Compró su casa por los pájaros, pero un zumbido constante lo despertó una noche: lo que encontró a 100 metros
Un historiador compró su casa en Virginia por la naturaleza y los pájaros. Años después, un zumbido constante lo despertó: a 100 metros habían levantado un centro de datos. Lo que descubrió sobre los avisos que nunca recibió.
Greg Pirio eligió su casa en el condado de Loudoun por la naturaleza, pero un centro de datos instalado a un centenar de metros le cambió la vida: zumbidos, dolores de cabeza y problemas respiratorios. El historiador especializado en África recuerda con nostalgia los largos paseos con su perro por senderos arbolados y el canto de los pájaros. Hace catorce años compró la propiedad en el norte de Virginia atraído por el entorno. Hace tres, un enorme edificio tecnológico se levantó a pocos metros de su puerta. Desde que comenzó a operar, hace año y medio, el paisaje sonoro cambió para siempre.
“Nadie nos avisó de lo que se nos venía encima”, se lamenta desde su living. Por la ventana, detrás de una hilera de árboles y arbustos que apenas sirven de barrera, se adivina la mole azul del centro de datos. El zumbido constante y los humos, dice, les provocan a él y a sus vecinos dolores de cabeza, conjuntivitis y problemas respiratorios.
El paraíso tecnológico que se volvió pesadilla
Loudoun, con 430.000 habitantes y a orillas del río Potomac, muy cerca de Washington, alberga la mayor concentración de centros de datos del mundo. Se lo conoce como Data Center Alley (Avenida de los centros de datos). Suma 233 instalaciones construidas o en obra, que ocupan más de 45 millones de metros cuadrados, el 3% del territorio del condado, y consumirán tanta electricidad como 2,2 millones de hogares. Su aporte fiscal representa el 40% del presupuesto local.
Ese auge convirtió al condado en el más rico de Estados Unidos: el ingreso medio de sus residentes ronda los US$180.000 por persona. La prosperidad se ve en los cuidados centros urbanos, las instalaciones deportivas relucientes y los parques frondosos. Según las autoridades, el sector creó 17.000 puestos de trabajo, contribuirá con US$1300 millones en impuestos en el año fiscal 2027 y sus pagos permitieron reducir los impuestos inmobiliarios de los vecinos.
Pero junto a esa riqueza conviven las moles de edificios sin ventanas cuyo zumbido se volvió parte del paisaje. Para algunos, una molestia; para otros, una pesadilla. Varias asociaciones ciudadanas comenzaron a organizarse convencidas de que los perjuicios superan los beneficios.
El negocio de la inteligencia artificial
Esas instalaciones albergan los equipos y datos que hacen funcionar internet y la inteligencia artificial. Hace un par de décadas eran del tamaño de un hipermercado; hoy están por todo el país, de Virginia a California, y se proyectan muchas más en las afueras urbanas y zonas rurales. Algunas podrían ser más extensas que todo Manhattan.
Se convirtieron en uno de los grandes temas de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre y en fuente de preocupación en todo el mundo. Sus defensores, con Donald Trump a la cabeza, alegan que generan riqueza y empleo, y que quien no los acepte quedará “pobre y subdesarrollado”, según el presidente. Pero también se volvieron el símbolo visible de las suspicacias que despierta la tecnología y quienes la desarrollan.
En Estados Unidos ya funcionan 1333 de estas instalaciones y otras 2359 están en planificación o construcción, según la firma Cleanview. Un estudio del Annenberg Policy Center de la Universidad de Pensilvania reveló que el 61% se oponía en agosto a tenerlas en su vecindario, un salto de 12 puntos porcentuales respecto de un sondeo previo de febrero y marzo.
Como en el resto del mundo, en Loudoun preocupan los efectos ambientales —consumen vastas cantidades de agua y electricidad—, la contaminación del aire y el ruido. También el impacto sobre el precio de las viviendas y las facturas de luz, disparadas en el norte de Virginia. El 40% de la electricidad consumida en 2024 en ese estado correspondió a esas instalaciones, según Bloomberg. Entre Loudoun y otras zonas, Virginia acumula unos 600 centros de datos. Tres cuartas partes de los votantes del estado culpan a esos complejos de las subas generalizadas de la tarifa eléctrica.
Los residentes también cuestionan la falta de transparencia de los dueños, que en muchos casos obligaron a firmar acuerdos de confidencialidad a contratistas y empleados municipales, lo que impidió conocer de antemano qué se les venía encima.
De la oposición social a la política
El rechazo social se filtró a la política. Una veintena de estados, gobernados por demócratas y republicanos, aprobó medidas para pausar o prohibir la construcción de centros de datos. Otros siete las tienen en trámite. Texas, con una de las mayores concentraciones y cuyo gobernador republicano Greg Abbott había prometido convertir en el “epicentro del desarrollo de la inteligencia artificial”, frenó en seco en medio de encuestas que anticipan un giro de los votantes hacia los demócratas. En Ohio, el rechazo popular favorece al candidato demócrata al Senado, Sherrod Brown, frente al republicano Jon Husted, que apoyó esas construcciones.
“Engañaron a la comunidad”
“Tenemos que pararlos”, opina Pirio. El centro de datos junto a su casa, en la localidad de Sterling, entró en funcionamiento en febrero de 2025. No estaba conectado a la red eléctrica, sino que operaba con su propio generador.
“Engañaron a la comunidad. Nos enteramos por el ruido: no nos avisaron ni a nosotros ni a las autoridades locales”, explica. “Nos dijeron que iban a construir un edificio más pequeño, luego duplicaron el tamaño. Nunca le dijeron a nadie que incluirían una planta eléctrica”.
La empresa propietaria puso en marcha un plan de US$15 millones para mitigar el ruido, pero los vecinos aseguran que los efectos persisten. “Lo redujeron justo al nivel que ordenan los reglamentos, pero no a un nivel inocuo para la salud”, sostiene. “Hace ruido las 24 horas, los siete días. Provoca dolores de cabeza y no deja dormir. Y está la contaminación del aire. En mi calle hay una familia con cuatro hijos y los cuatro desarrollaron problemas respiratorios. A uno hubo que hospitalizarlo”, denuncia.
El problema se agrava cuando hay cortes de luz en los centros de la zona y los sistemas activan generadores diésel. “Me entero enseguida porque lo siento en los pulmones, en la garganta”, dice Pirio.
La mayoría de los centros de datos sí está conectada a la red, lo que genera otros problemas por su consumo descomunal. La eléctrica Dominion recibió pedidos de empresas para suministrar más de 40 gigavatios, suficientes para más de 10 millones de hogares y el doble de la capacidad que la empresa tenía en 2024 en el norte de Virginia.
Un poste eléctrico en el jardín
Vicky Hu, agente inmobiliaria, eligió con cuidado la casa que compró hace 26 años en Ashburn, también en Loudoun. “Entonces todo esto eran granjas. Había más animales que personas”, recuerda. Su jardín, rodeado de árboles y un arroyo, es su orgullo.
Los ruidos de la construcción de un gran complejo de Amazon a varios cientos de metros no la alarmaron al principio; pensó que pasarían con las obras. Pero en junio recibió lo que describe como “la llamada telefónica del infierno”: la compañía eléctrica planea ampliar el tendido para dar servicio a esos centros de datos. La prolongación atraviesa su jardín: adiós a los árboles, hola a un poste de alta tensión de 60 metros y un pasillo alrededor en medio del césped.
“Voy a perder la mitad de mi terreno y el acceso al garaje”, se lamenta. “Y es peligroso. Si plantan el poste, mi casa queda dentro de la zona sobre la que podría caerse si hay un problema. Y hablamos de un poste de alta tensión”.
Los orígenes del boom
El despegue de Loudoun se remonta a los años noventa, cuando el gigante de las telecomunicaciones AOL se instaló allí por su cercanía a Washington y al aeropuerto internacional Dulles. Su presencia atrajo a otras empresas y creó la infraestructura para un núcleo tecnológico. Los incentivos fiscales ampliaron el fenómeno y la inteligencia artificial lo multiplicó. La cercanía a la capital —apenas 50 kilómetros— también ayudó: el Gobierno federal y sus contratistas son ávidos de datos. La abundancia de terreno y el río Potomac aportan el resto.
No todos se oponen. En una reciente sesión del gobierno local para decidir restricciones a centros ya aprobados pero aún no construidos, algunos vecinos recordaron la riqueza generada. Michelle Chesser, madre de dos hijos de nueve y seis años, trabaja en uno de ellos tras obtener un título de especialista en mantenimiento. “Mis hijos crecen en un condado con escuelas públicas fantásticas, parques preciosos y recursos increíbles. Los centros de datos, y los ingresos y la actividad que generan, han jugado un papel importante para que Loudoun haga esas inversiones. Pero su impacto también beneficia a gente como yo”, aseguró en la sesión.
Según Stijn van Niewerburgh, de la Universidad de Columbia y autor del estudio “La financiación de la construcción de la inteligencia artificial”, la construcción de centros de datos y la infraestructura y equipos necesarios representarán un gasto de US$10,3 billones entre 2025 y 2032: un promedio del 3,6% del PBI estadounidense por año. “Las construcciones proyectadas serán una parte mayor de la economía que los booms de inversión previos en canales, ferrocarriles, electricidad, autopistas y telecomunicaciones”, apunta.
Otros piden mantenerlos en zonas industriales, lejos de las viviendas. “No estamos contra los centros de datos en sí. Pero no los queremos cerca de zonas residenciales. Hay muchísimos terrenos en todo Loudoun más adecuados para esos complejos”, explicó durante la junta el residente Bill Wiert, ex empleado federal. Como otros miembros de su asociación vecinal, había llegado vestido de verde en señal de oposición y se mostró pesimista sobre la decisión de los concejales: “Hay demasiado dinero, demasiados intereses creados. Y no hay suficiente presión política”.
Tuvo razón. Un par de horas después, la junta de supervisores —el gobierno local— rechazó la moción sobre las limitaciones. Argumentó que imponerlas desencadenaría una demanda judicial de las grandes tecnológicas que podría costar US$60 millones.