Dejó Mar del Plata en un Fiat 1500 y 50 años después Neuquén todavía recuerda su restaurante

Cincuenta años después, cada vez que Carlos Brito del Pino se cruza con un viejo cliente, la misma pregunta vuelve a aparecer. Lo que hizo con su familia en Neuquén marcó una época, y ahora hay alguien que insiste en reabrir las puertas.

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Dejó Mar del Plata en un Fiat 1500 y 50 años después Neuquén todavía recuerda su restaurante
Dejó Mar del Plata en un Fiat 1500 y 50 años después Neuquén todavía recuerda su restaurante

En agosto de 1974, Hilario y Carlos Brito del Pino cargaron un Fiat 1500 y manejaron más de 900 kilómetros desde Mar del Plata hasta Neuquén. El tío Alberto, mozo en el casino del aeropuerto, les había soplado que había un restaurante en alquiler y que la ciudad prometía. Pensaban quedarse cuatro o cinco años. Cincuenta y dos después, Carlos sigue acá y su apellido es parte de la historia gastronómica neuquina.

El desembarco no fue sencillo. "Habiendo llegado en agosto, recién volvimos a ver llover en abril del año siguiente", recuerda Carlos sobre aquel Neuquén de bardas y calles de tierra. El asfalto llegaba hasta el Monumento a San Martín y el Hotel Comahue. Los días de viento levantaban una tierra que picaba los parabrisas, y los cardos rusos rodaban por las calles. Pero el restaurante funcionaba.

De El Colihue a Pastilandia: una escalera de esfuerzo

El primer local fue El Colihue, sobre la calle San Luis. Después vino la parrilla Hilario, en J. J. Lastra 68, que funcionó entre 1977 y 1980. Cuando los dueños de la propiedad no renovaron el contrato y se quedaron con el local ya armado, padre e hijo no se detuvieron. Alquilaron el espacio donde antes funcionaba Estadística y Censo, en Félix San Martín, y lo transformaron durante dos meses. Así nació Pastilandia.

Carlos ya tenía oficio desde muy chico. "Comencé a los 12 en un restaurante que se llamaba La Hulla, donde me vestían de gaucho. Ahí lo conocí a Ringo Bonavena", cuenta entre risas. A los 15 ya trabajaba de lavacopas en un local frente al casino de Mar del Plata, con turnos de cinco de la tarde a cinco de la mañana y 900 cubiertos por día. Su padre, Hilario, traía manos curtidas en cocinas de Pinamar y Villa Gesell.

La primera cocina a la vista de Neuquén

Pastilandia se convirtió en un templo del buen comer durante 27 años. "Era un salón para 85 o 90 personas y, a partir del viernes, la gente hacía cola para ingresar", rememora Carlos, a quien muchos empezaron a llamar Carlospasti. La cocina fue la primera a la vista en la ciudad: azulejos hasta el techo, gorros altos y blancos, y un brillo que llamaba la atención de los comensales. Cuando los inspectores de bromatología hicieron la habilitación, sacaron fotos y las usaron como modelo en su sede de la calle Buenos Aires.

Por sus mesas pasaron generaciones enteras: primero los papás, después los hijos, más tarde los nietos. "Fueron veintisiete años ininterrumpidos en los que servíamos unos tres mil cubiertos por mes", destaca con orgullo. También pasó la historia grande del deporte. El plantel de Boca Juniors, cuando vino a jugar contra Alianza de Cutral Co, eligió el restaurante como búnker. "El Loco Gatti se pidió ocho huevos fritos", recuerda. Y en los ochenta y noventa, las figuras del básquet de Independiente —Oroño, De la Fuente, Richotti, Ratliff, Johnson— hicieron de Pastilandia su segundo hogar.

El final de un ciclo y la pregunta que no se apaga

El cierre llegó cuando la demanda de tiempo se volvió imposible de sostener. Además del restaurante, Carlos y Valeria llevaban el servicio de alimentación de la Maternidad de Rincón de los Sauces, la clínica CEMIC y el policlínico ADOS, y habían sido parte del nacimiento del café bar Margarita. "Entre todo manejábamos unos cuarenta empleados. Llega un momento en que la cabeza y el cuerpo simplemente dicen basta", explica.

La despedida no fue fácil. "El cierre de Pastilandia me produjo una depresión; el restaurante era como un hijo para mí", confiesa Carlos. Cada vez que se cruza con un viejo cliente, la pregunta se repite: "¿Cuándo van a volver?". La respuesta todavía no está escrita, pero hay una impulsora inesperada. Ailín, su hija, que creció correteando entre las mesas, hoy abogada, le insiste: "Tenemos que abrir algo". Carlos ya mira de reojo algunos locales. La chispa sigue intacta.

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