Creció entre ensayos y canciones: hoy Federica dirige el espacio que la vio nacer

Federica no recuerda nada anterior a la Murga del Monte: nació entre sus paredes mientras su mamá, Carina, dirigía el elenco. Hoy la historia se da vuelta y ella toma un rol propio en ese mismo espacio. Lo que pasó con el guiso de su madre...

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Creció entre ensayos y canciones: hoy Federica dirige el espacio que la vio nacer
Creció entre ensayos y canciones: hoy Federica dirige el espacio que la vio nacer

Carina Spinozzi y Federica Gargano comparten la sangre y una misma pasión: el teatro comunitario de Oberá. La Murga del Monte las atraviesa desde antes de que Federica aprendiera a caminar, y hoy las encuentra en roles distintos dentro del mismo escenario.

Carina dirige el elenco. Federica, que llegó al mundo cuando el proyecto ya era parte de la vida de su madre, empieza a escribir su propia historia adentro de ese espacio artístico que la crió.

Una vida que arrancó adentro de la Murga

Federica no tiene recuerdos de un tiempo previo. Para ella, la Murga del Monte siempre existió, porque prácticamente nació entre sus paredes.

Su mamá ya formaba parte del grupo cuando llegaron los hijos: primero Valentino, después ella. El teatro comunitario dejó de ser una simple actividad para convertirse en el territorio donde se armó la familia, los afectos y la historia de todos.

“Para mí no existe nada antes de la Murga, porque yo no conozco nada antes de la Murga”, contó Federica. Mientras otros chicos se sumaban con los años, ella creció mirando a su madre dirigir, compartiendo ensayos y rodeada de gente que con el tiempo pasó a ser parte de su propia familia.

“Cuidado, creatividad y valores”

Carina recuerda esa etapa como algo maravilloso. La Murga, dice, siempre tuvo una dimensión familiar que excedía las paredes de su casa. Cuando nacieron sus hijos, esa red se agrandó con compañeros que acompañaron los embarazos y la crianza.

“Había como una cantidad de tíos y tías acompañando ese proceso”, relató la directora.

Criar a sus hijos en un lugar que ella misma había elegido y valoraba fue, según sus palabras, una de las experiencias más significativas de su maternidad. En la Murga encontró “cuidado, creatividad y una manera de compartir valores”, incluso en medio de las diferencias y las dificultades que atraviesa cualquier grupo.

Madre y directora, dos roles que nunca se mezclaron

Compartir el mismo espacio no significó que el vínculo se trasladara al escenario. Carina siempre intentó respetar los procesos de sus hijos y evitar que el rol de madre se confundiera con el de directora.

Las correcciones y devoluciones no eran una obligación por ser familia. Muchas veces eran ellos los que se acercaban a preguntarle cómo resolver una escena o qué les recomendaba.

Federica, por su parte, aseguró que nunca vivió esa experiencia como una presión. La Murga era parte de su vida y así la transitó, aunque reconoció que en su casa “las canciones y los diálogos de las obras podían aparecer en cualquier conversación”.

Los caminos que se abren

Con los años, los hijos empezaron a construir sus propios recorridos. Valentino se fue a estudiar a Posadas y Federica comenzó a desarrollar su vida de manera independiente. La casa familiar cambió y también cambiaron las formas de encontrarse.

Pero la Murga siguió siendo el punto en común. “La Murga es un espacio que nos conecta, que permite que sigamos como en sintonía de un montón de cosas”, explicó Carina.

Los fines de semana se volvieron la oportunidad para compartir tiempo, ponerse al día y reencontrarse alrededor de una actividad que forma parte de la historia de ambas.

Federica extraña las pequeñas rutinas que antes parecían habituales: levantarse juntas, tomar mate, jugar a algo o sentarse a conversar. Y hay algo que recuerda especialmente: “los almuerzos familiares”, una regla de la casa que nunca se negociaba, ni siquiera cuando las actividades de cada una hacían difícil coincidir.

“Por ahí extraño el guiso de mi mamá, que ahora no sé cómo hacer para que me salga tan rico”, precisó entre risas.

Carina, del otro lado, extraña llegar a casa y encontrar el movimiento de antes, las habitaciones habitadas y ese ir y venir de gente que llenaba los días. Hoy, con sus hijos más grandes, aprende a convivir con el silencio y con las nuevas formas de estar cerca.

Semillas, el nuevo espacio de Federica

En ese crecimiento apareció una nueva etapa para Federica. Actualmente coordina el espacio Semillas, dedicado a las infancias dentro de la Murga del Monte. Una tarea que disfruta y que, reconoce, tiene relación con su interés por los chicos y con su deseo de ser madre algún día.

Para Carina, verla asumir ese rol es una sorpresa y un motivo de orgullo. Durante mucho tiempo intentó alentarlos a tomar responsabilidades dentro del proyecto, aunque sus hijos no siempre aceptaban.

Ahora, ver a Federica construir su propio recorrido, tomar decisiones y trabajar junto a otros compañeros le permite observar cómo ese espacio que los vio crecer también puede transformarse con las nuevas generaciones.

En ese proceso hay algo que Carina procura cuidar: acompañar sin ocupar el lugar de su hija. Aunque conoce la Murga desde sus comienzos y tiene una larga historia dentro del grupo, hoy intenta mantenerse a cierta distancia para que Federica y sus compañeros puedan desarrollar sus propias ideas.

En vísperas del Día de la Madre, la historia de Carina y Federica habla de una maternidad atravesada por el arte, pero también por la libertad de crecer, elegir y construir una identidad propia.

La Murga del Monte fue el lugar donde compartieron los primeros años, donde encontraron una familia más amplia y donde todavía pueden encontrarse, aunque sus vidas ya no transcurran bajo el mismo techo.

Porque a veces el vínculo entre una madre y una hija no necesita de grandes declaraciones para mantenerse vivo. Puede estar en una charla después del ensayo, en un mate compartido cuando los horarios coinciden, en una canción que aparece durante el almuerzo o en el recuerdo de un guiso que todavía ninguna receta logra igualar.

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