Casa de 120 m2 en 48 horas: la revolución de la impresión 3D que llega a la Argentina
Imprimir una casa en 48 horas suena a ciencia ficción, pero en Argentina ya hay quienes lo están logrando. Lo que no te contaron: el 70% de la obra sigue siendo manual.
La construcción en Argentina está a las puertas de un cambio de época. Una tecnología que ya se usa en otros países permite levantar la estructura de una vivienda en apenas dos días, y varias iniciativas locales ya la están probando con resultados concretos.
Se trata de la impresión 3D de hormigón, un sistema que utiliza brazos robóticos para depositar capas de un material cementicio especial, guiados por un diseño digital. Así, la máquina reemplaza las tareas más repetitivas de la obra, acelera los tiempos y reduce el desperdicio de materiales.
Cómo funciona y qué la hace diferente
La tecnología, conocida como 3DCP, no funde plástico como las impresoras hogareñas, sino que moldea una mezcla de cemento, plastificantes y aditivos. El proceso arranca con un modelo digital creado por arquitectos e ingenieros: el software divide el proyecto en cientos de capas y le indica al robot el recorrido exacto, con una precisión de hasta cinco milímetros.
La impresora se ocupa de la obra gris, es decir, levanta la estructura y las paredes. Pero las instalaciones, las aberturas y los terminaciones siguen demandando mano de obra tradicional. Según Mateo Salvatto, fundador de la empresa argentina Grondplek, la máquina puede imprimir una casa de 120 metros cuadrados en 48 horas, con doble muro y cámara de aire para mejorar el aislamiento térmico y acústico.
Qué pasa con los costos y el empleo
La gran diferencia con la construcción convencional está en la velocidad y la eficiencia. El proceso automatizado permite ahorrar hasta un 30% en comparación con los métodos tradicionales, aunque el porcentaje depende de cada proyecto. Ese ahorro surge de la reducción de tiempos, del menor desperdicio de materiales y de una logística más simple.
Sin embargo, la tecnología no elimina la necesidad de trabajadores: el 70% de la obra sigue siendo tradicional y requiere albañiles, plomeros, pintores y especialistas. Lo que cambia es que la máquina asume las tareas más exigentes y repetitivas, como levantar paredes o manipular materiales pesados, lo que apunta a mejorar las condiciones laborales.
Otra ventaja: permite construir geometrías curvas sin que el presupuesto se dispare, algo que en una obra convencional suele ser muy costoso. Además, la continuidad estructural mejora el comportamiento antisísmico de las viviendas.
Proyectos en marcha en el país
En la Argentina, Grondplek incorporó una impresora de la firma danesa COBOD, capaz de trabajar en un área de 11 por 11 metros y hasta 7 metros de altura. La empresa ya realizó proyectos de infraestructura junto a Techint y planea entregar sus primeras viviendas habitadas a principios de 2027.
En paralelo, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y el Astillero Río Santiago desarrollaron un prototipo propio para construir viviendas sociales. Su impresora, de seis metros de ancho y tres de alto, puede imprimir una casa de 60 metros cuadrados en unas 50 horas, incluyendo divisiones internas y espacios para aberturas. El proyecto apuesta a la fabricación local de la máquina y de la mezcla cementicia, y suma cooperativas de trabajo para las etapas que requieren mano de obra.
Más allá de las casas, la tecnología ya se usa para oficinas, estaciones modulares, componentes urbanos y proyectos de ingeniería civil. El verdadero potencial está en transformar la forma en que se diseñan y construyen los espacios, con la mira puesta en resolver el déficit habitacional y modernizar la industria de la construcción.