Catorce años secuestrado: la noche en que Perón reconoció el cuerpo de Evita
Un furgón fúnebre recorrió 1580 kilómetros con un ataúd marcado como “María Maggi de Magistris”. Adentro, los restos de Eva Perón volvían a su esposo tras 14 años de clandestinidad. La orden de abrirlo desató una tensión que solo se cerró con una frase.
El 3 de septiembre de 1971, una caravana con custodia de la Guardia Civil española se detuvo a trescientos metros del chalet donde vivía Juan Perón en Madrid. Adentro de una furgoneta que simulaba repartir flores iba el ataúd con los restos de Eva Perón, secuestrados durante catorce años.
La orden de devolver el cuerpo había partido del presidente de facto Alejandro Lanusse, como gesto hacia Perón en el marco del Gran Acuerdo Nacional, pero la operación escondía capas de secretos, presiones y una historia que recién se conoció en detalle décadas después.
El encargado de la misión fue el coronel Héctor Cabanillas, que en 1957 había recibido el cadáver de manos del gobierno de Aramburu para darle sepultura en secreto. Junto al padre Francisco Rotger, confesor de Lanusse, y con la intervención del Papa Pío XII, el cuerpo fue enterrado en el Cementerio Maggiore de Milán bajo la identidad falsa de María Maggi de Magistris.
Un viaje de 1580 kilómetros
El 1 de septiembre de 1971, Cabanillas, el padre Giulio Madurini y el suboficial Manuel Sorolla exhumaron el ataúd. Cuando los sepultureros vieron el cuerpo intacto por el embalsamamiento de Pedro Ara, gritaron “¡Milagro!”. Para calmarlos, Madurini explicó que esa técnica era común en Sudamérica.
El féretro viajó en un furgón Citroën de la funeraria Fuseti, conducido por Roberto Germani, recorriendo casi 1580 kilómetros desde Milán hasta Madrid, con escalas en Génova, Mónaco y Perpiñán. En la frontera española, la Guardia Civil tomó el control del operativo, coordinado por el gobierno de Francisco Franco.
Ya en Madrid, la caravana se detuvo dos veces: primero para cambiar la chapa del ataúd que decía “María Maggi de Magistris” por una con el nombre real, y luego porque Cabanillas no quiso entregar el cuerpo a las 20.25, la hora exacta de la muerte de Evita.
La tensa ceremonia en Puerta de Hierro
Cuando el ataúd entró a la residencia, Perón esperaba con su esposa María Estela Martínez, José López Rega, Jorge Daniel Paladino y el embajador Jorge Rojas Silveyra, entre otros. Rojas Silveyra, que había sido informado recién esa mañana, dirigió la ceremonia y pidió que se abriera el féretro para certificar la identidad.
El momento más tenso lo protagonizó López Rega, que en camiseta intentó abrir el cerramiento de zinc con un soplete. Rojas Silveyra lo frenó: sabía que los químicos usados por Ara hacían el cuerpo volátil. Finalmente usaron abrelatas caseros. López Rega, entonces, lanzó: “General, esta no es Evita… No firmé el acta”.
Perón se acercó al cuerpo y sentenció: “Sí, es Evita”. Con esa frase, el drama se cerró. López Rega firmó el acta, aunque Isabel Perón se negó y se dedicó a peinar el cabello del cadáver.
El padre Madurini, que firmó con el nombre falso de Alessandro Angeli, le entregó a Perón el rosario que Pío XII había regalado a Evita. “Vi a Perón muy emocionado”, recordó años después.
La historia tuvo un epílogo en 1989, cuando Tomás Eloy Martínez entrevistó a Rojas Silveyra y a Cabanillas. El exembajador contó que Perón, con lágrimas en los ojos, le dijo: “Y…, aunque ustedes no crean, yo he sido muy feliz con esta señora, con esta mujer. Y le debo muchas de las cosas que yo he sido”.