Conoció a una mujer en Buenos Aires y lo que pasó después cambió la literatura para siempre

Antoine de Saint-Exupéry conoció en Buenos Aires a Consuelo Suncín, quien inspiró la rosa de El Principito. Su historia de amor, apasionada y tormentosa, marcó la literatura universal.

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Conoció a una mujer en Buenos Aires y lo que pasó después cambió la literatura para siempre

En 1929, Antoine de Saint-Exupéry llegó a la Argentina como director de Aeroposta Argentina y conoció a Consuelo Suncín Sandoval, una mujer que marcaría su vida y su obra para siempre. Lo que empezó como un flechazo en una reunión porteña terminó convertido en una de las historias de amor más intensas y tormentosas del siglo XX.

Antoine tenía 29 años cuando pisó Buenos Aires. Venía de una familia aristocrática francesa arruinada, era alto, desgarbado, extremadamente miope y fumador compulsivo. Pilotear era lo único que lograba ordenarle la cabeza. Vivía entre hangares, mapas y vuelos a la Patagonia, en una época en la que viajar en avión todavía era una aventura de alto riesgo.

¿Quién era Consuelo Suncín?

Consuelo Suncín Sandoval también tenía 29 años cuando lo conoció. Había nacido en Armenia, El Salvador, estudiado arte en San Francisco y vivido entre Centroamérica, México y París. Era escultora, pintora y escritora, y ya había atravesado una vida ajetreada. Había estado casada con Enrique Gómez Carrillo, el célebre escritor y diplomático guatemalteco, famoso por sus excesos y escándalos. El matrimonio duró solo nueve meses, dejándola viuda y millonaria a los 26 años.

Era pequeña, teatral y magnética. Medía apenas un metro y medio, tenía ojos oscuros, voz aguda y una manera teatral de moverse. Usaba perfumes fuertes, joyas extravagantes, turbantes, flores en el pelo y vestidos llamativos. Hablaba rápido, exageraba historias y podía pasar del encanto absoluto al dramatismo en cuestión de minutos.

El flechazo en Buenos Aires

Se conocieron en Buenos Aires en 1930, durante una reunión organizada por amigos comunes vinculados al ambiente cultural y diplomático de la ciudad. La química fue inmediata. Antoine quedó impactado por aquella dama diminuta y volcánica. Consuelo sintió curiosidad por ese piloto silencioso y melancólico que hablaba poco, fumaba demasiado y tenía una tristeza difícil de explicar en la mirada.

Poco tiempo después, Antoine la invitó a volar sobre Buenos Aires. Para Consuelo, que jamás había subido a un avión tan pequeño, la experiencia fue aterradora y fascinante al mismo tiempo. Mientras la aeronave avanzaba sobre el Río de la Plata, ella se aferró al asiento con miedo. Antoine, en cambio, parecía transformarse en el aire. Ahí dejaba de ser el hombre tímido y disperso de las reuniones sociales.

Muchos años después, Consuelo recordaría que en esos vuelos entendió algo importante: siempre habría una parte de Antoine a la que jamás podría alcanzar.

Un matrimonio apasionado y caótico

Se casaron en Francia en abril de 1931. Y casi desde el principio entendieron que el amor no iba a alcanzar para darles tranquilidad. La convivencia fue apasionada y caótica. Consuelo necesitaba atención constante. Antoine necesitaba silencio. Ella hacía escenas de celos feroces. Él desaparecía durante días enteros sin avisar. Después regresaba arrepentido, cariñoso y lleno de promesas. Pero el ciclo volvía a empezar.

Antoine tenía amantes y no hacía demasiado esfuerzo por ocultarlo. Consuelo sufría horrores esas infidelidades, aunque también buscó refugio emocional en otros hombres cuando se sentía abandonada. Se lastimaban. Se extrañaban. Se necesitaban. Volvían. Y se volvían a lastimar.

La rosa de El Principito

Esa tensión terminó convirtiéndose en literatura. En 1943, mientras vivía exiliado en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, Antoine publicó El Principito. El libro parecía un cuento infantil, pero en realidad estaba lleno de soledad, nostalgia y preguntas adultas sobre el amor. Y en el centro emocional de la historia aparecía la rosa. Hermosa, orgullosa, frágil, vanidosa y demandante. Aquella rosa era Consuelo.

Consuelo solía toser exageradamente cuando quería llamar la atención de Antoine, exactamente igual que la rosa del libro. En uno de los fragmentos más conmovedores, el Principito dice: “No supe comprender nada entonces. Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras”. Muchos interpretaron esa frase como una confesión íntima de Antoine sobre su matrimonio.

La desaparición de Antoine

La mañana del 31 de julio de 1944, Antoine de Saint-Exupéry subió a su avión con el cuerpo cansado y la obstinación intacta. Tenía 44 años. Arrastraba secuelas físicas de múltiples accidentes aéreos, problemas cardíacos y una fatiga que ya no podía ocultar. Despegó desde una base militar en Córcega temprano por la mañana. Debía sobrevolar el Mediterráneo y regresar unas horas después. Pero nunca volvió.

Durante décadas, la desaparición de Saint-Exupéry alimentó teorías y leyendas. Recién en 1998, un pescador encontró accidentalmente cerca de Marsella una pulsera de plata con los nombres de Antoine y Consuelo grabados. Años después aparecerían restos del avión en el fondo del Mediterráneo.

Consuelo falleció en 1979, en Francia, después de pasar gran parte de su vida aferrada a recuerdos, cartas y escenas de ese amor feroz que nunca consiguió transformarse en tranquilidad.

Antoine junto a su esposa Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña
Antoine junto a su esposa Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña, escritora y artista. (Foto: Saint Exupéry Collection)

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