Compró un vagón de subte por $700.000 y lo que armó adentro dejó a todos sin palabras

Compró un vagón de subte abandonado por $700.000 y lo convirtió en una casa de fin de semana en Canning. Con parrilla, pileta y hasta capacidad para ocho personas, la transformación sorprendió a todos. ¿Cómo hizo para que funcione?

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Compró un vagón de subte por $700.000 y lo que armó adentro dejó a todos sin palabras
Compró un vagón de subte por $700.000 y lo que armó adentro dejó a todos sin palabras

Juan Iriarte tiene 47 años y encontró la manera de tener su refugio de fin de semana sin gastar una fortuna: compró un viejo vagón de subte abandonado y lo convirtió en una casa con todas las comodidades en Canning.

La estructura, fabricada en Japón en 1957, hoy tiene cocina, baño, dormitorios y un espacio exterior con deck, parrilla y pileta. Pero llegar a ese resultado no fue sencillo.

De un terreno caro a una idea poco convencional

En 2020, Juan y su esposa compraron un lote en el barrio privado Estilo Campo, en Canning, por US$ 8.500. La idea era construir una casa de fin de semana, pero el costo de una vivienda tradicional resultaba demasiado alto.

Fue durante el aislamiento por la pandemia cuando empezaron a buscar alternativas más económicas. Evaluaron casas container, silos reciclados y otras estructuras metálicas. Hasta que dieron con una empresa que tenía antiguos vagones de subte a la venta.

Juan encontró el coche en un depósito de objetos de demolición en Pilar. Estaba deteriorado, grafitado y sin varios de sus vidrios. Aun así, consideró que la estructura era sólida y tenía potencial para convertirse en una vivienda. Acordó la compra por $700.000 y pidió que le colocaran los vidrios faltantes antes del traslado.

El traslado y la transformación

La logística también fue un desafío: el vagón debía recorrer gran parte del conurbano bonaerense hasta llegar a Canning. Antes de llevarlo al barrio privado, Juan lo restauró y pintó por fuera.

El 5 de agosto de 2021, dos grúas lo ubicaron sobre durmientes en el terreno. La transformación del interior llevó alrededor de tres meses, con la ayuda de un carpintero, un electricista y un amigo que se ocupó de la instalación de agua.

Cómo es la casa por dentro

El vagón mide 18 metros de largo por 2,63 de ancho y fue acondicionado para que la familia pudiera pasar varios días con comodidad. La distribución incluye un pasillo que conecta los ambientes, un baño con ducha, dos dormitorios para los chicos con cuchetas y una habitación principal.

El sector social ocupa casi la mitad del espacio y reúne la cocina, el comedor y el living. Hay una mesa para seis personas, un sillón de tres cuerpos que también funciona como sofá cama, una mesa ratona y un televisor. La cocina integra los electrodomésticos y las instalaciones para mantener el ambiente ordenado.

La climatización combina equipos de frío-calor y una estufa en el living. Aunque la estructura es metálica, Juan trabajó en el aislamiento para que la casa resultara confortable. Con las cuchetas y el sofá cama, el espacio puede alojar hasta ocho personas.

Parrilla, pileta y deck: el afuera

La transformación no se limitó al interior. Juan construyó con sus propias manos una galería tipo deck que funciona como acceso, espacio de estar y una especie de andén. Ahí instaló una parrilla, uno de los lugares centrales de la vivienda para compartir comidas al aire libre.

A los pocos días de instalar el vagón, la familia también sumó una pileta con deck. El espacio exterior amplió las posibilidades de uso del terreno y completó la propuesta de casa de fin de semana, con ambientes para descansar tanto adentro como afuera.

Con el paso de los años, el exterior también tuvo algunos cambios. Juan probó un revestimiento texturado naranja, pero el material se resquebrajó por la flexibilidad de la estructura. Por eso, volvió a pintar el vagón de gris y utilizó una membrana líquida para conseguir un acabado más resistente.

Un pedazo de Tokio en Buenos Aires

La historia de la vivienda también está ligada al transporte público. Los vagones fueron fabricados por Mitsubishi en 1957 y llegaron a Buenos Aires durante la década de 1990, procedentes del metro de Tokio. Antes de ser vendidos, los coches habían formado parte de la Línea B del subte porteño.

Pese a la transformación, la estructura conserva algunos elementos originales, como las ventanas bipartidas que se deslizan hacia arriba y abajo y la puerta principal corrediza, similar a la que tenía cuando circulaba por los túneles de la ciudad.

Actualmente, Juan y su familia utilizan la casa principalmente durante el verano, los fines de semana largos y los días en que el clima acompaña. Aunque el lugar despierta curiosidad y podría ser una alternativa para alquilar, el hombre aseguró que nunca tuvo esa intención: prefiere reservarlo para disfrutarlo con su mujer, sus dos hijos y sus invitados.

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