvió a caminar, aunque antes de partir no sabía si su cuerpo se lo iba a permitir. Dejó la decisión en manos del Señor y avanzó. Cuando alcanzó la Catedral, resumió el final de su promesa: “Estoy bien. Llegué bien. Ya encontré al Señor”.
Corina Amador caminó para pedir por su salud y la de su familia. Reconoció que en algún momento creyó que no llegaría. Sin embargo, siguió durante los cinco días. Ya frente al templo, emocionada, contó de dónde sacó fuerzas: “La fe, con mucha fe”.
Lágrimas contenidas
María Viveros, enfermera del grupo, ya había llorado antes de ingresar. Esperaba el momento de encontrarse con las imágenes mientras llevaba pedidos que superaban su historia personal. Rogó por la paz mundial, por quienes sufren las guerras, por los derechos de los trabajadores, por la tierra, el trabajo y el pan de cada día.
La salud apareció una y otra vez entre las intenciones. Una mujer de Potrero, que peregrina desde hace siete u ocho años, llegó con pedidos por sus hijos y por su marido enfermo. Otros caminaron para agradecer que tienen trabajo, salud y familia, y para pedir por la paz.
Milba no llevó un pedido particular. Para ella, peregrinar es un retiro espiritual necesario: una oportunidad para renovar el alma, recuperar tranquilidad y valorar lo que suele perderse en la rutina. “La solidaridad de la gente que nos recibe en el camino te hace valorar las cosas más sencillas y humildes”, expresó.
Una herencia de fe
Entre los peregrinos también avanzó un integrante de la Fundación Payaso Mediquín, vestido con su traje y su nariz de payaso. Era su tercer año de peregrinación y el primero desde La Poma. Durante el camino llevó la risa como una forma de acompañar a quienes sufrían el frío, el viento y el cansancio.
Pero al acercarse a la Catedral, detrás del personaje apareció su propia historia. Contó que empezó a peregrinar inspirado por su padre, devoto del Señor y la Virgen del Milagro, quien murió hace cinco años. Desde entonces, lo lleva simbólicamente en cada recorrido.
“Él ya no está conmigo, pero lo llevo todos los años. Me dejó la fe, el amor y la bendición de amar”, expresó conmovido. En su rostro se mezclaron la ausencia y la gratitud por el ejemplo de sus padres, que estuvieron casados durante 44 años.
Así ingresó La Poma: con imágenes cargadas durante cinco días, cuerpos agotados y rostros que ya no ocultaban nada. Hubo promesas cumplidas, pedidos por los enfermos, agradecimientos y recuerdos de quienes ya no están. Frente a la Catedral, cada lágrima reveló una historia distinta, pero todas habían recorrido el mismo camino.