De la poda al suelo: el invento tucumano que ataca un herbicida que queda meses en la tierra
Un herbicida que puede quedar meses en la tierra y llegar al agua tiene en Tucumán una respuesta hecha con bacterias y restos de poda. Los resultados del laboratorio entusiasman, pero todavía falta la prueba decisiva.
En Tucumán, un grupo de investigadoras de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) y del PROIMI-CONICET desarrolló un bioformulado que combina actinobacterias con restos de poda urbana para limpiar suelos contaminados por herbicidas y otros compuestos químicos.
La clave está en esos microorganismos, capaces de degradar determinadas sustancias, y en los chips de madera que les sirven de soporte para llegar al terreno afectado y actuar.
De las ramas tiradas a un insumo para el campo
El material de base no se compra: proviene de la trituración de ramas de la poda que aporta la Municipalidad de San Miguel de Tucumán. Esos fragmentos funcionan como vehículo de las bacterias y permiten que se incorporen al suelo para atacar al herbicida.
El trabajo en el Laboratorio de Biotecnología de Actinobacterias del PROIMI no es nuevo. Claudia Benimeli, doctora en Bioquímica y directora del grupo, investiga el saneamiento de ambientes contaminados desde fines de la década de 1990.
Con los años, el equipo abordó distintos tipos de contaminantes: plaguicidas, metales, hidrocarburos y medicamentos. La acompañan Enzo Raimondo, doctor en Bioquímica y codirector; Lourdes Maldonado, licenciada en Biotecnología y doctoranda en Bioquímica; y Sofía García, estudiante de la Licenciatura en Biotecnología.
Del organoclorado a la atrazina
La primera etapa de las investigaciones se centró en los plaguicidas organoclorados, algunos prohibidos o restringidos justamente por su persistencia en el ambiente. Según explicó Benimeli, ciertos compuestos de ese grupo pueden quedarse en el suelo durante décadas, y en algunos casos hasta 50 años, según el producto y las condiciones del entorno.
Hoy la mira está puesta en la atrazina, un herbicida que se usa en cultivos de maíz, sorgo y caña de azúcar y que puede permanecer en la tierra varios meses. El problema no termina ahí: las lluvias pueden arrastrarlo hacia cursos de agua y llevar la contaminación más allá de las zonas tratadas.
Maldonado advirtió además sobre los posibles efectos de este compuesto en la salud humana, por su capacidad de interferir en el sistema endocrino de la fauna.
Qué mostraron los ensayos
En el laboratorio, el bioformulado con actinobacterias y chips de poda como vehículo conservó entre el 90 y el 100% de su viabilidad después de 90 días de almacenamiento.
Y no solo sobrevivió: mantuvo su capacidad para remover atrazina y consiguió reducir entre un 40 y un 50% su presencia en apenas 96 horas.
Para Maldonado, usar restos de poda en el bioproducto tiene doble beneficio: aprovecha un residuo urbano y baja los costos. “El sistema es económico y además estamos promoviendo la economía circular”, sostuvo.
El paso que sigue
El trabajo continúa con pruebas a pequeña escala en suelo, para evaluar cómo se comporta el bioformulado en condiciones más parecidas a las reales. Completada esa instancia, el equipo buscará avanzar hacia ensayos en superficies más extensas y estudiar su posible aplicación agrícola.
Los avances del estudio serán presentados por Maldonado en las 33ª Jornadas de Jóvenes Investigadores de la Asociación de Universidades Grupo Montevideo (AUGM), un encuentro que reúne a investigadores en formación de universidades de América Latina.