Dejaron de ser "las mujeres de" y tomaron el mando narco: hoy las visitan detrás de un vidrio
En Rosario hay mujeres que supieron manejar dinero, armas y territorios enteros para las bandas narco. Hoy cumplen condena bajo un régimen especial que les cambió todo, incluso la forma de ver a sus hijos. Lo que les queda adentro, en una nota que estremece.
Algunas entraron al mundo criminal acompañando a sus parejas. Otras heredaron el poder cuando sus maridos, padres o hermanos terminaron presos o asesinados. Todas dieron el mismo salto: dejar de ser "las mujeres de" para administrar dinero, controlar puntos de venta, mover armas, ordenar ataques y sostener el territorio de las bandas, incluso desde una celda.
Hoy cumplen condena o prisión preventiva bajo un régimen de máxima seguridad en Rosario. Sus historias repiten un recorrido: el paso desde los márgenes de las organizaciones hacia los lugares de mando, y de ahí a celdas individuales, aislamiento y vigilancia permanente.
Un régimen aparte para presos de alto perfil
Las condiciones de detención no son iguales para todos. Varían según el delito, el perfil del interno y el riesgo que represente dentro y fuera del penal. En las causas por narcotráfico, esa evaluación pesa distinto.
En Santa Fe, los presos asociados a organizaciones narco son considerados de alto riesgo no solo por el daño que provoca la venta de drogas, sino por la capacidad de esas estructuras para corromper, reclutar manos en sectores vulnerables y sostener redes delictivas que se reproducen durante años.
El narcotráfico rara vez opera solo. A su alrededor aparecen amenazas, homicidios, extorsiones, privaciones ilegales de la libertad y maniobras para ocultar o lavar dinero. Durante años, muchas de esas redes funcionaron con eficacia tanto en la calle como desde las cárceles: los jefes daban las órdenes desde el penal y manejaban territorios enteros.
Por eso, las mujeres detenidas por causas narco en la Unidad Penitenciaria Nº 5 de Rosario están separadas del resto de la población carcelaria. Tienen horarios estrictos, celdas individuales y un contacto mínimo con el exterior. No pueden usar celulares ni relojes inteligentes, y las señales están inhibidas para evitar que una orden vuelva a salir desde un dispositivo escondido. Las visitas duran apenas treinta minutos y se hacen detrás de un vidrio, sin contacto físico con sus familiares.
El régimen fue establecido por la Ley de Ejecución Penal Nº 14.243, sancionada en diciembre de 2023, apenas asumió Maximiliano Pullaro. Ese mismo mes se aprobó la Ley de Microtráfico Nº 14.239, que habilitó a fiscales, jueces y policías provinciales a intervenir en la venta minorista de drogas, una competencia que hasta entonces estaba en manos de la Justicia federal. Con esas reformas, las bandas enfrentaron un escenario de mayor control: no solo en el territorio, sino también dentro de los penales, donde el Estado buscó cortar canales de comunicación y reducir la capacidad operativa de los detenidos.
Lucía Estefanía Uberti: de acompañante a jefa de los "tiratiros"
En un pabellón de doce celdas diminutas e individuales pasa sus días Lucía Estefanía Uberti, vinculada a Los Monos y señalada como jefa de los "tiratiros", los grupos encargados de ejecutar atentados en nombre del clan.
Uberti venía de una familia trabajadora y entró al mundo criminal a través de sus parejas: primero Matías César, alias "Teletubi", y luego Mauro Novelino, ambos vinculados al narcotráfico del sur santafesino. Con el tiempo dejó de ser una acompañante y se convirtió en una pieza clave del entramado. En 2018, con apenas 24 años, coordinó una ofensiva para intimidar a jueces, fiscales y policías que intervenían en causas contra Los Monos, con ataques a edificios judiciales y viviendas de magistrados.
Una frase atribuida a ella resume su recorrido con crudeza: "Yo les tenía miedo a los narcos y ahora les doy órdenes".
Brenda Natali Pared, "La Cote": control territorial y atentados
En otra celda está Brenda Natali Pared, conocida como "La Cote", un nombre asociado al control territorial y a la coordinación de atentados. Nació en una familia atravesada por el narcotráfico: su padre fue asesinado en 2013 por integrantes de Los Monos. Fue pareja de Alejandro Isaías Núñez, alias "Chucky Monedita", y manejó buena parte de la estructura mientras él permanecía preso en el penal de Piñero.
A los 27 años mató a una mujer de un puntazo. Más tarde, mientras cumplía arresto domiciliario, coordinaba ventas de cocaína, conseguía armas y organizaba atentados con menores reclutados en barrios vulnerables. Su nombre quedó ligado a los crímenes que conmocionaron a Rosario en marzo de 2024: los asesinatos de los taxistas Héctor Figueroa y Diego Celentano, del colectivero Marcos Daloia y del playero Bruno Bussanich, atacado en una estación de servicio.
Para los fiscales, esos ataques buscaron sembrar terror y presionar al Estado. Incluso detenida bajo un régimen de alto perfil, Pared fue sancionada por intentar comunicarse por celular con su banda.
Jésica "La Fea" González: poder familiar y narcomenudeo
Celda de por medio está Jésica "La Fea" González, media hermana de Brenda Pared. Vinculada sentimentalmente a Claudio "Morocho" Mansilla y a René Ungaro, quedó al frente de la banda cuando ellos terminaron presos. La acusaron de dirigir una organización dedicada al narcomenudeo en la zona oeste de Rosario, incluso mientras cumplía prisión domiciliaria.
Mariana Ortigala: de testigo protegida a acusada por extorsiones
Mariana Ortigala pasó de administrar dinero a quedar señalada por participar en la organización de atentados. Fue testigo protegida en la causa contra Esteban Alvarado, pero más tarde terminó detenida en una trama de extorsiones y balaceras vinculada con Los Monos.
Su recorrido expone hasta qué punto las bandas dejaron de relegar a las mujeres a tareas secundarias y comenzaron a darles espacios de poder y decisión. Ortigala sobrevivió a un ataque en el que le dispararon 35 veces.
Sabrina Barría: la barra brava, Los Monos y el control del negocio
El mundo de las barras bravas también aparece atravesado por el negocio criminal, y Sabrina Barría pertenece a ese universo. Esposa de Leandro "Pollo" Vinardi, se convirtió en una figura clave del entorno de Los Monos y de la barra de Newell's Old Boys.
Mientras Vinardi estaba detenido en Ezeiza, Barría quedó al frente de la barra, manejó la venta de drogas y las extorsiones a dirigentes, y fue acusada de organizar balaceras contra personas vinculadas al club. Su caso resume una trama donde se mezclan violencia territorial, negocios ilegales y poder informal.
Lo que queda cuando se cierra la celda
Entre enero y julio de 2026, Santa Fe registró 93 homicidios, frente a los 244 del mismo período de 2023. La baja no significa que el narcotráfico haya desaparecido, sino que el Estado recuperó capacidad de intervención sobre el territorio y avanzó sobre uno de los puntos más sensibles del sistema criminal: la posibilidad de que las cárceles siguieran funcionando como centros de mando. En ese nuevo escenario, el régimen de alto perfil buscó cortar comunicaciones, aislar liderazgos y reducir la capacidad operativa de quienes, aun detenidos, podían seguir ordenando ataques, moviendo dinero o sosteniendo estructuras en la calle.
Para esas mujeres, el cambio tuvo una traducción concreta. El poder que alguna vez se expresó en armas, dinero, obediencia y control territorial quedó reducido a rutinas estrictas, celdas individuales, requisas, horarios vigilados y visitas detrás de un vidrio. Donde antes circulaban órdenes, contactos y amenazas, hoy el encierro impone silencio, distancia y vigilancia permanente.
Las historias reunidas en este recorrido muestran el desplazamiento de mujeres que pasaron de lugares secundarios a espacios de decisión dentro de organizaciones violentas. Algunas eligieron ese camino; otras lo heredaron cuando sus parejas o familiares fueron detenidos o asesinados; otras quedaron absorbidas por vínculos afectivos atravesados por la pólvora, la sangre y la promesa de ascenso. En todos los casos, el mismo entramado que les dio dinero, influencia y autoridad terminó por conducirlas a un encierro donde cada movimiento está regulado.
La caída no se mide solo en estadísticas, expedientes, condenas o regímenes de máxima seguridad. También aparece en escenas más silenciosas. Varias son madres, y cuando sus hijos las visitan, el encuentro ocurre a través de un blindex. Pueden mirarlos, hablarles y ver cómo crecen, pero no pueden tocarlos, acariciarles el pelo, tomarles la mano ni abrazarlos.
Después de recorrer sus historias y entrar al lugar donde viven, el contraste resulta brutal: mujeres que alguna vez dominaron territorios, administraron violencia y construyeron autoridad en un mundo sin freno hoy apenas pueden caminar unos metros. La distancia más dura ya no es la que las separa de la calle, sino la que las mantiene apartadas de aquello más elemental: poder tocar a un hijo.