Cuatro décadas sin salir del convento y un viaje la espera: la monja rosarina que verá al Papa
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Cuatro décadas sin salir del convento y un viaje la espera: la monja rosarina que verá al Papa

Cuatro décadas de clausura, un millón de hostias para la misa papal y una autorización que la deja cruzar la calle todos los días: la historia de la rosarina que se prepara para ver a León XIV.

El portón de rejas se abre después de tocar el timbre. Atrás quedan el jardín y la galería que llevan al Monasterio de la Visitación de Santa María, en Pilar. Del otro lado recibe Sor Emperatriz, que guía a la cámara por un pasillo hasta el locutorio: una sala con imágenes religiosas, partida al medio por un tabique de madera y un enrejado.

Detrás de esa reja aparece Sor María Fátima, la madre superiora, con un saludo de rigor: “Bendito sea Cristo. ¿Cómo están? ¡Qué alegría conocerlos!”. Un segundo después entra Sor Gabriela, con una sonrisa que le ocupa toda la cara. No espera la primera pregunta: “Soy rosarina y amo Rosario”.

No es una frase para romper el hielo. Gabriela nació en la ciudad, se crió en el barrio Parque Field y mantiene un lazo firme con Rosario, aunque hace unos 40 años cruzó la puerta del monasterio y abrazó la vida de clausura.

Una familia que siempre volvía a Rosario

Su papá nació en Villa Constitución y su mamá es rosarina. Él trabajaba en Prefectura y los traslados obligaron a la familia a mudarse más de una vez. Aun así, la ciudad siempre fue el punto de reencuentro.

“Se casaron en Rosario, toda la familia de mi mamá está en Rosario y, bueno, después a mi papá lo iban trasladando, pero nuestro centro de encuentro era Rosario. Todas las Navidades, los años nuevos. Mis hermanos y yo nacimos en Rosario”, relató.

Gabriela hizo el preescolar y primer grado en una escuela de Parque Field. Sus abuelos están enterrados en la ciudad y todavía tiene una tía y un tío que viven allí. Su rumbo, sin embargo, tomó otro camino: “Cuando cumplí 19 años, me fui a despedir de mis abuelos en Rosario y me metí en el convento”.

La clausura y una excepción para cuidar a sus padres

La vida puertas adentro no le cortó el vínculo familiar. Sus hermanos viven en Campana y en Pilar, y sus padres se instalaron en una casa justo enfrente del convento. Como religiosa de clausura necesita una autorización especial para salir, pero la tiene para ocuparse de ellos, que son mayores.

“Soy de clausura, pero tengo la autorización para poder cuidarlos. Los tengo acá enfrente. Me cruzo para bañarlos y darles comida. Es una gracia que me permiten”, explicó.

Hubo también un regreso inesperado a Rosario, que ella atribuye a una señal divina. Había salido hacia Ezeiza a buscar a unas religiosas de la orden que llegaban desde México. La neblina obligó a desviar el avión, que terminó aterrizando en Fisherton.

“Yo cuando salí no sabía que iba a ir a Rosario. Fue un regalo de Dios”, contó emocionada. Fue una chance de reencontrarse con lugares que no pisaba desde hacía mucho. “Me imagino que la ciudad debe estar re cambiada, de 40 años para acá”, agregó.

Silencio, liturgia y una libertad que no se explica desde afuera

La rutina de una religiosa contemplativa gira alrededor de la liturgia, el trabajo, las comidas, la limpieza y los recreos. La oración atraviesa cada una de esas actividades y el silencio ocupa buena parte del día.

“Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos está la liturgia, la comida, la limpieza, el trabajo, la hora de oración. Tenemos dos recreos porque durante todo el día hay silencio para continuar el contacto con el Señor. Se habla lo indispensable”, detalló.

Para quien mira desde afuera, ese encierro puede resultar incomprensible. Gabriela aclara que no se trata de una decisión personal sino de una vocación que lleva un proceso. “Es un llamado de Dios que lo hace el Señor, nosotras no lo elegimos, nos sentimos felices de haberlo recibido”, sostuvo.

Y dejó una definición que desarma cualquier prejuicio: “Lo más extraño, entre comillas, es que jamás me sentí encerrada. Me siento con una libertad inmensa, me siento plena y cuando salgo es raro, me siento como un pez fuera del agua”.

Esa plenitud, según explicó, nace de la vida de oración y del vínculo cotidiano con Dios. “Es una vida interior fuerte, contenida, sostenida y perseverante de unión con el Señor porque si no sería imposible”, agregó.

La visita de León XIV: diez monjas saldrán y un millón de hostias

La llegada del Papa León XIV es un acontecimiento para toda la comunidad. El monasterio tiene 16 religiosas y, según contó Sor María Fátima, diez de ellas saldrán para participar de los encuentros con el Pontífice. Las normas de clausura contemplan esa posibilidad cuando hay una visita papal. Las hermanas mayores que no pueden trasladarse tendrán horarios especiales para seguir las actividades por televisión.

“Hay un clima de fiesta y ellas gozan también que nosotras podamos ir”, contó la madre superiora, que remarcó la expectativa que se vive adentro.

La visita tuvo además un costado productivo: en agosto recibieron el pedido de elaborar un millón de hostias para las celebraciones papales. Para cumplir con ese trabajo extraordinario organizaron turnos y aumentaron bastante su producción habitual.

“Era una inmensa alegría, un gran entusiasmo saber que nuestras hostias iban a estar en la misa del Santo Padre”, explicó Gabriela.

Para ella, el encuentro con León XIV excede la posibilidad de conocer a un Papa en persona. “Encontrarnos con León es encontrarnos con el llamado de Jesús que está hoy, que fue a lo largo de todos los siglos y que va a continuar hasta el fin del mundo”, expresó.

De novicia en Vélez a la espera de un nuevo Papa

La visita le trae recuerdos de otra experiencia, de casi cuatro décadas atrás. Cuando Juan Pablo II llegó a la Argentina en 1987, Gabriela era novicia y pudo participar de una celebración en el estadio de Vélez Sarsfield.

Sus padres también vivieron aquella visita a su manera: acamparon para poder ver al Pontífice. Ella, en tanto, lo recuerda con humor: “Yo nunca había ido a la cancha, tuve que hacerme monja para ir a una cancha”.

Ahora se prepara para una nueva visita papal. “Juan Pablo II fue increíble, lo vimos ahí y verlo ahora a León es un privilegio también”, señaló.

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