Cultivan 3.000 plantas por mes sin tierra en un invernadero de Viedma

No usan tierra ni agroquímicos: en plena zona urbana de Viedma, un grupo de profesionales montó un sistema que recicla el agua y produce hojas frescas todo el año. Pero lo que más llama la atención es cómo llegan al cliente.

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Cultivan 3.000 plantas por mes sin tierra en un invernadero de Viedma
Cultivan 3.000 plantas por mes sin tierra en un invernadero de Viedma

En el Parque Industrial de Viedma, las hortalizas crecen sin tocar el suelo. Sobre mesadas blancas, las raíces reciben una solución nutritiva que circula en un sistema cerrado y vuelve a los tanques para reutilizarse. Así funciona Folia Hidrocultivos, un emprendimiento que tres profesionales comenzaron a construir en 2024 y que hoy busca ganar un lugar en el mercado regional.

La iniciativa surgió de un grupo de colegas: María Virginia Erezuma, ingeniera agrónoma y especialista en sistemas de gestión de calidad; Lautaro Bertorello, también ingeniero agrónomo y especialista en riego; y María Constanza Tasca, licenciada en Gestión de Empresas Agropecuarias. Los tres ya se conocían por su vínculo con la producción agropecuaria de la zona.

Una idea que se convirtió en proyecto

“Siempre queríamos tener lo nuestro, nuestra propia producción y diferenciarla de lo que veíamos que por ahí no nos gustaba tanto, y había que escalar en calidad”, explicaron durante una recorrida por el invernadero. La apuesta también implicaba un desafío particular: producir un alimento fresco y de cercanía con un sistema distinto a la horticultura tradicional de la comarca.

“Para mí era un gran desafío el hecho de que en Viedma, en la zona urbana, haya producción. No digo orgánica ni agroecológica, porque esto no es eso, pero sí que haya algo que tuviera un plus en calidad”, dijo Virginia.

Empezar de cero

La puesta en marcha no fue inmediata. Primero tuvieron que resolver cómo construir el invernadero y comprar los elementos necesarios para montar el sistema hidropónico. Parte de los componentes fueron adquiridos en Quilmes y trasladados hasta Viedma. “Fue todo hecho por nosotros, solitos”, contaron.

Los primeros meses estuvieron dedicados al armado de las estructuras y del sistema de producción. Tardaron alrededor de dos o tres meses en poner en funcionamiento las primeras tres mesadas. Más adelante, cuando lograron reunir nuevamente recursos, incorporaron otra tanda. Hoy trabajan sobre una superficie de unos 350 metros cuadrados bajo cubierta, con una estructura que todavía tiene margen para crecer.

La producción es intensiva: en algunas mesadas pueden ubicarse hasta 936 plantas, mientras que las destinadas a lechuga tienen una cantidad menor por el mayor espacio que necesita cada planta. Cada mesada está identificada y el equipo lleva registros de los cultivos y variedades que se producen.

De la semilla a la planta

El proceso comienza en pequeñas bandejas de espuma fenólica, un material biodegradable donde se colocan las semillas. Allí permanecen aproximadamente diez días, aunque el tiempo depende de la época del año y de cada cultivo. Cuando el plantín alcanza unos cuatro centímetros y está listo para el trasplante, pasa directamente a las mesadas hidropónicas.

Allí comienza otra etapa: las plantas reciben una solución nutritiva preparada a partir de micronutrientes y macronutrientes. El equipo monitorea diariamente parámetros como el pH y la conductividad eléctrica para ajustar la cantidad de nutrientes disponible. El sistema funciona en circuito cerrado: dos tanques de alrededor de 1.250 litros cada uno permiten preparar las soluciones que luego circulan por las cañerías hasta las mesadas. El líquido atraviesa el sistema, es recolectado y regresa a los tanques.

El agua no se descarta después de cada riego. La solución recircula y las plantas van consumiendo parte de los nutrientes, por lo que los productores realizan controles y ajustes permanentes. Es una de las características que el equipo considera centrales para reducir el uso del recurso hídrico.

La raíz como diferencial

Una vez terminado el ciclo productivo, las plantas se cosechan y se comercializan enteras, con la raíz incluida. Ese es uno de los principales diferenciales de Folia. Según explicaron sus integrantes, una rúcula puede conservarse fresca durante alrededor de siete días aún sin refrigeración, a temperatura ambiente, cuando mantiene la raíz. En el caso de restaurantes y verdulerías, esa característica permite reducir el desperdicio y extender el tiempo disponible para comercializarla.

“Ese es uno de los principales beneficios que vimos y que de a poco el cliente se va a dando cuenta”, señalaron.

Rúcula, lechuga y novedades

Actualmente, el equipo produce rúcula, lechugas y distintas hojas de estación. También comenzó a incorporar mizuna, una variedad de col asiática que utilizan para elaborar mezclas diferenciadas. La búsqueda de nuevos productos forma parte de la estrategia del emprendimiento: hicieron pruebas con albahaca, kale y menta.

En el caso de la menta encontraron una oportunidad particular: mientras durante el invierno puede perderse en una producción doméstica al aire libre, dentro del sistema protegido pueden continuar produciéndola. Además, detectaron demanda vinculada a la coctelería.

Con las ocho mesadas disponibles, el equipo puede producir alrededor de 3.000 plantas por mes, aunque el volumen varía según la época del año, el ritmo de crecimiento de cada cultivo y la demanda. La velocidad del ciclo es determinante para la rentabilidad: en el caso de la rúcula, apuntan a completar el ciclo en aproximadamente 30 días. “Tenés que tener una buena rotación”, explicaron.

La rúcula se comercializa en presentaciones que generalmente contienen dos o tres plantas y pesan alrededor de 250 gramos. Por eso, por ahora, prefieren no establecer una cifra definitiva sobre cuánto cuesta producir cada planta. La producción tiene distintos destinos comerciales: Folia abastece a supermercados, verdulerías y restaurantes de Viedma y Carmen de Patagones.

La tecnología que viene

Folia también trabaja en un proyecto junto al Complejo Universitario Regional Zona Atlántica de la Universidad Nacional del Comahue para avanzar en la incorporación de sensores que permitan medir en tiempo real parámetros de la solución nutritiva. La idea es monitorear variables como pH, temperatura y conductividad eléctrica y recibir la información de manera remota. Para los productores, contar con esos datos en tiempo real permitiría detectar rápidamente una alteración y corregirla antes de que afecte al cultivo.

Crecer, pero también encontrar dónde

El próximo desafío es ampliar la producción. El espacio disponible es una de las principales limitaciones y conseguir una nueva superficie requiere una inversión que el emprendimiento todavía debe afrontar. Por eso, el crecimiento no está pensado solamente en cantidad de plantas: también buscan sumar variedades y desarrollar nuevos productos. “Siempre está la idea de crecer”, reconocieron.

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