Debutó en Primera, tocó fondo en la cama de su hijo y hoy cuenta todo
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Debutó en Primera, tocó fondo en la cama de su hijo y hoy cuenta todo

Un ex jugador de Guaraní, Mitre, Brown y Atlético Posadas contó cómo la adicción le comió los años más importantes de su carrera y de su familia. Hay una noche, una cama y una decisión que lo cambiaron todo: lo que encontró ahí adentro no lo esperaba.

Juan Pablo Ojeda fue jugador de Guaraní, Mitre, Brown y Atlético Posadas. También, durante años, sostuvo una doble vida que pocos conocían: la del deportista que rendía en la cancha y la del adicto que compraba, mezclaba y consumía hasta quedar sin recuerdos. Ahora decidió contarlo todo, con la esperanza de que su relato le sirva a alguien que hoy está en el mismo pozo.

"Quiero que mis hijos vean a un padre sano, que me superé, que trato de superarme todos los días", dice Juampi, que sueña con volver a jugar al fútbol.

Las fotos que escondían una sonrisa falsa

En su casa hay imágenes donde aparece sonriendo junto a su hermana y su mujer. Él mismo las señala y aclara que esa alegría era postiza. Estaba bajo consumo en cumpleaños, nacimientos y todas las fechas importantes de la familia. Se ponía eufórico, mezclaba sustancias con alcohol.

La marihuana la probó a los 16 años, en Brasil, cuando ya había debutado en Primera División y se había ido de vacaciones a Jureré. Lo hizo por no saber decir que no, por pertenecer a un grupo. "Esa vez ni siquiera tragué el humo", recuerda. Al otro día, mezclado con la bebida, sí probó.

Con el tiempo aprendió que la adicción tiene cuatro niveles: experimentación, uso, abuso y adicción. En la experimentación se puede cortar, y él lo hizo. Siguió su carrera en el fútbol, se fue a jugar a Real Arroyo Seco y, aunque fumaba mucho cigarrillo, cada tanto probaba marihuana con un compañero en la terraza.

El quiebre llegó en 2011, con la muerte de su abuela. "Era mi segunda mamá", cuenta. La noche anterior al fallecimiento, su mamá le pidió que fuera al hospital porque la mujer no estaba bien, y él contestó que era el día del amigo. Ella murió durante la mañana y él se fue a un cumpleaños. Ahí empezó a comprar y a mezclar con alcohol. Al otro día no recordaba lo que había hecho.

La doble vida del deportista

Ojeda sostiene que el deporte lo salvó de morir. "Cuando yo jugaba no fumaba, me cuidaba. Gracias al deporte no me morí", afirma. Se repetía "hoy no, porque tengo que jugar" y siempre jugó sano.

Una vez probó antes de un partido con amigos. A ellos les hacía mal y a él, según su percepción, bien: le salían las jugadas, era el mejor gambeteador, se convenció de que lo hacía mejor. "Me liberaba", dice.

Siempre decía que la cocaína no, y tenía amigos que le advertían que no se metiera en eso. Pero en el Mundial de 2014 viajó a Río de Janeiro con amigos y gastó mucha plata en excesos. En un after, en un baño, le pidió a una persona que había sacado una bolsa para probar. Le dijo que no.

De vuelta en Posadas, un día estaba con un amigo fumando marihuana y le pidió que lo llevara a su casa porque tenía sueño. "Si estás cansado tengo algo para sacarte el sueño", le dijo el otro, y probó. La pasó bien. Sintió una sensación de poder, de ser el más lindo, el más gracioso. Como dijo Maradona alguna vez, se sentía Superman.

Le dijo a su amigo que eso nunca lo iba a comprar. Después pasó a consumir y compraba a medias con otros. Había gente que consumía con él, en un contexto de boliche y fiesta que con el tiempo se corrió también a los días de semana.

Ya no se quedaba en el boliche: una hora y media, a veces menos, y se iba. Prefería encerrarse en un departamento a escuchar música y tomar hasta las 8 o 9 de la mañana. Sabía que lo que hacía estaba mal.

La mudanza que empeoró todo

En enero de 2025 se mudó con su mujer a la casa donde hoy vive. Antes estaba en diagonal a la de su mamá y se cuidaba un poco más. Al llegar al nuevo lugar se sintió liberado y el consumo aumentó.

Su mujer sospechaba. La enfermedad también enfermó a su entorno: ella llegó a ser coadicta, adicta al adicto, y escondía la billetera y las tarjetas.

A él le asustaba levantarse y saber que no había marihuana en la casa, porque se ponía insoportable, no bancaba a nadie. Si sabía que había, todo bien. Se levantaba, se armaba un porro, daba una vuelta manzana y así arrancaba el día. Llegó a fumar seis porros diarios: uno temprano, otro a media mañana, otro a la siesta, otro a la tardecita y uno a la noche "para descansar" o "porque me lo merecía".

Escribió las consecuencias de sus actos en cuadernos. Las leyó cuando estaba limpio y se chocó con el daño que había hecho. Todavía se quiebra cuando habla.

El cumpleaños de su hijo y el fondo

El año pasado, en el cumpleaños de su hijo, dijo que no iba a consumir. Los que le vendían no estaban en Posadas. El cumpleaños terminaba a las 21 y a las 20.30 preguntó: ya estaban de vuelta. Mandó el mensaje, la ubicación, la cantidad y consumió. Trató mal a su mujer, como tantas veces.

Después fueron a la casa de su mamá a abrir los regalos. Él estaba intolerante, no quería saber nada, se quería ir para seguir consumiendo. Al llegar a su casa, su mujer le dijo que hasta ahí llegaba, que no quería saber más nada con él.

Dos de sus hijos estaban en la casa de su mamá y la más chica se había quedado con ellos porque tenía gripe. Su mujer puso el aire bajo y él no daba abasto del calor. Se fue a dormir a la habitación de los chicos y ahí consumió lo último que tenía, arriba de la cama de su hijo, desesperado. Ahí sintió que tocó fondo.

Cuando salía del trabajo se bajaba antes de llegar a casa, pasaba por un kiosco y se compraba dos latas grandes de cerveza. Se las terminaba antes de entrar.

"No te enfermás porque consumís, te enfermás antes"

Ojeda aprendió que la enfermedad es anterior a la sustancia. "No te enfermás porque consumís, te enfermás antes y después consumís", explica. Se enferma con situaciones traumáticas, con sentimientos que nunca pudo expresar.

Su papá siempre estuvo enfocado en el trabajo, en que no le faltara nada, y él no lo culpa. Hizo lo que pudo, aprendió de esa manera y quizás sufrió con su propio padre, que era alcohólico. Juampi jamás vio a su papá borracho, pero le pasaron otras cosas.

Con su familia había temas que no se hablaban y creencias como que los hombres no lloran. Buscó tapar ese hueco, esa herida, esa carencia emocional, con las sustancias. "La sustancia me dio esa felicidad que no tenía, era Superman como dijo el Diego", dice. Nunca pudo decirle a su mamá lo que le pasaba.

Habló con su pareja, lloró un montón y le pidió ayuda. Ella le dijo "dejate ayudar". Al otro día se levantó y tenía a su mamá al lado. Sin juzgarlo, le preguntó por qué no había ido a trabajar. Se quebró, le pidió disculpas y ayuda, porque no podía más: terminaba muerto, perdía a sus hijos, terminaba en la calle comiendo de la basura o en la cárcel. "Es una enfermedad que te lleva a la calle, a la cárcel o a la muerte", afirma.

La internación que no quería

Fue a la casa de su hermana, que lo abrazó y le dijo que ya sabía. "Por qué te pensás que muchos padres sacaron a sus hijos de tu academia", le dijo, y lo invitó a ir a Buenos Aires. Su mujer habló con un psiquiatra y le dieron clonazepam.

En ese viaje, sin efectivo y sin manejar, le pidió dinero a uno de los padres de la academia. Bajaba de la habitación del hotel, compraba cerveza, tomaba y subía. Su cuerpo se lo pedía. "Primero es todo lindo, después no podés salir", describe.

Hubo momentos en los que lograba dejar las sustancias dos meses, aunque seguía tomando alcohol. Después era un mes y medio, después tres semanas, hasta que ya no podía. Fue en consumo a la academia, llegaba tarde, anotaba los ejercicios, ponía los conos y tenía que volver a leer. La droga lo desconectaba de su realidad, de sus propósitos, de todo. "Te vuelve tan egoísta que solamente pensás en tu satisfacción inmediata", dice.

En Buenos Aires tocó fondo otra vez. Hablaba de quererse morir, de irse con su abuela, se pegaba en la cabeza, no hablaba con nadie. Hizo un desastre en el hotel, se caía. Fue a la casa de unos primos, les contó y necesitaba correr. Corrió unos tres kilómetros y al terminar pasó por un kiosco y se compró una cerveza. Hizo tres cuadras, la terminó y quiso comprar otra. Cuando fue a pagar, el pago rebotó: le habían bloqueado la cuenta. Del viaje de vuelta no recuerda nada.

Ya en Posadas se juntó con un amigo que hoy predica la palabra y le dijo que lo iba a ayudar. Eso fue un domingo. El lunes fue a la entrevista para internarse. El 7 de abril del año pasado se reunió con el director, negado, y quería hacer el tratamiento ambulatorio. Su mujer no le dio opción: "o te internás o hacés tu vida y perdés a tus hijos". Ella es de fierro, dice.

Se comunicó con varios centros y le consiguió una entrevista en CMB, Cambios Muy Buenos. A Fernando Zappia, director del lugar, le dijo: "yo me interno, pero no me saques mi academia". Le preocupaba qué iba a pasar si el profe desaparecía, qué iban a decir. Iba acompañado de un compañero de tiempo. Entró un lunes y el martes ya empezó a salir. Estuvo nueve meses sin ir a su trabajo diario, presentando certificados todos los meses.

Prejuicios, fases y un cambio de hábitos

Llegó imaginando que estaría todos los días atado y dopado, en un manicomio. Se encontró con un grupo de chicos espectacular que lo escuchó y no lo juzgó. Fue un lugar donde pudo abrirse y contar su situación de a poco.

Entiende que el tratamiento no es por tiempo: es una enfermedad que no tiene cura. Se hace un tratamiento, una rehabilitación, y la recuperación es para toda la vida.

La primera noche le costó dormir por los nervios, la ansiedad y la abstinencia. Al tercer día el director lo pasó a fase A. Hay fases A, B, C y reinserción, y el tiempo depende del compromiso y de la entrega, de rendirse y aceptar que la enfermedad lo goleó por más de diez goles.

En cada fase se trabajan objetivos. No es solamente dejar de consumir, es cambiar hábitos y la manera de funcionar con la gente. Él siempre fue impulsivo, soberbio, violento, no tuvo límites, no sabía decir que no ni pedir permiso. Pensaba que era drogarse y morirse con la droga, y que si no podés dejarla solo sos un adicto. Aprendió que se puede tener todas las actitudes de un adicto sin consumir una sustancia: algunos consumen malestar, hablar mal de la gente, trabajo, juego o comida.

Al principio decía que se quedaba dos meses y se iba. Los primeros días no hacía reuniones con el grupo: se llevó sus materiales de entrenamiento y hacía circuitos en el patio. Pensaba que se iba a salvar con actividad física y pegaba afiches en casa para mirarlos cuando tuviera ganas de consumir. Así de cerrado estaba.

Tuvo que aprender a escuchar, algo que nunca había hecho: a los compañeros, a los directivos y a los operadores. También a ser sincero con él y con los demás. Aprendió a no tirar la pelota afuera, a hacerse responsable, a ver por qué las actitudes de los otros le molestan.

Le hicieron escribir su historia de vida, algo doloroso de leer pero útil para identificar el origen de la enfermedad, que no tiene un punto exacto: es un conjunto de cosas que le pasaron y lo llevaron a buscar en el consumo una salida, un escape.

En CMB el día arranca antes de las 7, se desayuna y a las 8 hay un grupo de apertura donde se leen los informes y se hacen devoluciones. Termina tipo 11 y luego se limpia la casa. Hay distintos sectores y es un simulacro de la vida afuera: dejás de consumir, pero tenés que hacer el cambio.

Aprendió que no se trata de no sentir frustración o impotencia, sino de que ese sentimiento no lo gobierne. Se puede sentir tristeza, enojo o impotencia, pero eso no da derecho a tratar mal a alguien. Hoy lo transmite en su academia a los chicos: ya no enseña solo lo técnico, lo táctico y lo físico, también esa parte que no tuvo o que aprendió tarde. En el fútbol hay injusticias, frustraciones, tristeza e impotencia, y hay que aprender a tolerarlas. Después de un tiempo pudo abrirse con algunos padres. Estuvo internado un año y dos meses.

Empezó a darse permisos y a hablar con ciertas personas con las que no debía hablar. Salía los viernes, venía a casa y volvía los domingos. Podía estar con sus hijos, una de las cosas más difíciles por la distancia.

Dios, la recaída y la confianza en cucharadas

En los momentos difíciles se aferró a Dios. Siempre fue católico, pero de manera superficial: iba a la iglesia para que dijeran "mirá Juampi va a misa", pero no era honesto, hasta que tocó fondo. Lastimó a sus hijos, a su mujer, a sus viejos y a él mismo.

Una vez le preguntó a su mujer por qué no se fue. Le dijo que lo amaba y que se quedó porque sabía que lo podía lograr, que podía cambiar.

Por eso ahora quiere hablar: hay muchos chicos pasando por lo mismo y detrás hay una familia que sufre, que a veces ruega que sus hijos se mueran de tanto que sufren. Él se iba de noche y su mamá quedaba con el corazón en la boca a ver si volvía. No lo medía.

Se dio permisos que se hicieron hábitos y sabía que estaba mal. La pereza es algo a lo que hay que estar atento. Perdió la buena voluntad, que es hacer algo que no te gusta pero que sabés que te va a hacer bien, a diferencia de la fuerza de voluntad, que se termina en algún momento. Recuerda que el Checho Batista contaba que no pasaba por la esquina a la que iba a consumir para no volver a eso: hay que buscar no exponerse, aunque a veces llegan los disparadores.

Cuando llega el primer pensamiento no lo podés evitar, pero si lo seguís alimentando llega el deseo y ahí ya no podés evitar. ¿Cómo se desactiva? Manos y mente ocupadas, porque una cerveza para él es mucha y miles no son suficientes.

Tuvo una discusión con su mujer que debería haber tolerado. Agarró el auto y se le vino el pensamiento de ir a tomar una cerveza. Pasó por el centro, lo compartió y volvió a su casa. Llevó a su familia a un cumpleaños y ya tenía la decisión tomada. Llevaba un año y dos meses sin consumir nada. En menos de cinco minutos se tomó dos cervezas y fue a buscar un kiosco donde sabía que vendían.

Se volvió a desinhibir y su mujer se dio cuenta. A la semana jugaba Argentina por el Mundial a la siesta. Le pidió al subdirector del centro ver el partido en su casa con sus hijos. Le dijeron que sí, pero que tenía que ir a hacer un reactivo. Ahí empezaron los pensamientos del adicto: recordó que su hijo había hecho pis esa mañana y no había tirado la cadena. Compró jeringas y practicó para simular que meaba, con el orín de su hijo. "Así funciona la mente de un adicto", dice.

Cuando entró le dijo a su mujer que había consumido, pero que era solamente cerveza. Volvió a ser deshonesto. "Perdí la confianza a toneladas y la recuperaba a cucharadas", grafica. Quiso dejar todo.

Ya dormía en su casa, pero volvió al centro. Tuvo que trabajar muchas cosas que no había trabajado. Hay momentos en los que quiere tomarse una cerveza y trabaja en no hacerlo. Estuvo un mes más sin salidas. Perdió todo lo que había construido.

El objetivo es sostener lo aprendido. Se hubiese ido de alta en julio, pero tuvo su recaída y volvió hasta el sábado, cuando le dieron el alta. Ahora blanqueó todo, subió fotos y videos, y mandó un mensaje al grupo de la academia. No se sintió juzgado: le dijeron que siempre fue respetuoso y muchos padres le contaron que sabían, pero que dejaron que hiciera su proceso con sus tiempos. La recaída le enseñó que está enfermo y que no puede tomar más, ni una cerveza sin alcohol. Se aferra mucho a Dios y así se sostiene, día a día.

Qué puede hacer una familia y el sueño de volver a jugar

Sobre cómo acompañar a alguien que consume, Ojeda opina que cada familia tiene una historia distinta, pero que no hay que juzgarlo. Hay que acompañar y tratar de que esa persona hable. "Mamá y papá están acá, confiá", dice. Es una enfermedad y hay que escuchar, tratar de entender, porque hay muchos miedos y negaciones.

Hoy su vida es levantarse, ir al trabajo, buscar a sus hijos, almorzar, dormir una siesta y llevar una vida normal. Trata de ir al gimnasio, de andar en bici, y quiere volver a jugar al fútbol: un año o dos, hacer una buena pretemporada y buscar algún club que lo reciba sin juzgar.

"Me gustaría mucho jugar porque quiero que mis hijos vean a un padre sano, que me superé, que trato de superarme todos los días", insiste. Desea que mucha gente que pasa por esto pueda abrirse y hablar, quizás no con los padres, pero sí con un amigo. No es terapeuta ni consejero en adicciones, pero es un objetivo a futuro, un nuevo propósito de vida: ayudar a quienes atraviesan su enfermedad. "Quiero vivir bien", cierra.

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