De la computadora a la soldadora: el santarroseño que revive lo que otros tiran

Juan Caldera dejó el INTA en 2024 y se metió de lleno en un taller de Santa Rosa donde revive cocinas de 70 años, calentadores y faroles que parecían perdidos. Lo que encontró adentro de su galpón cambia la forma de ver las cosas viejas.

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De la computadora a la soldadora: el santarroseño que revive lo que otros tiran
De la computadora a la soldadora: el santarroseño que revive lo que otros tiran

Hay un momento, en el terreno de la calle Curacó de Santa Rosa, en que Juan Caldera pasa del teclado y el mouse al torno y la soldadora en cuestión de segundos. No hay cabina telefónica ni capa, pero el cambio de camisa, saco y corbata a un mameluco de fajina tiene algo de superhéroe de historieta. Del otro lado de la puerta lo esperan las máquinas, los planos y las cosas que dejaron de andar.

Caldera tiene 45 años, es Técnico Mecánico, Profesor, Analista de Sistemas, Licenciado en Sistemas y Fotógrafo. Durante dos décadas trabajó en el INTA y en 2024 cerró esa etapa para dedicarse a tiempo completo a un emprendimiento que funciona como proveedor de servicios para todo lo que hay que hacer o arreglar en una casa, una oficina, una industria o un negocio.

El taller donde renacen las cosas viejas

En su oficina conviven herramientas, planos, tableros y muñecos hechos con impresora 3D. En el galpón hay tornos, prensa, hornos, soldadoras y hasta una grúa móvil que usa para cargar sobre su camioneta-combi las estructuras grandes que después transporta. Todo lo ideó y construyó él. La casa familiar, en la calle Curacó, también la levantó en gran parte con sus propias manos.

“Básicamente lo que hago es solucionar problemas -con mi formación como informático también lo hago- aunque en un rubro se resuelve con las manos y alguna herramienta, y en el otro con el teclado y el mouse, pero es más o menos lo mismo. Y lo que más me gusta es el desafío de restaurar cosas. Que vuelvan a funcionar después de haber estado largo tiempo sin andar o desarmadas”, resume.

Lo que más lo entusiasma no es lo nuevo, sino lo que ya tuvo una vida. “He hecho muchas restauraciones, de cocinas viejas, cocinas a leña, calentadores, faroles, cosas que estaban destruidas y las dejé nuevas. Me gusta el desafío de resolver cosas, no de hacer cosas nuevas sino solucionar cosas que estaban andando y dejaron de andar. Cuanto más antiguas, mejor”, cuenta mientras muestra una cocina de 70 años que quedó lista para exhibirse en la vidriera de un local comercial.

De Mendoza a Realicó y de ahí a Santa Rosa

Nació en Mendoza porque sus viejos trabajaban ahí, pero a los pocos años la familia se mudó a Realicó. Hizo el secundario en la escuela técnica, trabajó desde chico en el campo y en 2000 se fue a la Facultad de Ingeniería de General Pico. La crisis de 2001 le complicó la cursada y al año siguiente se instaló en Santa Rosa para estudiar en el Liceo Informático. Cuando se recibió de Analista surgió un concurso en el INTA y armó un equipo de investigadores de sistemas. En paralelo empezaron a aparecer las horas como profesor.

Mucho antes de todo eso, en el colegio de Realicó, ya mostraba el perfil que lo define. En 1998 su proyecto de Feria de Ciencias fue el único provincial en obtener 100 puntos: habían inventado una máquina para cambiar las capas aisladoras, esa barrera impermeable que se coloca en muros y cimientos para evitar que la humedad del suelo suba por los poros de los ladrillos. “Hicimos las máquinas, todo, y fue algo muy destacado y valorado porque lo evaluaron ingenieros muy grosos”, recuerda.

Una casa destruida, el desafío perfecto

“Lo que más me gusta es enfocarme en una casa, un rancho que está destruido como me gusta decir, y hacerle todo: contrapiso, revoque, pared nueva, aberturas, y después todo lo fino con las instalaciones, automatización, robótica, impresiones 3D. Por supuesto que trabajo con albañiles y gente especializada si es que hay algún problema difícil de resolver”, describe.

Está en pareja con Yanina Bellini, Licenciada en Sistemas que trabaja desde hace seis años de forma online para una consultora de Estados Unidos. Tienen dos hijos, Bauti (10) y Fran (12). Comparten casa y espacio laboral, pero cada uno se ocupa de tareas muy diferentes. Mientras tanto, por la puerta del taller entra apurado Marial Lucero, un colega con el que trabaja en gran parte de las obras, a pedirle la mezcladora porque se le rompió en pleno laburo. Las bromas van y vienen. Caldera sonríe: sabe que ese tipo de problemas es, justamente, lo que mejor sabe resolver.

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