Compró tierras en Tucumán y Formosa y algo inesperado empezó a crecer entre los árboles plantados
Plantaron más de 640.000 ejemplares nativos y hoy el campo tucumano registra animales que nadie esperaba volver a ver. La historia que empezó con una familia y un vivero en medio del monte.
Lo que arrancó como una decisión familiar a fines de los 90 terminó convertido en un proyecto de restauración del bosque nativo que hoy se extiende por Formosa y Tucumán. Jorge Horacio Bellsolá Ferrer fue quien dio el primer paso frente a un panorama que ya resultaba alarmante en el Gran Chaco: la desertificación y la erosión que dejaron décadas de tala indiscriminada, pérdida de cobertura vegetal y explotación sin manejo adecuado.
El punto de partida fue La Florencia, una propiedad familiar de 60.000 hectáreas en Formosa. Bellsolá Ferrer está vinculado en Tucumán a la familia Critto.
“Cuando desaparece el bosque, el suelo queda expuesto, pierde humedad y fertilidad, se erosiona y deja de sostener la biodiversidad y la vida de las comunidades que dependen de él”, explica Paula Bellsolá Ferrer, hija de Jorge e integrante de la segunda generación que hoy conduce Seamos Bosques, una empresa de triple impacto dedicada a restaurar y conservar el bosque nativo.
Los primeros números del proyecto
En aquel programa inicial instalaron un vivero forestal, identificaron árboles semilleros y plantaron más de 640.000 ejemplares nativos. Entre 1998 y 2010, según datos de la organización, restauraron más de 1000 hectáreas y generaron beneficios directos para más de 120 familias wichí.
El desembarco en Burruyacú
Años después, Jorge María Bellsolá Ferrer, uno de los hijos, trasladó esa experiencia a otra propiedad familiar: Estancias El Nío, un territorio de 5650 hectáreas en Burruyacú, Tucumán. Allí trabajan hoy en la recuperación de la yunga tucumana.
“No elegimos los territorios de manera aleatoria. Desarrollamos nuestros programas en territorios propios, lo que nos permite asumir compromisos de largo plazo y trabajar sin intermediarios. No llegamos, plantamos y nos vamos: permanecemos en el lugar, conocemos su historia y acompañamos durante años la evolución de cada intervención”, señala Paula.
La tala selectiva puede hacer desaparecer los ejemplares más grandes y valiosos, como los cedros o los llamados “árboles de techo”. Sin ellos también cambian la luz que llega al suelo, la temperatura, la humedad y las condiciones de las que dependen otras plantas, animales, hongos y microorganismos.
“El árbol es el punto de partida para recuperar todo el entramado del ecosistema”, explica Paula. Si bien la empresa está liderada por su familia, el trabajo está a cargo de un equipo interdisciplinario de especialistas en restauración forestal, ciencias ambientales y biología, además de personal local.
Cómo se financia la restauración
Restaurar un bosque durante años también requiere recursos. Seamos Bosques se financia principalmente a través de alianzas con empresas que destinan fondos a proyectos de restauración y conservación. Algunas se comprometen con una cantidad de árboles por año y otras desarrollan lo que la organización denomina un “bosque corporativo”.
El aporte financia la recolección de semillas, la producción en vivero, la plantación, el mantenimiento y el monitoreo de árboles y biodiversidad. A cambio, las compañías reciben información para seguir su contribución: árboles georreferenciados, mapas, estimaciones de captura de carbono y reportes de impacto. También pueden involucrar a empleados, clientes y otros grupos de interés mediante visitas, actividades educativas y jornadas en el bosque.
“La restauración de un ecosistema no se consigue con una acción aislada, sino con compromiso y continuidad”, sostiene Paula.
Ciencia, escuela y comunidad
El proyecto también funciona como espacio de investigación para especialistas de la Universidad Nacional de Tucumán, la Universidad Nacional de Córdoba, la Universidad de Buenos Aires y organismos vinculados al Conicet, que encuentran en estos lugares la forma de estudiar de cerca los procesos de restauración. Ese conocimiento no busca quedar limitado al ámbito científico.
Además de generar empleo local, trabajan con las escuelas de El Cajón y desarrollan iniciativas que vinculan conservación, investigación y desarrollo productivo. Una de ellas es el Proyecto Chilto, centrado en una especie nativa del sotobosque de las Yungas cuyo potencial se estudia para generar productos y alternativas económicas locales.
La educación ambiental es otra forma de abrir el proyecto. A través de “Conocer para valorar”, reciben empresas, estudiantes, investigadores, escuelas y organizaciones sociales que recorren el vivero, conocen áreas restauradas en distintos momentos y conversan con quienes trabajan en el territorio.
“Creemos profundamente que para valorar la naturaleza primero hay que conocerla”, resume Paula. Esa posibilidad de entrar al bosque y observar cómo cambia con el paso de los años también abrió otra puerta: la del turismo de naturaleza.
Caminar dentro de un bosque que vuelve
En Estancias El Nío, visitar el bosque permite observar un proceso de restauración mientras está sucediendo. Los senderos y pasillos que atraviesan las áreas intervenidas permiten encontrarse con árboles recién plantados y, unos metros más adelante, con sectores que llevan cinco o diez años recuperándose.
Para Seamos Bosques, esa característica le da al territorio potencial para el ecoturismo, el avistaje de aves, la fotografía de naturaleza y el turismo científico y educativo. Por ahora, explican, buscan desarrollar estas experiencias de manera progresiva y controlada, para que la llegada de visitantes sea compatible con la conservación.
Hay razones para detenerse a mirar. En las 5650 hectáreas de El Nío ya registraron más de 190 especies de aves y al menos 17 especies de mamíferos a través de cámaras trampa. Entre ellas aparecen ocelotes, pecaríes de collar, osos meleros, pumas, lobitos de río y hasta el cóndor andino. El monitoreo acumula más de 2000 noches de registro distribuidas en más de 50 sitios del campo.
Hoy reciben empleados de empresas asociadas, escuelas, organizaciones sociales, estudiantes e investigadores. A futuro, buscan que esas visitas también puedan generar empleo e ingresos para la población local sin alterar los procesos ecológicos que intentan recuperar.
Quizás allí esté una de las ideas que atraviesa todo el proyecto: restaurar un bosque implica volver a mirar aquello que sucede más allá de los árboles. “La experiencia más transformadora es que alguien llegue pensando que va a ver árboles y se vaya comprendiendo que un bosque es una red de vida de la cual también nosotros formamos parte”, concluye Paula.