Cosechaba aceitunas en la finca familiar, se recibió de abogada con medalla de oro: quién la acompañó en cada paso
¿Qué hizo la mamá de María Luján la noche anterior a cada uno de los 25 finales que rindió su hija? La respuesta explica por qué la medalla de oro que recibió esta abogada mendocina no es un logro individual.
En la finca Los Álamos, en Fray Luis Beltrán, Mendoza, el día arranca entre viñedos y cosechas. Ahí creció María Luján Jurado, con una idea que a los nueve años parecía enorme: quería ser abogada. La duda se la sacó a su mamá, que le contestó que de las injusticias se ocupaban los abogados. Desde entonces no cambió de plan.
El camino no fue sencillo. La casa de la familia está a varios kilómetros de la primera parada de colectivo, el gas no llega y los servicios básicos son limitados. Aun así, María Luján sostuvo durante toda la carrera una convicción: el lugar donde nació no tenía por qué marcar hasta dónde podía llegar.
El título, la medalla y el promedio
El 20 de marzo de 2026, tras cinco años en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cuyo, obtuvo su título de abogada con un promedio de 9,05. Había ingresado el 1 de abril de 2021 y terminó la carrera en el tiempo previsto. La institución reconoció ese desempeño con el Premio Facultad de Derecho, una medalla de oro y una beca para seguir formándose en el posgrado. Hoy ejerce de manera independiente, con su propio estudio en Beltrán.
Detrás de ese resultado hubo una mamá que la llevaba y la traía de la universidad, una familia que aprendió a organizarse alrededor de los horarios de cursado y de examen, abuelos que siguieron trabajando la viña incluso a los 78 años y una joven que, cuando no estudiaba, también daba una mano en las tareas rurales.
La familia, el sostén de todo
“Mi familia está integrada por mi mamá, Roxana, que es enóloga; mis abuelos maternos, Ángel y Liliana, vitivinicultores de toda la vida; mi hermanita María Victoria, que actualmente cursa segundo año de la secundaria, y mis padrinos, Érica y Felipe. Ellos son todo para mí, son los únicos que han estado siempre y me han apoyado en todas las etapas de mi vida”, cuenta María Luján.
En esa casa el trabajo siempre fue prioridad. Los abuelos dedicaron la vida a la vitivinicultura y siguen al pie de la finca. Ella colaboraba con las cosechas de aceitunas, uvas, duraznos y ciruelas, y además tenía su propia huerta en un sector que su abuelo le preparó para plantar tomates, lechugas y otras verduras. La tierra era parte de su rutina, igual que el esfuerzo de los que la rodeaban.
“Mi mamá me impulsó desde muy chiquita a perseguir mis sueños, a creer que todo era posible y que era capaz de alcanzar cada meta. Mis abuelos fueron mi ejemplo también. Todos ellos hicieron un esfuerzo tremendo para acompañarme en mi trayecto universitario, sobre todo por las dificultades de vivir en un lugar donde no llega el transporte público”, explica.
La elección y el llanto del ingreso
Cuando tuvo que decidir qué estudiar no dudó. Eligió la UNCuyo por las referencias y el prestigio, aun sabiendo que el ingreso y el cursado serían exigentes. El día que salieron los resultados de admisión no pudo contener la emoción.
“Recuerdo como si fuera ayer cuando vi los resultados del ingreso. Me largué a llorar al lado de mi mamá y después salí corriendo a buscar a mis abuelos, que estaban trabajando, para decirles que había entrado. Fue un momento hermoso”, recuerda.
Esa alegría abrió una etapa de desafíos grandes. Desde la finca hasta la Facultad de Derecho, cada viaje demandaba alrededor de una hora y 15 minutos, sin contar el tramo entre la parada y la casa. Bajarse del colectivo significaba todavía media hora más de caminata. Y el último trecho no era sencillo: inviernos crudos, días de calor intenso y jornadas en las que el viento Zonda convertía el recorrido en una prueba extra.
Como el primer micro que la acercaba a la universidad quedaba a varios kilómetros de la finca, su mamá se ocupaba de llevarla y de acompañarla de regreso. Cuando la clase terminaba a las nueve de la noche, todavía faltaba la vuelta: María Luján llegaba a su casa cerca de las 23.
“Durante el transcurso de la carrera, el tema del transporte fue muy difícil. Hacer ese recorrido todos los días fue muy complicado, especialmente por las inclemencias del tiempo”, relata.
El cartel y el regalo antes de cada final
La ayuda no terminaba en los traslados. Roxana también la acompañó en los aproximadamente 25 exámenes finales que rindió durante la carrera. Muchas veces la jornada empezaba a las ocho de la mañana y podía estirarse hasta las ocho de la noche. Mientras su hija rendía, ella esperaba durante horas. Y cuando María Luján salía, la recibía con un pequeño regalo y un cartel escrito la noche anterior.
“Siempre que salía me daba un regalito con un cartelito que decía ‘felicitaciones, te amo’, que lo escribía la noche antes del examen. Tenía tanta fe en mí que sabía que iba a aprobar de antemano. Quizás esa era su cábala, porque nunca desaprobé un examen”, cuenta.
“Detrás de esta medalla, una familia que siempre estuvo”
Por eso, al egresar y recibir la noticia del premio, pensó de inmediato en los suyos. En el discurso del reconocimiento dejó claro que la medalla no era un logro individual.
“Detrás de esta medalla, hay horas interminables de estudio, sacrificios que nadie vio, esfuerzos y, sobre todo, una familia que siempre estuvo”, expresó. También agradeció a Dios, a su mamá, a sus abuelos, a su hermana y a sus padrinos, y destacó el papel de la universidad pública en una trayectoria que, sin ese acceso, habría sido mucho más difícil.
“Estoy profundamente honrada de haber podido hacerlo en una universidad pública. Porque la educación pública es mucho más que un edificio, un aula o un título. La educación pública es una oportunidad. Es la posibilidad de que el lugar donde uno nace no determine el lugar al que puede llegar, la posibilidad de que la nieta de dos humildes productores obtenga un título universitario y una de las distinciones honoríficas más importantes de esta Casa de Estudios”, dijo.
Una nueva etapa, con las raíces intactas
María Luján sabe de cerca lo que significan los obstáculos materiales para acceder a la educación, y también que pudo atravesarlos por una combinación de oportunidades, vocación y acompañamiento familiar. Su recorrido explica por qué, desde aquella charla de infancia con su mamá, la abogacía quedó atada a una idea concreta: intervenir frente a las injusticias.
La distinción de la Facultad de Derecho reconoce el promedio y la duración de la carrera. La beca de posgrado, a su vez, le abre otra puerta para seguir formándose. El título, en tanto, marca el arranque de una etapa nueva: desde el 1 de abril trabaja de manera independiente y tiene su propio estudio en Beltrán, cerca del lugar donde aprendió el valor del trabajo mucho antes de pisar un aula universitaria.
Su historia familiar sigue siendo parte del presente. Vive con su mamá, sus abuelos y su hermana en la finca que tanto quiere. Aunque la distancia y la falta de transporte continúan siendo dificultades concretas para quienes viven en zonas rurales, ella no reniega de sus raíces: reconoce en ellas una enseñanza que la acompañó hasta el final de la carrera, la constancia, la responsabilidad y la capacidad de seguir adelante incluso cuando las condiciones no son las ideales.
El mensaje para los que recién empiezan
En su discurso de graduación también tuvo palabras para quienes inician un camino parecido. Sabe que las distancias, los gastos y la incertidumbre pueden hacer que una meta parezca demasiado lejana. Por eso habló desde una experiencia hecha de madrugadas, largas esperas, cosechas y exámenes.
“Les diría que confíen en ustedes mismos y que nunca dejen que su punto de partida defina hasta dónde pueden llegar. Enfrentar dificultades como la distancia, los gastos o la incertidumbre puede generar dudas y hacer que el camino parezca más difícil de lo esperado. Sin embargo, cuando hay vocación, esfuerzo y constancia, siempre se encuentran las fuerzas para seguir adelante y superar los obstáculos”, sostiene.
Y agrega: “Es un camino que requiere sacrificio, pero que vale la pena, porque formarse no solo transforma el propio futuro, sino que también nos da la oportunidad de devolverles, de alguna manera, todo lo que hicieron por nosotros quienes nos acompañaron y apoyaron desde el principio”.
A los 25 años, María Luján ya tiene su título, una medalla de oro y una beca para seguir estudiando. Dejó atrás cinco años de cursada, pero no las enseñanzas de la finca ni a las personas que hicieron posible que llegara a la meta.
“Entré a estas aulas con más preguntas que certezas, y hoy me retiro con una vocación que jamás, por suerte, puse en duda, una historia y la responsabilidad de honrar la oportunidad que recibí”, dijo al recibir la distinción.
Y cerró con una frase que resume mejor que cualquier promedio lo que significa para ella haber llegado hasta ahí: “Tengo el inmenso orgullo de ser egresada de esta Universidad, pero, sobre todo, tengo el profundo honor de saber de dónde vengo. Porque el verdadero regalo de este día no es solo haber llegado a la meta, sino haberlo hecho de la mano de quienes nunca me soltaron”.