De la chacra al laboratorio: la historia de superación de una joven misionera en Mendoza
¿Qué hace una joven de un paraje remoto de Misiones cuando el destino le marca la chacra? Cristina Weber eligió estudiar y hoy es bioquímica en Mendoza. Su historia te va a inspirar.
Una joven que creció en un paraje remoto de Misiones, donde estudiar no era una opción, hoy investiga el Parkinson en Mendoza. Su nombre es Cristina Weber y su historia es un ejemplo de perseverancia.
El pasado miércoles, en el Instituto de Histología y Embriología de Mendoza, Cristina recibió a este medio. Entre el ruido de autos y el calor del Zonda, la calma del lugar contrastaba. Ella apareció sencilla y amable, lista para contar su vida.
Cristina tiene 27 años y nació en El Paraje Doradito, en Colonia Aurora, Misiones. En su casa no había televisión, internet ni celulares. Sus padres, Paola y José, tuvieron ocho hijos; ella es la sexta. La tradición era clara: casarse y trabajar en la chacra. Su hermana, por ejemplo, se casó a los 14 años.
Su infancia fue de trabajo duro. "Me levantaba muy temprano, no importaba si llovía o era invierno, tenía que ir a lidiar con los animales, trabajar en el potrero, era muy sacrificado", recuerda. En su casa había vacas, bueyes, chanchos y gallinas. Las vacaciones no existían; cuando no había clases, todos trabajaban.
El maestro que vio su potencial
En la escuela multigrado, su maestro notó su pasión por la lectura, como Matilda. La animó a seguir la secundaria, algo poco común en su pueblo. Allí conoció la química, la física y la biología, y sus ojos brillaron. "El otro día una profesora me envió una foto de la primera vez que vi un microscopio. Según ella no dejaba que nadie tocara el instrumento, excepto yo", contó entre risas. Cristina fue parte de la primera camada que se recibió en 2012.
Pero el fantasma de la chacra la perseguía. Sus maestros y su abuela, a quien recuerda con cariño, la impulsaron a seguir estudiando. En primer año, una "escuela abierta" trajo a la Asociación Conciencia, que trabaja por la terminalidad educativa. Conocieron a Cristina, visitaron su casa y la entrevistaron.
Su pueblo está cerca del Río Uruguay, en la frontera con Brasil. "Nosotros nacemos y aprendemos el portuñol, después vamos a la escuela y no sabemos escribir portuñol, ni brasilero, ni español, hablamos mal", explicó. La escuela fue clave para aprender a leer y escribir correctamente.
La beca que cambió su destino
En esa entrevista, Cristina sintió que no podía fallar. "Les conté todo, empecé a hablar y no paré. Al finalizar me puse a llorar, les dije que si no me dan la beca no voy a poder seguir estudiando", recordó. La asociación fue "un ángel de la guarda". Seleccionaron a cuatro niños, y ella fue uno. Le dieron apoyo económico y una tutora, a cambio de cuatro horas de voluntariado. Cristina eligió ayudar a la maestra jardinera, y terminó dedicándole mucho más tiempo.
La vida en la chacra era sacrificada. Contó que una de sus hermanas tiene endometriosis por levantar peso de chica, lo que le generó hernias y embarazos de riesgo. "En la chacra no importa si las niñas estaban indispuestas o si tenían cólicos, se trabajaba igual", dijo.
Gracias a la beca, Cristina terminó el secundario y se recibió de Bioquímica en la Universidad Nacional de Misiones, con Medalla de Oro. El miedo a casarse la llevó a evitar vínculos amorosos. "Si conocía alguien y me ponía de novia, me iban a casar con esa persona. Tenía miedo", confesó.
El encuentro con la montaña
Tras graduarse, se postuló a una beca en el Instituto Balseiro, donde conoció el trekking. La montaña la cautivó. En 2024, por primera vez en su vida, se tomó vacaciones y recorrió el circuito de refugios en El Bolsón. "Sentía que necesitaba estar sola y tener vacaciones", afirmó.
Después del Balseiro, trabajó en un laboratorio en Misiones. Sus exprofesores le hablaron de un investigador en Mendoza con un proyecto interesante. No dudó en postularse a las becas del CONICET y fue aceptada.
Investigación y gratitud
Hoy vive en Mendoza e investiga el diagnóstico temprano del Parkinson. Al preguntarle qué significa trabajar en el Instituto, se emocionó: "Me da paz. Y me viene a la mente la palabra gratitud. Tengo mucha gratitud por tener un trabajo como este que me permite tener comodidades. Cuando era chica teníamos un baño afuera de la casa. Hoy en día tener un techo, tener comodidad, estar rodeada de personas que me ayudan, que me empujan. No es trabajar bajo el sol, es hacer lo que me gusta, realmente es inexplicable".
De Mendoza, lo que más le gusta son las montañas. "Porque puedo hacer trekking, vas sufriendo todo el camino, pero llegas a la cima y te da esa sensación de 'pude'", dijo.
Cuando se le pidió que se definiera, respondió: "Valiente. Va... es una pregunta difícil pero creo que tengo una historia de superación".
Al despedirse, con un abrazo cálido, quedó claro que Cristina es una persona amable y luchadora. Mientras salía del Instituto, mirando la cordillera, se entendió que su vida ha sido una escalada constante. Mucho antes de pisar una montaña, ya había aprendido a escalar.