De lombrices a café de especialidad: el insólito origen del vivero que se convirtió en el refugio de Villa Ortúzar

¿Puede un negocio de lombrices transformarse en el punto de encuentro más cool de un barrio? La historia de Ada Jardín revela cómo escuchar a los clientes llevó a crear un vivero-café donde nacen amistades y hasta grupos de WhatsApp.

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De lombrices a café de especialidad: el insólito origen del vivero que se convirtió en el refugio de Villa Ortúzar

En el corazón de Villa Ortúzar, donde el ritmo porteño no da tregua, un espacio desafía la prisa. Ada Jardín es mucho más que un vivero boutique con café: es el resultado de un emprendimiento que nació de la manera más inesperada, contando lombrices una por una en plena pandemia.

Los creadores de este remanso son Luciana Amicone y Julián González Oliva. Todo comenzó en 2019, cuando Julián, un fanático de las plantas, empezó a compostar para producir su propia tierra. Pero el giro llegó en los primeros meses de la cuarentena, con una idea que a Luciana le pareció descabellada: vender lombrices.

“Le dije: ‘¿Quién te va a comprar lombrices?’ Y al rato me dijo: ‘Ya vendí’”, recordó Amicone entre risas. Lo que parecía una locura se transformó en un éxito que los desbordó.

Noches contando lombrices y un motoquero inesperado

La joven pareja, que en ese momento tenía una hija de dos años y un bebé de seis meses, se vio de repente “pasando noches contando lombrices una por una” para embalarlas en frascos. La demanda explotó, llegando a unos 25 pedidos diarios que repartían por distintos barrios de la ciudad.

Primero trasladaron la compostera al garage familiar. Luego sumaron envíos. Y apareció un aliado impensado: un motoquero que fue a retirar un pedido y terminó ofreciéndose para hacer las entregas. El emprendimiento ya no era un experimento doméstico.

Luciana Y Julián comenzaron vendiendo lombrices para hacer compost.
Luciana Y Julián comenzaron vendiendo lombrices para hacer compost. (Foto: gentileza Luciana Amicone).

En febrero de 2020 crearon el Instagram que hoy da nombre al proyecto, bautizado en honor a Ada, la mamá y abuela fanática del jardín. Era solo un contacto para no dar sus perfiles personales, al que le hicieron un logo con Canva. Pero los clientes que iban a buscar lombrices empezaron a pedir más: humus, fertilizantes, macetas, plantas.

“Nos preguntaban: ‘¿Algo más tenés?’ Y ahí entendimos que había algo más para hacer”, explicó Luciana. La semilla de un vivero ya estaba plantada.

El local físico y una respuesta que los sorprendió

En 2022 dieron el salto. Vaciaron el garage, armaron su primer e-commerce y poco después abrieron el local físico en Virrey del Pino y Álvarez Thomas, a pocas cuadras de su casa. Así nació Ada Jardín, concebido como un vivero boutique, más pequeño y curado, con foco en plantas de interior.

La respuesta del barrio de Villa Ortúzar fue inmediata. “No es tan común un vivero así. La gente venía, se quedaba, charlaba. Cerrábamos y seguíamos conversando con los clientes”, contó Amicone. El espacio comenzaba a generar algo más que ventas.

Luciana Amicone y Julián González Oliva en su vivero boutique en Villa Ortúzar.
Luciana Amicone y Julián González Oliva abrieron un vivero boutique en Villa Ortúzar que pronto se convirtió también en café. (Foto: gentileza Ada Jardín).

La idea del café que nació de los clientes

El café no estaba en los planes originales. De hecho, ni Luciana ni Julián eran consumidores habituales. “No teníamos ni idea: no tomábamos café y no sabíamos por dónde empezar”, admitió.

Pero los clientes empezaron a quedarse cada vez más tiempo. Parejas donde solo uno compraba, vecinos que pasaban a saludar, visitantes que viajaban desde lejos. La experiencia pedía una pausa. “Había gente que se quedaba 20 minutos, media hora. Entonces dijimos: ¿por qué no sumar un sector de café? Y así fue que abrimos un café sin tomar café”, se rió Amicone.

La decisión implicó reformas estructurales, doble habilitación comercial y una obra que hicieron casi por su cuenta, derribando paredes y reorganizando el espacio mientras seguían atendiendo.

El café de especialidad de Ada Jardín, entre plantas.
Ada Jardín, un café de especialidad entre plantas. (Foto: gentileza Ada Jardín).

El barista que se convirtió en un imán

Un momento clave fue la llegada de Julián Cuesta Núñez, el barista. Con más de diez años de experiencia, encajó perfecto con el espíritu del lugar. “Queríamos alguien que transmitiera la misma familiaridad que nosotros. No un despacho rápido de café”, explicó Luciana sobre la búsqueda.

El resultado fue un éxito. “Hoy muchos vecinos pasan a verlo directamente a él”, sostuvo. El café terminó de consolidar lo que el vivero ya venía construyendo: una verdadera comunidad.

Mesas comunitarias y grupos de WhatsApp espontáneos

Ada Jardín no es un café de paso. La ventanilla de take away casi no se usa. Allí conviven quienes vienen por un potus y se quedan a tomar un café, y quienes llegan por un café y salen con una maceta.

Con el tiempo sumaron talleres de compostaje, cuidado de plantas y terrarios, que reúnen hasta 30 personas. Esos encuentros suelen generar vínculos duraderos. “En una mesa hasta se armó un grupo de WhatsApp entre personas que no se conocían”, recordó Amicone.

El espacio mismo se adaptó a esta dinámica. “Terminamos cambiando mesas individuales por mesas comunitarias y son las que más se llenan”, precisó.

Talleres sobre compost y plantas en Ada Jardín.
En Ada Jardín dan también talleres sobre compost, plantas y armado de terrarios, entre otros. (Foto: gentileza Ada Jardín).

Una inversión de 60.000 dólares y una filosofía: escuchar

La inversión inicial fue de 20.000 dólares, y la acumulada ronda los 60.000, siempre con reinversión propia y sin inversores externos. Para Amicone, el crecimiento surgió de “observar lo que pedían los clientes”: primero lombrices, luego insumos, después el local, el café y finalmente los talleres.

Nada fue un plan original. Todo derivó de escuchar a la gente, qué gustaba del lugar”, afirmó. Empleadas del ANSES cercano recomiendan el lugar, clientes viajan desde otras localidades para los talleres y algunos llegan con plantas enfermas buscando asesoramiento.

La planta se volvió protagonista en la casa de la gente”, opinó Luciana, notando cómo las personas buscan dar calidez a sus hogares, ya sea tras una mudanza o una separación.

Vista del interior de Ada Jardín, un remanso en Villa Ortúzar.
Ada Jardín, un remanso de paz a metros de una de las principales avenidas de Villa Ortúzar (Foto: gentileza Ada Jardín).

¿Se puede replicar este fenómeno? Para su creadora, la respuesta es dual. “Replicar el modelo de negocio sí. Replicar Ada Jardín, no”, zanjó, convencida de que la magia reside en el vínculo único construido día a día con el barrio.

El proyecto creció como crecen muchas plantas: de forma orgánica, inesperada y guiada por el entorno. Hoy es un lugar donde, literalmente, la gente entra y echa raíces.

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