Cocinan y sirven sobre ruedas: la historia de los hermanos que llevan la gastronomía rionegrina a bordo del Tren Patagónico

Ayelén y Bebe Calvo Cristaldo convirtieron el vagón restaurante del Tren Patagónico en un viaje gastronómico por Río Negro. ¿Cómo se cocina sobre rieles? La historia detrás de una propuesta que une sabores y paisajes.

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Cocinan y sirven sobre ruedas: la historia de los hermanos que llevan la gastronomía rionegrina a bordo del Tren Patagónico
Cocinan y sirven sobre ruedas: la historia de los hermanos que llevan la gastronomía rionegrina a bordo del Tren Patagónico

Dos hermanos convirtieron el vagón restaurante del Tren Patagónico en un homenaje a la provincia. Ayelén y Eduardo “Bebe” Calvo Cristaldo cocinan y sirven durante los 830 kilómetros que unen Viedma con Bariloche, mientras el paisaje cambia detrás de las ventanas.

La propuesta es ambiciosa: que cada pasajero pueda saborear Río Negro en su viaje. Cordero de la Línea Sur, pescados y mariscos del golfo San Matías, vinos del Alto Valle y productos de la cordillera forman parte de una carta que busca contar la provincia desde la mesa.

¿Quiénes son los hermanos que están detrás de esta aventura?

Ayelén es la concesionaria del vagón restaurante y también la moza. Durante dos años, aprendió a caminar por el pasillo mientras el piso se mueve, a tomar comandas y a llevar platos sin que se caigan. Bebe, en cambio, es el chef profesional. Estudió gastronomía en el IAG de Neuquén y trabajó en restaurantes y hoteles de Las Grutas antes de subirse al tren.

La historia comenzó, curiosamente, en un kiosco. Ayelén llevaba alrededor de treinta años como comerciante. Durante dieciséis tuvo una juguetería en Las Grutas, hasta que la pandemia obligó a cerrarla. Después instaló un kiosco en la estación del Tren Patagónico de San Antonio Oeste.

Desde allí observó durante meses el movimiento de los pasajeros y descubrió una oportunidad: crear un servicio gastronómico que tuviera relación con el territorio que atravesaba el tren. Y pensó en su hermano. Presentó el proyecto, llegó la aprobación y comenzó la aventura.

¿Cómo se cocina sobre rieles?

Ninguna cocina había preparado completamente a Bebe para ésta. Hay que afirmarse con las piernas, aprender dónde apoyar cada cosa y entender cómo se comporta una olla cuando el tren cambia de ritmo. Freír quedó descartado por seguridad. Con las pastas también hubo que aprender: utilizan poca cantidad de agua y descubrieron que colocar un jarrito dentro de la olla ayuda a cortar el oleaje.

Son conocimientos que no aparecen en los libros. “Viaje a viaje uno se va dando cuenta de cómo cocinar y qué cocinar”, cuenta Ayelén. Ella también tuvo que adaptarse: caminar por el vagón, tomar comandas y llevar platos y bebidas mientras todo se balancea. Después de dos años, esos movimientos ya forman parte del oficio.

Compartir la mesa con desconocidos

El restaurante tiene capacidad para unas 40 o 48 personas y una particularidad: las mesas se comparten. Un pasajero se sienta frente a otro al que nunca vio. Primero aparece un saludo, después una pregunta y, cuando llega el plato, muchas veces ya están conversando. “Se van conociendo y se van haciendo amigos”, cuenta Ayelén.

Por esas mesas pasaron ferroviarios, turistas extranjeros y fanáticos de los trenes. También historias que conmueven. Ayelén recuerda pasajeros que eligieron el Tren Patagónico para celebrar el final de un tratamiento oncológico. “Que les den un resultado y decidan festejar viajando en el Tren Patagónico es muy conmovedor”, dice.

Una propuesta inclusiva y federal

El restaurante ofrece opciones vegetarianas, veganas y para celíacos y actualmente trabaja en una carta en braille. Ayelén, además, es intérprete de lengua de señas. Para quien nunca probó cordero patagónico recomienda el goulash. Para los amantes de la carne, el bife de chorizo a la riojana. Y para quienes prefieren sabores del mar, la cazuela de mariscos.

El equipo es pequeño. Bebe manda en la cocina; Ayelén atiende el salón y se ocupa de la concesión y la logística. Junto a ellos trabaja Angie, residente en Viedma. Entre los hermanos existe una regla: cuando suben al tren dejan de ser hermanos. “Cuando bajamos del tren volvemos a ser familia. Arriba del tren somos compañeros de trabajo”, explica Ayelén.

El viaje como destino

Hay un momento en el que vale la pena dejar los cubiertos sobre la mesa. Y simplemente mirar. Desde los ventanales del restaurante, Río Negro se transforma lentamente: la estepa, las pequeñas estaciones, la nieve en invierno y, finalmente, las montañas. Ayelén hizo ese recorrido decenas de veces. Y todavía mira por la ventana porque asegura que el paisaje nunca es exactamente el mismo.

El Tren Patagónico tarda alrededor de 18 horas en unir Viedma con Bariloche. En una época obsesionada con llegar rápido, propone lo contrario. Demorarse. Mirar. Conversar. Compartir una mesa con un desconocido. Tomar un café mientras la estepa pasa detrás de la ventana. Probar un cordero de esas mismas tierras o una cazuela hecha con productos del mar rionegrino. Y descubrir que el viaje también puede ser el destino.

“Jamás pensé que iba a llegar a formar parte del Tren Patagónico”, reconoce Ayelén. Ahora hace dos años que sirve mesas y atraviesa la provincia de punta a punta. Bebe, mientras tanto, cocina. Afuera cambia el paisaje. Adentro llega una nueva comanda. Ayelén toma los platos y vuelve al salón. Y el restaurante sigue su camino.

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