De la crisis al éxito: la chacra patagónica que renació como orgánica y sustentable
¿Cómo hizo una chacra patagónica para sobrevivir a una crisis devastadora y convertirse en un modelo orgánico? La historia de la familia Palermo, llena de decisiones difíciles y apuestas a futuro, te va a sorprender.
Una chacra frutícola de seis hectáreas en la Patagonia pasó de una profunda crisis comercial a convertirse en un modelo de producción orgánica y sustentable. La historia de la familia Palermo, en General Roca, es un ejemplo de resiliencia y planificación.
La chacra, ubicada en la zona rural de J.J. Gómez, mantiene la misma superficie desde que el abuelo Mario la compró en 1939. En aquel entonces, Mario trabajaba en el actual INTA Viejo y comenzó a desarrollar el monte frutal con plantas del vivero de esa institución.
La tradición continuó con el padre de Cristian, quien asumió el proyecto productivo al regresar del servicio militar. La tercera generación llegó cuando Cristian, a los 17 o 18 años, dejó la escuela secundaria para incorporarse al trabajo familiar. “No estudié nada relacionado con esto. Me dijeron: o estudiar o trabajar, y agarré la pala”, recuerda hoy, con 47 años.
¿Cómo se modernizó la producción?
La explotación fue cambiando con el tiempo. Los montes tradicionales dieron paso a plantaciones de mayor densidad y nuevas variedades. La reconversión comenzó en 1996 y hoy prácticamente toda la superficie está plantada, incluso cerca de las acequias.
Actualmente, la chacra tiene un 75% de peras (Williams, Packhams, Red Bartlett y D’Anjou) y un 25% de manzanas (Red Chief y Galaval). La estructura de los montes también cambió: un cuadro que tenía siete metros entre plantas y 18 filas, hoy tiene 30 filas con unas 120 plantas por fila. En otra hectárea se incorporaron 3.200 plantas de variedades solicitadas por los mercados.
Para Palermo, la calidad es clave: “Cuanto vos mejor producís, mejor te va, porque más fruta te exportan y es lo que vale más”.
¿Por qué reconvertir sin planificar es un riesgo?
La distribución actual de peras y manzanas responde a decisiones pasadas. Durante años se arrancaron montes de manzana para plantar pera Williams por su buena demanda. Pero una plantación frutal tarda años en producir. “Esto no es como una planta de tomate o una planta de zapallo, tarda mucho en dar”, sostiene.
El tamaño reducido de la chacra obliga a aprovechar cada superficie. Cuando se arranca un monte, hay que dejar sanear el suelo, lo que condiciona las decisiones. Por eso, Palermo aboga por una mayor planificación, como la que ahora impulsa la cooperativa a la que entrega su fruta.
El exceso de pera en el Valle es una consecuencia de esa falta de coordinación. “Ahora hay mucha cantidad de pera y falta manzana”, advierte, y alerta que una reconversión desordenada hacia la manzana podría repetir el problema a la inversa.
¿Qué cambió en 2015?
El año 2015 fue un punto de inflexión. La familia había quedado con tres cosechas sin cobrar (2013, 2014 y 2015), lo que la dejó sin capital de trabajo. “Estábamos complicados y salió la posibilidad para entrar a la Primera Cooperativa Frutícola”, recuerda.
Para afrontar la primera campaña, pidieron un crédito bancario. Tras entregar la fruta y recibir una liquidación positiva, cancelaron el préstamo y comenzaron una recuperación gradual. “Yo la veo como que a nosotros nos salvó la vida”, afirma Cristian. Las inversiones llegaron después: tractores, herramientas, una curadora, nuevas plantas y riego por aspersión.
¿Cómo se volvió orgánica la chacra?
Palermo tiene una regla clara: parte de los ingresos se reinvierte en la chacra. “Si tenés retorno, el productor es de meter dinero en la chacra, porque es lo que le da”, sostiene. Hoy, las seis hectáreas tienen riego por aspersión, fundamental para la producción y la defensa contra heladas.
Toda la chacra está certificada como orgánica. La transición comenzó tras el ingreso a la cooperativa y demandó tres años. Aunque la diferencia de precio con la fruta convencional ya no es tan grande, “algo ayuda todavía”.
¿Qué rol juegan las heladas y el clima?
El riego por aspersión fue un cambio tecnológico clave. “Nunca pensé en poder tener riego por aspersión, pero con los números más ordenados se pudo hacer”, afirma. El clima sigue siendo determinante: las lluvias condicionan el ingreso de maquinaria, y la humedad puede adelantar la brotación, aumentando el riesgo de heladas.
El granizo y el golpe de sol son otras amenazas. Una malla antigranizo sería una solución integral, pero cubrir las seis hectáreas costaría unos 100 millones de pesos. “La malla se ve más difícil”, reconoce, aunque mira con interés las líneas de financiamiento.
¿Cuál es el rendimiento actual?
La chacra produce entre 52.000 y 55.000 kilos por hectárea. Palermo no busca aumentar el volumen: “Más de eso no nos da el monte”. El foco está en la calidad: actualmente, el 92 o 93% de la fruta es de primera, y el objetivo es llegar al 95%.
Once años después de la crisis, la familia sigue trabajando las mismas seis hectáreas, pero con un esquema muy diferente. La historia de los Palermo demuestra que la planificación, la cooperación y la inversión pueden transformar una explotación en riesgo en un modelo sustentable.