Dejó los frutales por un negocio que hoy le rinde 30.000 litros al año
Economía · Río Negro

Dejó los frutales por un negocio que hoy le rinde 30.000 litros al año

En Ingeniero Huergo, una familia que vivía de la fruta cambió de rumbo cuando los precios se derrumbaron. Hoy la chacra produce miles de litros de vino al año y abre sus puertas, pero el número exacto que cambió la ecuación no es el que imaginás.

Durante años, Ángel Moschini pensó la producción de uva igual que la de las peras y las manzanas: trabajar la chacra, cosechar y vender. Ese esquema se rompió y lo obligó a reinventarse. Hoy, a sus 70 años, elabora su propio vino en Ingeniero Huergo y produce entre 25.000 y 30.000 litros anuales.

Lo que arrancó como una salida para darle valor a la cosecha terminó siendo un proyecto familiar que combina viñedos, bodega, turismo rural y hospedaje en el Alto Valle. La propuesta abre las puertas para recorrer el proceso de elaboración y vivir una experiencia atada a la vida de chacra, con producción y hospitalidad bajo el mismo techo.

Kilómetro 1120, el nombre que viene del abuelo

El vínculo de los Moschini con la región se remonta a 1925, cuando el abuelo de Ángel llegó en tren. Bajó en un punto del recorrido del Ferrocarril del Sud conocido como el kilómetro 1120, donde había un pequeño asentamiento y todavía no existía una estación formal. Décadas más tarde, ese lugar bautizó a la bodega familiar: Kilómetro 1120, un nombre que rescata la historia de los antepasados y el lazo con la zona.

Para Moschini, cada botella empieza mucho antes de entrar a la bodega. Nace en el viñedo, con el trabajo diario y las decisiones que definen la calidad de la uva.

De una chacra vacía a doce hectáreas de vid

La primera chacra, de 10 hectáreas y media, era un terreno sin cultivar cuando se instaló allí junto a su esposa, Teresa Precoma, en 1981. «Era campo en blanco, no había nada. Ahí comenzamos a plantar frutales y verduras», recordó el productor.

En 1995 sumó otra parcela de 25 hectáreas, a unos 1.500 metros de la primera. Allí plantó seis hectáreas de viñedos en el año 2000, dentro de un proyecto financiado por el FONTAR y dirigido por el INTA. Con los años empezó a reemplazar los frutales más antiguos por vides. Hoy, entre ambos predios, reúne alrededor de 12 hectáreas con Malbec, Merlot, Cabernet Franc, Sauvignon Blanc, Pinot Noir y Serna.

La producción ronda los 150.000 kilos de uva por temporada: cerca del 25% se destina a la elaboración propia y el 75% restante se vende a otros productores y bodegas.

La caída de precios que cambió el rumbo

«En el 2003 estaba en pequeña producción, en una época floreciente para lo que era la viticultura en ese momento. Con mi esposa cosechábamos y salíamos a vender», repasó Moschini. El escenario cambió en 2007: «Hubo una caída de precios y tuvimos que pensar en alternativas».

Así nació el vino propio. «Primero vino casero porque era poca cantidad», contó. Cuando pasaron los 4.000 litros debieron encuadrarse como vino artesanal, una categoría que no les alcanzaba. «El límite para el artesanal rondaba los 12.000 litros y nos quedó chico porque no era una unidad productiva para poderse alinear con eso», explicó. En esa etapa, los ingresos de la fruta sostenían los viñedos.

El salto llegó al ampliar la elaboración: «Llegó el momento en que tenía que ser rentable, si no, no funcionaba. Entonces aumentamos la cantidad de litros y pasamos a ser bodega». La transformación se concretó hace cinco años y les permitió llegar al volumen actual.

Qué uvas cultiva la bodega Moschini

Entre las seis hectáreas plantadas en 2000 y las 6,5 que hoy producen en la primera chacra, Moschini fue sumando variedades. En el viñedo más antiguo la distribución está definida: tres hectáreas de Malbec, una de Sauvignon Blanc, alrededor de 1,5 de Merlot y una superficie similar de Cabernet Franc.

En el predio donde reemplazó frutales viejos por vides el esquema es más variado. Allí conviven Malbec y Cabernet de mayor antigüedad con nuevas plantas de Merlot y Pinot Noir. También incorporó Serna, una moscatel sin semillas que consiguió a través del INTA.

El Malbec ocupa el centro de la producción. «Es lo emblemático del país, de la zona», afirmó. También destacó el potencial del Pinot Noir, «un vino más delicado, más suave», y el valor del Cabernet Franc, una variedad que, según señaló, todavía tiene poca presencia en la zona.

Del tanque a la caja, todo en la misma chacra

La elaboración se hace en el propio predio. La bodega tiene 22.000 litros de capacidad en tanques de acero inoxidable, además de recipientes de fibra y tanques plásticos que se usan como apoyo en trasiegos y limpieza. «Acá se hace desde la molienda hasta la botella y sale vestida la botella en caja», contó Ángel.

La infraestructura incluye un equipo de frío que enfría hasta 10.000 litros a la vez. Para los blancos suelen trabajar con volúmenes menores, de entre 4.000 y 5.000 litros por vez. Ya envasados, los vinos pasan a una cava con capacidad para unas 30.000 botellas, conservadas con un sistema automático que mantiene la temperatura entre los 13 y los 18 grados.

La bodega también sumó un laboratorio para dejar de viajar a General Roca cada vez que necesitaba análisis. En esa tarea, Moschini trabaja junto a la enóloga Bárbara Vilches y con el asesoramiento del enólogo Mario Lascano, que acompañan el proceso de elaboración.

Sin embargo, conserva métodos de los primeros tiempos: usan una prensa manual y todavía no cuentan con una prensa neumática por su costo. La forma de prensar incide en el rendimiento: obtienen alrededor de 600 centímetros cúbicos de vino por kilo de uva, mientras que en los blancos ronda los 400.

Ángel elige vinos jóvenes, sin crianza en barricas, para preservar la expresión de cada variedad y evitar que la madera tape las características de la fruta. «Quiero la riqueza del sabor de la uva netamente», sostuvo.

La poda, el clima y la salud del viñedo

Para Moschini, la calidad del vino empieza antes de que la uva llegue a la bodega. Una de las tareas centrales es la poda con sistema de pitón: en cada corte deja dos yemas y regula la cantidad de racimos por planta. El objetivo es controlar la producción y lograr frutos más concentrados.

«En la poda estás decidiendo tu nivel de producción porque decidís qué cantidad de uva dejarle a la planta», explicó. Esa elección influye en la cosecha y en el resultado final. «Si yo llevo una mala uva a la bodega, tiene que ser un crack el tipo que está ahí en la enología para poder sacar un vino bueno», planteó. Por eso, resumió, hay que «facilitarle el trabajo al enólogo para llegar con buena mercadería».

Las condiciones naturales del Alto Valle también juegan a favor. La escasez de lluvias y el viento favorecen la sanidad de los viñedos y reducen los problemas asociados a la humedad. A la vez, el manejo del riego permite regular el desarrollo de las plantas y buscar mayor concentración en los frutos. «Eso te da para poder tener bayas pequeñas y frutos bien concentrados», señaló.

El productor suele comparar la vitivinicultura con la fruticultura tradicional de la región. «Producir en el Alto Valle frutales, pepitas y carozo, es andar en Fórmula 1. Vos en Fórmula 1, a 300 kilómetros por hora, no podés desviarte 10 centímetros de la huella. Nosotros con el viñedo trabajamos como un karting. Nos salimos de la pista, damos vueltas, estamos de vuelta, podés ir último y al rato estás primero de nuevo. Acá es así, es mucho más tranquilo el trabajo de la viticultura», explicó.

A sus 70 años, Ángel sigue encontrando en la chacra el centro de su trabajo, desde el cuidado de los viñedos hasta el acompañamiento en la elaboración. Su hijo está al frente de las ventas y la comercialización, mientras que él y su esposa llevan adelante Bodega y Viñedos Moschini, en un rincón de la Patagonia.

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