Colonia Liebig: el misterio de una pirámide alemana que cumple 100 años

¿Qué hace una pirámide alemana en medio de los yerbales correntinos? La historia que cumple 100 años y el objeto que guarda el secreto.

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Colonia Liebig: el misterio de una pirámide alemana que cumple 100 años
Colonia Liebig: el misterio de una pirámide alemana que cumple 100 años

En medio de los yerbales de Colonia Liebig, en el norte de Corrientes y a un paso de Misiones, hay un monumento que llama la atención: una réplica de la pirámide de Karlsruhe, la ciudad alemana de donde salieron los fundadores de la colonia. La historia de esa construcción y de la cooperativa que la sostiene está cumpliendo su primer centenario.

Cristina Siwicieki trabaja en la Cooperativa Liebig y es descendiente de aquellos inmigrantes. Es la guía perfecta para recorrer un pasado que arrancó en 1924, cuando un grupo de familias alemanas cruzó el océano con la idea de armar una comunidad en Sudamérica.

Un pedacito de Alemania en Corrientes

La pirámide reproduce la que está en la plaza del mercado de Karlsruhe, en el sudoeste alemán, donde se guardan los restos del fundador de esa ciudad. La de Colonia Liebig se levantó para que los inmigrantes y sus descendientes tuvieran, según explica Cristina, “un pedacito de su tierra natal”.

La aventura había empezado después de la Primera Guerra Mundial. Las familias buscaban una mejor calidad de vida y partieron con poco más que lo esencial. Antes de embarcarse ya habían organizado una cooperativa llamada Nueva Karlsruhe para encarar el asentamiento.

El plan original era instalarse en Paraguay, pero el proyecto no prosperó y el grupo terminó en esa zona del norte correntino, muy cerca de Apóstoles, en Misiones, donde hay varias firmas yerbateras de peso.

La organización inicial se disolvió, pero las familias de colonos siguieron juntas. Dos años y medio después de llegar a esa porción de selva volvieron a constituir una cooperativa, tomando como base la experiencia anterior y su estatuto. Fue el 19 de diciembre de 1926. Por eso este año la Cooperativa Liebig celebra su centenario.

Al principio se la conocía como la cooperativa alemana. Después se sumaron productores de origen polaco y ucraniano de la vecina Apóstoles. “En la actualidad somos un crisol de razas”, resume Cristina.

Del barbacuá al primer paquete de Playadito

Dentro de la pirámide, las fotografías y las herramientas reconstruyen la historia de la yerba y de la marca que desde hace un par de años lidera el mercado. Allí se puede ver un antiguo barbacuá y un rodillo de madera con dientes que se usaba para triturar las ramas ya secas. En esa época todo era más artesanal: el secado de la hoja verde exigía paciencia, el calor debía ser suave y el trabajador tenía que dar vuelta el material. Un fuego demasiado fuerte podía arruinarlo todo.

Durante sus primeros cincuenta años, la cooperativa llegaba hasta la elaboración de yerba canchada. Le faltaba completar el proceso industrial y poner en el mercado un paquete propio. Ese salto llegó a fines de los setenta, con la puesta en marcha del primer molino. En la exhibición aparece un año que muchos consumidores quizás desconozcan: 1979, cuando salió el primer paquete de Playadito.

La marca que se hizo un lugar en los mates argentinos es la cara más visible de una organización con varias actividades. Cristina enumera otros frentes: producción de granos, ganadería, apicultura, una planta de extracción y fraccionamiento de miel y un moderno aserradero. De allí salen madera para vender, chips que generan el calor necesario para secar la yerba y pallets que se usan en el envasado.

Cuando el supermercado fue una respuesta colectiva

Hasta el supermercado de Liebig tiene su historia de solidaridad. Según recuerda Cristina, surgió en tiempos de crisis, cuando mucha gente cobraba su salario en bonos del gobierno provincial. La cooperativa los aceptaba a su valor nominal, sin descuentos. “Nos descontaban el 50% del valor de nuestros bonos”, relata Cristina sobre lo que pasaba fuera de la cooperativa.

Pero quizás el dato más revelador de la recorrida sea el rescate de la esencia cooperativa. La entidad cuenta con una juventud cooperativista desde la década del cincuenta, que sigue activa. Varios de los productores que llegaron a ocupar cargos de conducción pasaron antes por ese espacio.

Cristina lo define como un semillero donde se afianzan “el esfuerzo propio, la ayuda mutua y la solidaridad”.

Ese aprendizaje empieza todavía antes. La Fundación Liebig, que también depende de la fabricante de Playadito, administra el Instituto Educativo Cooperativo Crecer, donde los valores cooperativos se trabajan desde el nivel inicial.

Puede sonar exagerado, pero no lo es: desde quinto y sexto grado, los alumnos tienen clases teóricas sobre cooperativismo y llevan adelante una cooperativa escolar. Los docentes acompañan como guías, pero son los chicos quienes deben hacerla funcionar.

“Es un estilo de vida”, explica Cristina, siempre con una enorme sonrisa. Y agrega: “Cuanto más temprana edad comenzamos a conocer, son mejores los resultados”.

La pirámide, que originalmente era un monumento cerrado, fue transformada en 2006 para permitir esta breve recorrida por la historia de la Colonia Liebig. Los objetos que conserva hablan de los abuelos y bisabuelos, pero la conversación termina en los chicos que hoy aprenden a organizarse.

Con información de Bichos de Campo

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