De Concepción de la Sierra a la Fragata Libertad: los 161 días que lo cambiaron todo
Seis meses navegando, puertos de toda América y una rutina que arrancaba a las 6 de la mañana. Anabella Acosta volvió a Misiones después de 161 días en la Fragata Libertad, pero lo que más recuerda no pasó arriba del buque.
Anabella Nazareth Acosta volvió a casa después de seis meses navegando en el buque escuela de la Armada Argentina. La joven misionera oriunda de Concepción de la Sierra completó el 54° Viaje de Instrucción y, a más de una semana de haber pisado tierra firme, todavía no puede hablar de la experiencia sin que se le note la emoción.
Embarcó el 11 de abril como guardiamarina en comisión. Tenía 22 años, una formación en Intendencia y un objetivo claro: crecer. El itinerario incluyó puertos de toda América durante seis meses de navegación, pero para ella el verdadero viaje fue otro.
“Yo subí como guardiamarina en comisión y cada día esperaba achicar esa brecha con la realidad de querer ser un oficial de la Armada. Todo lo que pude hacer me ayudó a crecer”, aseguró Anabella, que hoy repasa esos meses con la convicción intacta.
Qué se aprende en 161 días arriba de un buque
La rutina arrancaba a las 6 de la mañana con la formación en cubierta, siempre que el clima lo permitiera. Después venían las clases, las prácticas específicas de cada comisión y las guardias. A la tarde, el trabajo con las velas y el “arrancho”: limpiar cubiertas y pasillos, amarrar objetos sueltos y herramientas para que el movimiento del mar no los rompiera, o cerrar el barco herméticamente si se pronosticaba mal tiempo.
Ana se formó en Intendencia, la especialidad que administra todos los recursos que necesita una unidad naval. “Aprendí mucho sobre lo que es logística, cómo la fragata se fue reabasteciendo a lo largo del viaje, y cómo un jefe maneja no solo al personal sino también al material”, contó. Otros compañeros se formaron en comunicaciones, navegación y otras áreas.
“Aprendíamos todos, desde el primer cabo hasta el señor comandante, porque cada día uno va teniendo desafíos nuevos por más que tenga experiencia en la carrera”, dijo. Y se quedó con otra enseñanza: “Seis meses arriba de un buque requieren un buen oído y una buena capacidad de diálogo con las personas que nos rodean”.
El mar, Nueva York y el grito que marcó el regreso
Hubo una postal que se repitió durante todo el viaje: el mar sin costa a la vista, con el horizonte como única referencia. “Cuando estábamos a gran distancia de lo que es la costa, no puedo explicar lo hermoso que es ver el mar. Tiene un color muy intenso, ninguna ola es igual que la anterior”, recordó. “Cerrar los ojos y lo único que se escucha son las olas y lo único que se siente es el viento. A mí eso me da paz”.
Otra imagen que guarda es la llegada a Nueva York, vista desde las ventanas “ojo de buey” de la embarcación. “Estuvimos rodeados de veleros de todo el mundo, de personas que eran diferentes a nosotros, porque eran otras armadas, otros idiomas, otras culturas, pero todos éramos marinos. El mar une cosas que es difícil de explicar”, sostuvo.
En cada puerto sintió ese espíritu de camaradería. Pero hubo uno distinto. Al llegar al Apostadero Naval de Buenos Aires, escuchó desde tierra el grito que la tripulación repetía en cada desembarco: “Argentina, Argentina”. “Los padres empiezan todos juntos a cantar. Y se sintió muy cálido, como que estábamos en casa”, contó. La esperaban con pancartas sus padres, su hermano, su abuela y amigos del Liceo y de Buenos Aires.
Lo que viene después
Entre los que la recibieron estaba Daniela, la amiga a la que en 2021 le cedió su viaje en la fragata “para verla sonreír de nuevo” después del fallecimiento de su padre. Con la foto del abrazo entre ambas, Ana aseguró que “cerramos ese ciclo de fragata para las dos”.
La joven no piensa detenerse. “Mi idea es conocer la Antártida. Yo pedí para embarcarme en el rompehielos Irizar. Si no se llega a dar eso, seguir navegando en los mares argentinos. Seguir estudiando idiomas, que vi que son de utilidad. Y jamás dejar de aprender”, compartió. “Cuando uno tiene la curiosidad, las ganas y después asimila todo lo que aprende, no tiene límites y ver eso es hermoso”.