Cerró la puerta al amor y una app se la abrió: la historia de Marta y Héctor
Una viuda y un separado se encontraron en una app de citas y volvieron a creer en el amor. ¿Cómo fue ese primer café que cambió sus vidas?
Marta, viuda y dedicada a confeccionar vestidos de novia, había dejado de creer en el romance. Héctor, separado y chofer de remís, tampoco lo buscaba. Sin embargo, una aplicación de citas los cruzó y hoy, a los sesenta años, son novios. Esta es su historia, contada con nombres cambiados a pedido de ellos.
El refugio de la máquina de coser
Desde hace décadas, la casa de Marta abre a las siete de la mañana con el sonido de la máquina de coser. Hay vestidos de novia colgados en el perchero y telas marfil sobre una mesa que fue de comedor familiar. Ella aprendió a medir el tiempo en pruebas de vestido y en lágrimas ajenas frente al espejo.
De su propia historia, poco dice. Se casó joven, tuvo dos hijas y enviudó a los 51 años. Desde entonces, el trabajo se volvió su único sostén. "Yo ya había cerrado esa puerta. La había cerrado bajo cuatro cerrojos y había tirado la llave", confiesa entre risas.
Sus hijas, tras cinco años de duelo, insistían: "Mamá, salí, conocé gente". Ella los escuchaba y seguía cosiendo. "Era en lo único que pensaba. Ni siquiera para qué, porque no me iba de viaje ni me compraba ropa. Quizás fue mi forma de hacer el duelo", explica.
Un perfil armado a escondidas
Sin avisarle, sus hijas le crearon un perfil en Facebook Parejas, una app para mayores de cincuenta. Subieron una foto de su último viaje y otra donde aparece haciendo vestidos. Marta se enteró cuando ya tenía mensajes.
A ocho kilómetros, Héctor manejaba su Corsa Classic como remís por las calles de La Plata. Separado hace seis años y con dos hijos grandes, su rutina era de turnos y mate en el auto. Tampoco buscaba nada, hasta que un compañero de la agencia le instaló la aplicación un mediodía. "Le dije que no, que para qué. Y a la semana ya estaba mirando perfiles como un pibe", recuerda.
El primer mensaje y el encuentro
Él escribió primero, preguntando por la tela de un vestido bordado a mano que aparecía en la foto de Marta. Ella respondió por cortesía y siguieron hablando por costumbre.
Con miedo al rechazo, se citaron en un bar de la diagonal 74. "Yo llegué pensando que iba a durar media hora el café", dice Marta. "Estuvimos cuatro horas. Me sorprendió lo mucho que tenía guardado".
Hablaron de sus ex parejas, de sus hijos y de los años en que creyeron que ya no les tocaba nada nuevo. Sin apuro, empezaron a verse una vez por semana, luego dos, hasta que las llamadas nocturnas se volvieron costumbre.
Una nueva etapa
Hoy, a los sesenta, son novios. Cada uno vive en su casa: ella con su taller y la cama que fue de matrimonio; él con su remís y el silencio de una casa que recuperó otra voz.
Los fines de semana viajan a Mar del Plata, el lugar preferido de Marta, o salen a comer a un bodegón de La Plata. "No necesitamos más que eso: una buena cena y que ella se ría", dice Héctor. No planean mudarse juntos, pero no lo descartan. Por ahora, les alcanza con los mensajes de buenas noches y las tardes de domingo en que ella cose y él mira desde el sillón.
Marta sigue haciendo vestidos para bodas ajenas, pero ahora, cuando termina uno, hay alguien que la espera para ir a comer.