De un grupo de oración a un refugio contra las adicciones: la obra que transforma vidas en Río Grande
¿Sabías que un grupo de madres que rezaban por sus hijos se convirtió en una fundación que hoy salva vidas? Conocé la historia de Santa Mónica y el impactante testimonio de Maricel.
Lo que nació como un simple círculo de madres rezando por sus hijos se convirtió en una fundación que hoy acompaña gratuitamente a jóvenes y familias enteras en la lucha contra las adicciones. Santa Mónica, en Río Grande, es hoy un faro de esperanza en el sur argentino.
La ciudad industrial de Tierra del Fuego atrae a personas de todo el país en busca de trabajo y bienestar. Pero el frío extremo, el viento constante y el aislamiento también traen depresión, tristeza y consumo de sustancias. Fue justamente en ese contexto que las hermanas Discípulas de Jesús iniciaron su misión.
¿Cómo empezó todo?
En 2012, las hermanas Virginia Michel y Rocío Parmigiani llegaron a la isla invitadas por el P. Felicísimo Vicente, fundador del Centro Pastoral Jesús de la Divina Misericordia. Ese espacio fue pensado para acoger a los más vulnerables, especialmente a quienes sufrían soledad o adicciones.
“Comprendimos que nuestro carisma debía adaptarse a una necesidad urgente: sanar esas heridas”, recuerda la M. Vicky. Al principio, el grupo era solo de oración para madres angustiadas por sus hijos. Pero pronto se dieron cuenta de que hacían falta herramientas concretas, no solo espiritualidad.
Una obra que crece con voluntarios
Con el tiempo, se sumaron voluntarios que querían ayudar no solo a las madres, sino también a los jóvenes. Así nació un acompañamiento integral, gratuito y único en la región: apoyo religioso y terapéutico para toda la familia.
No fue fácil. Las hermanas tuvieron que estudiar e investigar para entender la crisis de los chicos. “Aprendimos a unir el trabajo técnico con nuestra espiritualidad bíblica, eucarística y mariana. Eso marcó la diferencia”, afirma la M. Vicky.
¿Por qué se llama Santa Mónica?
Primero pensaron en llamarla “El Buen Samaritano”, por el cuidado a los heridos. Pero al mirar sus orígenes, recordaron a aquellas madres que luchaban sin descanso por sus hijos. Por eso eligieron a Santa Mónica, modelo de perseverancia y fe, que rezó durante años por la conversión de su hijo, san Agustín.
El nombre refleja el papel clave de las madres en la recuperación. Y entre tantas historias, hay una que marcó para siempre el camino de la fundación: la de Maricel.
La historia de Maricel
Maricel fue abandonada al nacer y creció en hogares de asistencia. Esa carencia afectiva la llevó a refugiarse en las drogas. Pasó por varios tratamientos, pero el golpe más duro llegó cuando el Estado le quitó la custodia de sus hijos. Para recuperarlos, debía completar un tratamiento que veía imposible.
El día que llegó a Santa Mónica había decidido quitarse la vida. Pero algo la hizo quedarse: al escuchar a la M. Vicky, se sintió atraída por su acento mexicano. Ese pequeño vínculo rompió su defensa y abrió la puerta a un proceso largo y difícil.
Hubo recaídas, cansancio y noches de preocupación. Pero el acompañamiento constante y el apoyo profesional dieron frutos. La M. Vicky recuerda un día en que, rezando en la capilla, sintió que Dios le confiaba personalmente el cuidado de Maricel. Esa experiencia renovó su paciencia.
Tiempo después, Maricel aceptó ingresar en un centro especializado. Esta vez el tratamiento funcionó, y tras demostrar su recuperación, la justicia le devolvió la custodia de sus hijos.
Un testimonio que sigue vivo
Hoy, la misión de las Discípulas de Jesús en Tierra del Fuego sigue siendo un testimonio de esperanza. Santa Mónica es un espacio donde muchos descubren que no están solos. Como resume la M. Vicky: “Aquí cada joven puede vivir una experiencia de acompañamiento frente a la soledad que impone la sociedad. Desde que cruzas esa puerta y te sientas aquí, ya no estás solo”.
La fundación continúa operando gracias a profesionales que se sumaron como voluntarios, ofreciendo su experiencia profesional de la mano de Dios.


