De la obesidad a entrenador: el profe que rompe el silencio sobre los trastornos alimenticios
Nicolás Cuello, profe y atleta, contó su lucha contra los trastornos alimenticios y la depresión. Ahora entrena a decenas de personas en Neuquén y se prepara para una maratón, pero su historia tiene un costado que pocos conocen.
Nicolás Cuello, un profesor de Educación Física de 32 años, convirtió su lucha contra la bulimia y la anorexia en una bandera para visibilizar la salud mental. Hoy entrena a decenas de personas en Neuquén y se prepara para correr el Maratón de Buenos Aires, pero su historia personal estuvo marcada por años de silencio y sufrimiento.
Nacido y criado en Córdoba, Nicolás llegó a la capital neuquina en 2022 movido por el amor. “Me vine por amor en ese momento”, recuerda. Lo que no imaginaba era que esa ciudad, que lo recibió “con los brazos abiertos”, se convertiría en el escenario de su renacer. “Probé el agua del Limay y me quedé”, bromea.
El deporte como vocación y refugio
Hace 15 años que el deporte es su trabajo y su forma de vida. Se desempeña como profesor en un colegio, es personal trainer y atleta. Entrena a chicos, adultos mayores y deportistas de alto rendimiento. “Tengo todos los públicos y cada uno es distinto, cada uno tiene necesidades diferentes. Y aprendo de los tres”, cuenta.
Además de enseñar, compite: hace triatlones, participó en CrossFit y ya tiene fecha para el Maratón de Buenos Aires, que correrá el 20 de septiembre. “Mi idea siempre es transmitir desde el lugar de una persona que predica algo y también lo practica”, explica.
Romper el silencio
Hace poco, a través de su cuenta de Instagram (@nicocuello0), Nicolás decidió contar su experiencia con los trastornos de la conducta alimentaria. “Me puse la bandera de salir a hablar siendo hombre también, que es un poquito más difícil”, sostiene. Para él, hablar de ansiedad, depresión o medicación psiquiátrica sigue siendo tabú en el mundo masculino.
Su historia comenzó en la infancia, con períodos de obesidad y fluctuaciones de peso. En la adolescencia, el intento de controlar su cuerpo se mezcló con el deporte y aparecieron los primeros síntomas de bulimia y anorexia. Como era deportista y no había llegado a una situación de riesgo clínico, sintió que podía pasar desapercibido. Pero el impacto afectaba sus vínculos, sus estudios y su relación consigo mismo.
La ansiedad lo llevó a abandonar la carrera de Ciencia Política en cuarto año. Hasta que tocó fondo: “Mi día uno de tratamiento fue cuando senté a mis papás y les dije: ‘No puedo más. Solo no puedo con esto’”, recuerda. Con el acompañamiento de su familia, comenzó un tratamiento. “Uno se salva solo, pero no en soledad. La decisión es de uno, pero es importante pedir ayuda”, resume.
Un profe que escucha
Su historia cambió su manera de trabajar. “Creo que nosotros como profes aprendemos a escuchar mucho”, dice. Cuando un alumno llega desganado, nota enseguida que algo pasa: “Automáticamente me doy cuenta. Le pregunto qué pasó, que me diga la verdad. Y ahí adaptamos el entrenamiento y lo cambiamos”.
Esa sensibilidad explica por qué sus alumnos lo siguen eligiendo. Entre ellos está Beatriz, de 76 años, a quien entrena tres veces por semana. El primer objetivo fue recuperar su independencia: llegar caminando desde su casa, sobre calle Santa Fe, hasta una parroquia a diez cuadras. Al principio avanzaban unos metros; después, cuadra por cuadra, hasta que un día llegaron a la puerta. Hoy van juntos todos los domingos. “Yo la adopté como abuela, ella me adoptó como hijo-nieto”.
Las enseñanzas del deporte
Para Nicolás, el deporte ordena la vida. “Te ayuda a construir hábitos. Vos sabés que el día que tenés que hacer actividad física, si no comiste bien la vas a pasar mal, si no dormiste bien la vas a pasar mal. Entonces comenzás a construir toda tu vida alrededor de eso”.
También le enseñó paciencia. “Hay que aprender a correr lento para correr rápido”, le repetía su entrenador. Hoy el 80% de sus entrenamientos de running son lentos y solo el 20% a mayor velocidad. Paradójicamente, así llegó a correr a ritmos que nunca había alcanzado.
Esa lógica de soltar llegó a su relación con la comida. Durante años registró cada alimento, calculó proteínas y calorías, y se pesó a diario. Hasta que un día decidió no hacerlo. “Aprendí que en querer tener el control, en realidad, perdemos”, reflexiona.
Disfrutar el presente
A fines del año pasado, atravesó una depresión profunda que derivó en una internación. Desde entonces, algo cambió. “Lo único que puedo manejar es lo que me está pasando en este preciso instante”, explica. Aprendió a agradecer las cosas pequeñas y a no dejar que una rueda pinchada le arruine el día.
Hoy se levanta a las cinco de la mañana, se mueve en bicicleta, trabaja, entrena y sigue capacitándose: termina la Licenciatura en Educación Física, cursa un posgrado en división deportiva y una formación en masoterapia. Encontró en Neuquén una familia elegida y una profesión que le permite acompañar a otros. Ya no solo se concentra en la meta: también aprendió a disfrutar el camino.