Cruzó el zanjón hace 50 años y hoy este barrio de Las Heras es cuna de cracks
Donde hoy se levantan más de 1.400 casas, antes solo había un zanjón y un obrador de cementeras. La historia del barrio lasherino que se convirtió en semillero de cracks del futsal mendocino.
Al norte del Zanjón de los Ciruelos hay un barrio que nació del esfuerzo de los obreros de las cementeras y que, medio siglo después, se convirtió en una referencia del futsal mendocino. Se trata del Barrio Cementista de Las Heras, un espacio que supo construir su propia identidad alrededor de un viejo obrador.
Para entender su origen hay que remontarse a 1936, cuando dos grandes plantas comenzaron a funcionar en el norte mendocino. Minetti se instaló en Panquehua, abastecida por la cantera del cerro Blanco, y Corcemar se ubicó junto a la estación de Capdeville, con piedra caliza del Cerro de la Cal. La cercanía a las materias primas, las rutas y el ferrocarril no fue casual: Mendoza producía cemento y cal que viajaban por el país.
La arquitecta e investigadora Graciela Moretti explicó que esas industrias no solo fabricaron cemento, sino que también construyeron una forma de vida alrededor de las fábricas. Barrios de trabajadores, escuelas, clubes y proveedurías formaron parte de ese paisaje industrial.
La casa propia, un sueño que se hizo barrio
A mediados de los años 70, los trabajadores de las cementeras se organizaron en cooperativas y mutuales para levantar sus viviendas. El primer Barrio Jardín Cementista quedó registrado en 1975, con 531 casas y la participación de la Mutual de Empleados y Obreros de Corcemar y la Cooperativa Cementista. El conjunto incluía escuela, club, centro comercial y plaza.
La segunda etapa, el Barrio Cementista II, fue aún más grande: se desarrolló entre 1982 y 1984 con alrededor de 910 viviendas. Mientras las casas se levantaban, el paisaje era muy distinto al de hoy. El Barrio Infanta y el San Martín tenían apenas unos años, y más al norte el Municipal empezaba a asomarse entre los cerros lasherinos.
Del obrador al club: el corazón del barrio
En plena construcción, el barrio tuvo un centro neurálgico: su obrador. Allí había materiales, máquinas, herramientas y trabajadores entrando y saliendo. Con el tiempo, ese espacio destinado a guardar materiales encontró otro destino. Las familias decidieron darle una nueva vida y lo transformaron en un lugar para encontrarse, jugar y pasar el tiempo.
Así fueron apareciendo las primeras actividades deportivas y, finalmente, el Club Cementista, conocido por los vecinos como "El Poli". Moretti registra que Corcemar había construido un club social y deportivo que se convirtió en el principal centro de la comunidad, con momentos de especial esplendor durante las décadas del 60 y 70. También formaban parte de aquel entramado una escuela, una comisaría y una proveeduría.
Desde entonces, el barrio cambió, pero su esencia se mantuvo intacta. La misma está en las tardes de futsal, en los chicos corriendo detrás de una pelota y en las familias que hicieron del club una prolongación de sus propias casas.
Quizás aquel sereno que alguna vez cuidó el obrador durante la noche, mientras el barrio nacía, jamás imaginó que décadas después ese mismo lugar sería escenario de gambetas, pelotas bajo la suela y controles orientados, de tardes de partidos de bochas y actividades en el salón. Difícilmente hubiera pensado que las redes improvisadas, los arcos y las charlas de barrio terminarían formando parte de la identidad de un club que se volvió una referencia del futsal mendocino. Del sitio en el que brillarían Anita Ontiveros, Estefi Banini o "el Carucha" Grasso.
Y seguramente tampoco imaginó que en la esquina de 17 de Octubre y Cipolletti habría lugar para otras escenas pequeñas, de esas historias mínimas que parecen insignificantes cuando ocurren pero que con los años se convierten en patrimonio sentimental: el primer beso de algunos vecinitos, el abrazo de gol con el amigo, el brindis de fin de año con los vecinos.
Un paisaje que cambió, una identidad que resiste
El Cementista fue mucho más que un conjunto de viviendas levantadas por trabajadores. Fue parte de una transformación más amplia de Las Heras. Donde el piedemonte tenía cauces, piedras y flora nativa, hoy hay grandes barriadas obreras que cambiaron al departamento. La industria había llevado trabajadores hacia el norte de la provincia, y esos trabajadores terminaron llevando también sus familias, sus costumbres y sus sueños.
Las viejas cementeras fueron desapareciendo. Panquehua y la antigua planta de Capdeville dejaron de funcionar hacia fines de los años 90 y sus instalaciones fueron desmanteladas. La planta más nueva de Capdeville, inaugurada en 1980, es la que permanece en actividad de la mano de Holcim.
El paisaje cambió. Pero del otro lado del zanjón quedó algo más resistente que el cemento: quedó la identidad. Quedaron los hijos y los nietos de quienes alguna vez trabajaron entre hornos, canteras y bolsas de cemento. Y quedó un club que nació donde estaba el viejo obrador y que, con los años, terminó siendo una especie de plaza mayor de la comunidad.
Por eso, cuando una pelota vuelve a rodar por el Club Cementista, hay algo de aquellas primeras familias que todavía está ahí. Como si entre una gambeta y otra, entre un grito y una canción improvisada, todavía pudiera escucharse el eco de aquel Las Heras obrero que empezó a crecer alrededor de sus cementeras. Un Las Heras que cambió por quienes vinieron a respirar el aire nuevo al otro lado del zanjón.
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