De ordeñar vacas a las 4 AM en Nueva Zelanda al podio nacional: la argentina que se subió a los patines y no paró

Manuela Maggio dejó Pehuajó para trabajar en un tambo neozelandés y hoy maneja un rodeo de 1050 vacas. Pero entre las madrugadas y el barro, se reencontró con una pasión de la infancia que la llevó directo al podio. ¿Qué disciplina la devolvió a la competencia?

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De ordeñar vacas a las 4 AM en Nueva Zelanda al podio nacional: la argentina que se subió a los patines y no paró
De ordeñar vacas a las 4 AM en Nueva Zelanda al podio nacional: la argentina que se subió a los patines y no paró

Manuela Maggio tiene 30 años, nació en Pehuajó y hoy maneja un rodeo de 1050 vacas en Canterbury. Pero entre las madrugadas del tambo y el barro, esta técnica agropecuaria encontró un lugar para volver a una pasión de la infancia: el patín. Y en julio, casi sin buscarlo, terminó subida al podio en un campeonato nacional neozelandés.

Una vida de campo que arrancó en Pehuajó

Criada entre Pehuajó, Trenque Lauquen y Lincoln, Manuela siempre estuvo ligada al agro. Su padre es encargado de campos, su madre ingeniera agrónoma y su abuelo tiene un establecimiento en Lincoln. "Toda la vida mamé el campo", resume.

Se formó como técnica en producción agropecuaria en la Sociedad Rural Argentina y también pasó un tiempo por la UBA. Antes de emigrar trabajó dos años con su abuelo en agricultura, ganadería y tambo, y hasta incursionó en el uso de drones aplicados al campo.

En ese ambiente conoció a Javier Rosso Alba, ingeniero agrónomo de la UBA. Se casaron un agosto y, apenas tres meses después, ya estaban subiendo a un avión con destino a Nueva Zelanda.

De farm assistants a manejar un tambo de 1050 vacas

Llegaron en 2022 con un contrato bajo el brazo para sumarse a una empresa lechera neozelandesa. El arranque fue desde el escalón más bajo: farm assistants. "Empezás ordeñando, lavando cosas, limpiando caca, muy de abajo", recuerda Manuela.

Pero ese punto de partida duró poco. En unos tres años fueron escalando posiciones hasta convertirse en herd managers. Hoy Javier está a cargo del tambo y Manuela, además de ser su mano derecha, sigue en ese rol de responsabilidad. "Nos convertimos en un equipo fuerte como familia y también de laburo", dice.

Trabajan en Willesden Farms, en la zona de Canterbury, a unos 45 minutos de Christchurch. Son 300 hectáreas divididas en parcelas de siete hectáreas para organizar el pastoreo. Allí ordeñan 1050 vacas en una calesita de 50 posiciones. En época de pariciones, el día arranca a las 4 de la madrugada: buscar las vacas, ordeñar, separar y tratar a los animales enfermos, manejar el calostro de las recién paridas.

En primavera, el foco está en el pasto. Tres veces por semana miden su crecimiento para definir la alimentación. Y cuando hace falta, suplementan con alrededor de un kilo de cebada por vaca.

La producción neozelandesa no se mide solo en litros, sino también en sólidos y proteína. Buena parte de esa leche se canaliza a través de Fonterra, la cooperativa de los tamberos, para elaborar leche en polvo de exportación.

Manuela encontró su nicho en el cuidado animal. "Me gusta hacer lame cows, hice cursos sobre vacas rengas y las curo; soy como la podóloga de vacas", cuenta. Y agrega: "Tengo una sensibilidad especial para curarlas y tratarlas con cariño, con bienestar animal".

El reencuentro con los patines

Mientras se adaptaba a la vida neozelandesa, Manuela se topó con algo que creía dejado atrás: el patín. Había empezado a los tres años y competido durante toda su infancia y adolescencia en Pehuajó, Trenque Lauquen y Lincoln. En Argentina llegó a ser campeona provincial de los Bonaerenses.

Primero volvió como pasatiempo, una distracción del tambo. Después se lo tomó en serio. "Necesito mis patines, tengo patines de verdad en mi casa en la Argentina", se dijo. Sus suegros viajaron a visitarlos y se los llevaron en la valija. "Eran cinco kilos de patín", recuerda entre risas.

Retomó los entrenamientos en sus días libres en la pista de un club. Una profesora argentina le armó la coreografía por video y una entrenadora kiwi la ayudó con los pasos presenciales. El desafío era doble: la disciplina elegida, danza, era nueva para ella.

En julio pasado compitió en los nacionales de Nueva Zelanda y se colgó la medalla de plata. Para la rutina eligió el tango "Se dice de mí", de Tita Merello. El contraste con su día a día no podía ser mayor: después de jornadas que arrancan de madrugada, el patín era su válvula de escape.

"En un principio era la distracción del tambo, el desenchufe, era salir e ir a patinar", describe. Pero lo que empezó como una pausa la llevó de nuevo a una competencia nacional.

Un futuro que todavía no está escrito

La adaptación no fue solo profesional. Cuando llegó, Manuela hablaba poco inglés y extrañaba a su familia y amigos. Con el tiempo, la cosa se dio vuelta: aprendió el idioma, armó un grupo de amistades y empezó a sentirse parte. "Y ahora soy yo la que más se quiere quedar", confiesa.

La pareja ya tiene residencia temporal y en dos años podría pedir la permanente. Pero no tienen decidido si su futuro está en Nueva Zelanda o en Argentina. "Vamos a ir tomando la decisión día a día. No tenemos planes seguros de si volvemos o nos quedamos. Iremos viendo", dice.

Mientras tanto, el próximo año quiere redoblar la apuesta deportiva: además de seguir en danza, planea competir en libre, la disciplina que practicó toda su vida, con saltos y trompos.

"Este tambo es el mejor trabajo que tuve en mi vida. Estoy muy contenta y cómoda, lo volvería a hacer mil veces; encima sumé mi pasión de chica: patinar", cierra.

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