Cannabis en la adolescencia: qué le hace el THC al cerebro que aún madura
La ciencia encontró un dato que preocupa a los especialistas: no es lo mismo consumir a los 20 que a los 30. Hay un número que explica por qué el cerebro joven es más vulnerable.
La percepción social sobre la marihuana cambió, pero la evidencia científica enciende una alerta cuando el consumo arranca en la adolescencia. El cerebro de un joven menor de 25 años todavía está en pleno desarrollo y puede ser especialmente vulnerable al THC, el principal componente psicoactivo del cannabis.
La marihuana es una de las sustancias psicoactivas más consumidas del planeta. Según datos de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, unos 269 millones de personas la probaron al menos una vez. En la Argentina, la Encuesta Nacional de 2023 sobre Consumos y Prácticas de Cuidado reveló que el 27,5% de la población admitió haberla consumido alguna vez, y ubicó en 19 años la edad promedio de inicio.
El cannabis contiene muchos compuestos, pero los más conocidos son el THC (delta-9-tetrahidrocannabinol) y el CBD (cannabidiol). El THC es el responsable de los efectos psicoactivos: puede generar euforia y relajación, pero también alterar la percepción del tiempo, reducir la coordinación motora y afectar de forma temporal la atención y la memoria. El CBD, en cambio, no produce esos efectos. La proporción entre ambos y, sobre todo, la concentración de THC determinan la potencia del producto.
Cuando el THC llega al cerebro, interactúa con el sistema endocannabinoide, que participa en procesos como la memoria, el movimiento, el apetito, el sueño y el estado de ánimo. Por eso, uno de los principales motivos de preocupación es la edad de inicio.
Un cerebro que todavía está madurando
La adolescencia es una etapa de intenso desarrollo cerebral. Las áreas vinculadas con la planificación, el control de los impulsos, la toma de decisiones y otras funciones ejecutivas siguen madurando hasta los primeros años de la adultez.
“Cuando el cannabis tiene predominancia de THC, produce efectos en nuestro neurocomputador, que es el cerebro. Recordemos que el cerebro de un joven menor de 25 años no tiene su defensa biológica completamente desarrollada”, explica Eduardo Barreiro, docente de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA.
Según el especialista, el consumo puede afectar la memoria y el aprendizaje a corto plazo, y también favorecer ansiedad, depresión o episodios psicóticos, sobre todo en personas con predisposición genética. Eso no significa que todos los jóvenes que consumen vayan a desarrollar un trastorno mental. La evidencia habla de un aumento del riesgo, que depende de múltiples factores: la edad de inicio, la frecuencia de consumo, la potencia del cannabis y la vulnerabilidad individual.
Cannabis y salud mental
Uno de los vínculos más estudiados es el que une al cannabis con los trastornos psicóticos. Un metaanálisis publicado en 2025 encontró una asociación entre el consumo habitual y un mayor riesgo de desarrollar esquizofrenia, especialmente cuando el consumo comienza durante la adolescencia.
La potencia también importa. Investigaciones de la red europea EU-GEI, publicadas en The Lancet Psychiatry, hallaron una asociación entre el consumo de cannabis de alta potencia y una mayor probabilidad de presentar un primer episodio psicótico. En personas que ya tienen esquizofrenia u otros trastornos psicóticos, el consumo puede agravar los síntomas y complicar la evolución y el tratamiento.
Los posibles efectos sobre las funciones cognitivas son otro foco de investigación. En jóvenes consumidores se han registrado dificultades con la memoria de trabajo, la atención sostenida, el aprendizaje, el control de impulsos y otras funciones ejecutivas.
Un estudio publicado en Comprehensive Psychiatry encontró diferencias en distintas mediciones del funcionamiento intelectual entre jóvenes consumidores y señaló una reducción promedio cercana a ocho puntos en determinadas mediciones de coeficiente intelectual. Ese dato, sin embargo, debe interpretarse con cautela: el coeficiente intelectual está condicionado por numerosos factores y los estudios observacionales no permiten afirmar que el cannabis sea por sí solo responsable de una pérdida permanente de inteligencia en todas las personas que consumen.
Lo que aparece con mayor consistencia es la preocupación por el impacto que el consumo frecuente y temprano puede tener sobre ciertas funciones cognitivas. La combinación con alcohol puede potenciar además los efectos negativos sobre la coordinación motora, la atención y el comportamiento.
¿Es una droga de inicio?
La marihuana suele ser llamada “droga de inicio” porque algunas personas que después consumen otras sustancias comenzaron antes con cannabis. Pero eso no significa que consumir marihuana conduzca inevitablemente a otras drogas. Las trayectorias de consumo son complejas y están atravesadas por factores personales, familiares, sociales y ambientales. Sí existe evidencia de que algunas personas pueden desarrollar dependencia al cannabis, y el riesgo aumenta cuando el consumo comienza durante la adolescencia y se vuelve frecuente.
Hablar de los riesgos del consumo recreativo no implica desconocer los usos medicinales del cannabis. En la Argentina, está contemplado por la Ley 27.350 y determinados derivados pueden formar parte de tratamientos para patologías específicas. Pero hay una diferencia fundamental: el cannabis medicinal no es automedicación ni equivale al consumo recreativo. Cuando se utiliza con fines terapéuticos existe un objetivo concreto: aliviar determinados síntomas o mejorar la calidad de vida del paciente. La dosis, el tipo de derivado, la concentración de cannabinoides y la vía de administración son definidos por un profesional de la salud. Por eso, su utilización debe realizarse siempre con receta e indicación y seguimiento médico.
No se trata de consumir cannabis para experimentar sus efectos psicoactivos, sino de utilizar preparados controlados con una finalidad terapéutica determinada. Esta diferencia resulta especialmente importante cuando se habla de niños, adolescentes y jóvenes. Que existan aplicaciones médicas del cannabis no significa que el consumo recreativo sea inocuo, del mismo modo que un tratamiento médico no puede reemplazarse por marihuana obtenida o utilizada sin control profesional.
El debate entre dos posiciones extremas
Los riesgos parecen ser mayores cuando el consumo comienza a edades tempranas, es frecuente o involucra productos con altas concentraciones de THC. También existen personas particularmente vulnerables, para quienes el cannabis puede representar un riesgo mayor de desarrollar o agravar determinados problemas de salud mental.
Por eso, prevenir no significa necesariamente demonizar. También implica informar, hablar de los riesgos y generar herramientas para que adolescentes y familias puedan tomar decisiones con conocimiento. Y, al mismo tiempo, distinguir con claridad el uso recreativo del medicinal. Porque una misma planta puede estar presente en dos escenarios completamente diferentes: uno en el que se busca un efecto psicoactivo y otro en el que un profesional indica un derivado controlado con un objetivo terapéutico específico. La diferencia está en el producto, la dosis, la vía de administración, el objetivo y, fundamentalmente, en el acompañamiento médico.