Cose desde los 12, tiene 87 y sus vecinos le piden un deseo imposible: "Chiche, no te mueras nunca"

En el Día de las Costureras, tres historias rosarinas muestran que el oficio sigue vivo: una modista de 87 años que nunca soltó la aguja, un taller para perderle el miedo a la máquina y gorras recicladas con la máquina de la abuela. Lo que se cose adentro tiene un valor que no se compra hecho.

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Cose desde los 12, tiene 87 y sus vecinos le piden un deseo imposible: "Chiche, no te mueras nunca"
Cose desde los 12, tiene 87 y sus vecinos le piden un deseo imposible: "Chiche, no te mueras nunca"

Este 14 de octubre se conmemora el Día de las Costureras, y en Rosario el oficio sigue vivo con historias que mezclan manos, memoria y afecto. Desde vestidos de novia cosidos a mano hasta talleres donde se aprende a usar la máquina por primera vez y gorras recicladas con carga emocional, la costura se reinventa sin perder su esencia.

Chiche, la modista que aprendió a los 12 y nunca soltó la aguja

Antonia Moro, conocida por todos como "Chiche", tiene 87 años y vive en la zona norte de Rosario. Es modista desde hace 56, aunque aprendió a coser a los 12 en Luis Palacios, un pueblo de calles de tierra en el departamento de San Lorenzo, donde estudiaba con una de las dos modistas que había en la localidad.

Su formación fue en una academia que funcionaba dentro de una casa de familia. La profesora había estudiado en Rosario y también hacía vestidos de novia. "Teníamos mesas largas, llevábamos valijitas con una escuadra grande y precisa, un cuadernito con hojas de cuadritos para hacer el dibujo chico y después agrandarlo a las medidas. Todo se hacía en papel de molde y se cosía, con cuidado de no romperlo porque después lo presentabas en el maniquí para que ella te diera el visto bueno", recuerda.

La profesora le propuso ser su ayudante en la confección de vestidos de novia, algo que la otra modista del pueblo no hacía. "Era todo casero, no se venía a Rosario a comprar nada hecho ni los tocados. Ella me hizo el tocadito cuando me casé, lo hizo a mano, una belleza con moñitos de tul", cuenta Chiche.

Más tarde se mudó con su esposo a Rosario, al barrio Alberdi, donde tenían un almacén. Allí fue consiguiendo clientas que iban al negocio y ella las medía en el local. Trabajó varios años para David, el profesor de patín famoso en el club Empleados de Comercio y en Barracas, y también cosió disfraces para escuelas como la Emilio Ortiz Grognet, que hacía su fiesta de fin de año en el salón de Luz y Fuerza. "Era un entusiasmo increíble cómo se involucraban las madres. Se encargaban 15, 18 trajes", rememora.

El oficio le viene de familia. Su padre, español, le contaba que su abuela cosía todo el tiempo. "Nunca a mi mamá la iba a ver sin algo en la mano cosiendo", repetía. "Por más que pudieran comprar, se usaba mucho lo casero, por eso se cosía tanto."

Chiche cosió mientras cuidaba a su madre y a sus nietos. Sus vecinos le dicen "Chiche, no te mueras nunca". Y cosió incluso en los momentos más duros: cuando su marido enfermó de cáncer y lo tuvo en casa con internación domiciliaria, ella estaba terminando un vestido de novia corto. "Lo logré terminar. Falleció un sábado a la mañana, a las 7.45, hizo 25 años en agosto. Me acuerdo de que me ayudaron mis nueras a planchar el vestido de novia el viernes", relata.

En su barrio, cuando llegó hace 45 años, había muchísimas modistas. "Todo se hacía casero: los batones de entrecasa, el trajecito", dice. Y sigue cosiendo para tres generaciones de una misma familia: le hizo el vestido de 15 a una chica que hoy tiene 21, le cosió los trajes de teatro cuando tenía 8, y también le cose a la madre y le cosió a la abuela.

Anita Q: enseñar costura para perder el miedo a la máquina

Ana Clara Tarquini, conocida como "Anita Q", es diseñadora de indumentaria y tiene un taller de costura abierto al público donde enseña desde lo básico hasta la creación de prendas originales. También dicta cursos virtuales y comparte técnicas en redes. En 2025 publicó su libro Guía básica de costura: autoayuda para iniciar en la costura y revolucionar nuestros cuerpos.

Anita tuvo su propia marca y notaba que el trabajo "invisible" de la producción de ropa no era valorado. Se preguntó cómo explicarle a la gente que hacer ropa que guste, quede bien y salga barato es realmente difícil. "Quizás no tengo que contarle todo, sino invitarla a vivir la experiencia y que sepa por su propia cuenta qué es coser", reflexionó.

Para ella, la costura implica pensar la ropa en relación al cuerpo y a los gustos, que se adapte al cuerpo y no al revés. "A la ropa se la ve como un objeto distanciado de lo cotidiano, cuando en realidad es algo que usamos siempre. La vestimenta hace parte de nuestro cuerpo, ya no podemos separarlo", sostiene.

Al taller llegan personas por motivos distintos: porque no consiguen ropa que les guste, porque la que les gusta les queda grande o chica pero aman la tela y quieren reformarla, para hacerle ropa a familiares o simplemente para pasar el tiempo. "La gente se termina apropiando del taller. Quiero enseñar la herramienta y que después le sirva para la vida cotidiana", dice Anita.

Su idea parte de no enseñar desde lo más básico y a todos iguales, porque eso termina volviendo a la norma de cómo deberían ser los cuerpos y los moldes. Lo que más destaca del taller es compartir y "aprender mirando a otros cosiendo". "Vienen a hacer cosas que yo nunca hubiera hecho, entonces aprendo todo el tiempo. Hay una retroalimentación", cuenta.

"A veces me cuentan que además de perder el miedo a la máquina, perdieron el miedo a hacer cosas y a equivocarse. Se dieron cuenta de que aunque no salga perfecto se puede usar", agrega. Para ella, insistir en algo que interesa es lo que mantiene las ganas de hacer.

Archivo Joya: gorras únicas con la máquina de la abuela

Agustín Ceres es creador de "Archivo Joya", un emprendimiento de gorras, riñoneras y prendas a pedido. Empezó a coser en 2020, inspirado por una gorra que compró y lo fascinó. "Quizás esto lo puedo hacer yo", pensó, y en plena pandemia, cuando estaban permitidas las reuniones, empezó a aprender con su tía de 70 años.

Durante dos meses fue dos veces por semana a coser siempre lo mismo: una gorra de cinco paneles, para entender la forma y la costura curva. Después no pudo ir por un tiempo y su tía le dijo: "Tengo una máquina que era de tu abuela, me la traje cuando ella falleció. Llevátela y si la hacés arreglar es tuya".

Con esa máquina cosió durante cuatro meses, haciendo prototipos hasta animarse a usar ropa propia: prendas que no tiraba porque les tenía afecto, aunque tuvieran manchas. Seleccionó un par, hizo 10 gorras de dos modelos y largó su primera tanda.

En Instagram describe su trabajo como "laboratorio de piezas únicas". Le gusta que la gente llegue con ideas nuevas y que se lleve algo que la represente. "Lo que más me gusta es crear cosas que no existen, traer esas ideas a la vida", dice. Y agrega: "Me gusta que las prendas tengan historia. Que me cuenten 'esta corbata era de mi abuelo' o 'esto me lo regaló alguien que quería mucho'. Esa carga emocional le da un valor agregado".

Su gusto por lo vintage viene de la infancia, cuando usaba ropa de su papá o de sus abuelos, y de una costumbre que nunca abandonó: coleccionar. "Tengo muñequitos por todos lados, coleccioné cajitas de cigarrillo, latitas, botellitas de cerveza. Ahora de grande me di cuenta de que me empezó a gustar coleccionar ropa", confiesa. Recorre ferias buscando prendas en desuso, manchadas, pero con un color, una trama o un logo que las distingue y las vuelve reciclables.

"Cambia de forma, pero no cambia el afecto, no cambia el sentimiento. Estamos mediados por cosas, creamos cosas para poder relacionarnos con el mundo", cierra Agustín.

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