Dejó Venezuela con 2.500 dólares y una mochila: el pueblo de la Patagonia donde decidió quedarse
Tenía 26 años, 2.500 dólares y una mochila. Cuatro años después de dejar Venezuela, Maricé Ramírez habla desde un pueblo de la Patagonia que la atrapó apenas puso un pie: lo que encontró ahí cambió sus planes.
Maricé Ramírez tenía 26 años, el título de contadora recién en la mano y 2.500 dólares en el bolsillo cuando se subió a un avión que la alejaba de Valencia, su ciudad natal en Venezuela. Nunca había hecho dedo. No tenía un itinerario fijo. Solo una idea que la venía persiguiendo desde hacía años: recorrer Sudamérica con una mochila al hombro y descubrir qué había del otro lado de la frontera.
Cuatro años después, la cuenta es difícil de resumir: pasó por Colombia, Perú, Bolivia, Paraguay, Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. Hizo 30 voluntariados. Y hoy, con 30 años, habla desde El Chaltén, el pueblo de montaña santacruceño donde encontró algo que no estaba buscando.
Una familia viajera y una crisis que lo cambió todo
Maricé creció en Valencia, a unas dos horas de Caracas, en una casa donde viajar era casi una costumbre. Su papá es profesor y el dinero no sobraba, pero el precio casi insignificante de la nafta les permitía recorrer Venezuela unas cinco veces por año.
Cuando cumplió 18, la crisis económica se llevó esa rutina. Sus padres dejaron de viajar y ella empezó a moverse por su cuenta, con una mochila y poco dinero. La semilla ya estaba plantada.
La idea de cruzar fronteras apareció más tarde, en plena carrera de Contaduría, cuando una relación sentimental terminó porque su novio se había ido a Chile. Tenía 22 años y cursaba el sexto semestre. Aunque estaba triste, decidió quedarse y terminar la carrera: sabía que la universidad en Venezuela era gratuita y que estudiar afuera podía complicarse.
En ese momento, encontró un video de Laura y Juan, dos viajeros rosarinos que habían recorrido Sudamérica a dedo y contaban su experiencia en una conferencia. «Cuando vi eso, pensé: “Claro, yo puedo hacer eso”. ¡Yo también quiero eso!», recuerda.
El video era de 2018, pero el sueño tuvo que esperar. Los problemas del país y la pandemia demoraron el final de sus estudios. Mientras tanto, ahorró y compró el equipo: carpa, bolso, bolsa de dormir. Cuatro años después, salió. Su mamá la acompañó las primeras dos semanas en Colombia y después volvió a Venezuela. Ella siguió sola.
30 voluntariados para estirar el viaje
Viajar durante cuatro años exige resolver algo más que las ganas de conocer lugares: dónde dormir, qué comer y cómo conseguir dinero para seguir. Maricé encontró una respuesta en los voluntariados, una modalidad que le permitió quedarse más tiempo en cada destino sin gastar sus ahorros en alojamiento. A lo largo del continente hizo 30 intercambios, sobre todo en hostales.
«Podés hacer distintas tareas: apoyar en recepción, en limpieza o en la organización de eventos. Otra opción es enseñar, por ejemplo, inglés en una escuela. Hay muchos tipos de voluntariados y depende de cada lugar», explica.
En su caso, trabajó en recepción, limpieza, como bartender y como creadora de contenido. Lo habitual era dedicar entre cuatro y seis horas por día a las tareas acordadas con el anfitrión. La compensación no siempre es la misma: algunos lugares ofrecen solo hospedaje; otros suman el desayuno, el almuerzo o todas las comidas.
Para ella, el atractivo está en la posibilidad de instalarse varias semanas en un sitio, conocerlo con calma y armar vínculos. «Si quiero pasar un mes en un lugar, me parece que el voluntariado es una de las mejores opciones», dice.
Cuando el intercambio se parece demasiado a un trabajo
La mayoría de sus experiencias fueron buenas, aunque el balance incluye situaciones incómodas. Después de 30 voluntariados, aprendió que no todos los anfitriones entienden de la misma manera las condiciones del intercambio. En algunos casos, la propuesta que parece una colaboración termina convertida en una exigencia laboral.
«Hay lugares donde no entienden que estás haciendo un voluntariado y que no es un trabajo remunerado. Te quieren tratar como si fueras un empleado», cuenta.
La experiencia también le dio herramientas para detectar esas diferencias antes de aceptar una propuesta. Cuando conversa con el anfitrión, intenta reconocer si existe una expectativa razonable. «Siento que, después de tantas experiencias, cuando hablo con el anfitrión ya puedo darme cuenta de si el lugar va a estar bueno, si me van a tratar como voluntaria o si, en realidad, pretenden tener a un trabajador al que no le pagan», explica.
Para encontrar oportunidades usa principalmente Worldpackers, una plataforma que conecta viajeros con anfitriones. Pero también descubrió que los contactos personales abren puertas. En Boipeba, Brasil, una chica que había hecho un voluntariado en Buenos Aires le recomendó un establecimiento y le pasó el contacto. Maricé se comunicó y concretó el intercambio, aunque el lugar no figuraba en la plataforma.
La clave, para ella, es entender que el acuerdo compromete a las dos partes. El voluntario debe respetar las reglas, mantener la limpieza y colaborar; el anfitrión debe respetar las condiciones pactadas y no confundir la ayuda con un trabajo gratuito. «El intercambio consiste en apoyar al lugar y ayudarse mutuamente, pero no se trata de abusar de ninguna de las dos partes», sostiene.
El Chaltén, un amor a primera vista
«En Argentina estuve desde 2023 hasta 2024: me quedé un año. Luego me fui a Brasil, donde estuve diez meses, y después pasé una semanita en Chile por temas de visa. Estuve un mes en Paraguay y en Uruguay, volví a Venezuela por unos tres meses y después regresé a Argentina», repasa.
Su primera llegada a la Patagonia fue por recomendación de un viajero de Córdoba, que le dijo que podía encontrar trabajo y le aseguró que la región le iba a gustar por sus montañas y su naturaleza. Así llegó a Ushuaia, donde pasó un mes. La ciudad le pareció demasiado grande: ella prefiere los pueblos chicos. Allí conoció a otro viajero que le habló de El Chaltén y le dio las indicaciones para llegar.
«Cuando llegué, apenas puse un pie ahí sentí una conexión inmediata», recuerda. Ni siquiera el cielo nublado de aquel día logró cambiar esa impresión. Primero se quedó una semana, salió a la montaña, hizo amigos y después buscó trabajo. Lo consiguió el mismo día en que empezó a preguntar. Así extendió su estadía a cuatro meses y encontró una forma de combinar el empleo con las caminatas y la vida del pueblo.
Cuando la temporada terminó y los hoteles y alojamientos comenzaron a cerrar, decidió seguir hacia el norte. Durante la última semana de abril hizo dedo. En el camino pasó por Gobernador Gregores y visitó el Parque Nacional Perito Moreno, adonde llegó por invitación del intendente de la localidad homónima. Se alojó unos cuatro días en domos y refugios gratuitos, y conoció un área protegida que, a pesar de su belleza, recibe menos visitantes por las dificultades de acceso.
El trayecto también le dejó una anécdota difícil de olvidar. Después de Río Mayo hizo dedo y consiguió que la llevara un camionero. La conversación fluyó tan bien que el conductor le ofreció manejar el camión durante unos diez minutos. Cerca de una hora después, el vehículo se rompió y ambos quedaron varados en la ruta. Avanzaron muy despacio hasta el siguiente pueblo, donde pasó la noche. Al día siguiente tomó un colectivo hacia Esquel, visitó el Parque Nacional Los Alerces y la Laguna Azul, siguió hacia Villa La Angostura y finalmente se quedó un mes y medio en Bariloche.
Después de cuatro años de viaje volvió a Venezuela un tiempo, pero algo la llamaba: volver a El Chaltén. Ahora habla desde allí. Esta vez no llegó solo para conocer sus senderos: eligió quedarse toda la temporada, de octubre a mayo, y consiguió trabajo en un hotel.
Viajar sola: los riesgos y la solidaridad
La libertad de viajar sin planes también implica exponerse a situaciones que no siempre se pueden prever. Maricé reconoce que, como mujer, existe una vulnerabilidad que no se puede ignorar, aunque rechaza la idea de que viajar sola por Sudamérica sea necesariamente demasiado peligroso. «Toda la gente que me decía que era muy peligroso era gente que nunca lo había hecho», recuerda sobre las advertencias que recibió en Venezuela antes de partir.
En cuatro años tuvo experiencias difíciles. En Perú debió acudir a la Policía para denunciar a un hombre estadounidense que la siguió durante tres ciudades. También vivió una situación incómoda en uno de los voluntariados: el establecimiento ya está cerrado y ella reportó el caso en Worldpackers. No busca minimizar esos episodios, pero tampoco cree que deban convertirse en una sentencia sobre la posibilidad de viajar sola.
«Fue muchísima más la gente buena que la mala que me he encontrado. A la gente mala la puedo contar con los dedos de una mano», dice. En los momentos en que se sintió vulnerable, asegura, siempre encontró personas que la ayudaron. Y compara: las dificultades que viven las mujeres no tienen que ver con un viaje, también pasan en cada ciudad, incluso en la propia casa.
Argentina ocupa un lugar especial en ese balance. Maricé destaca la manera en que fue recibida y el vínculo que encontró con la gente, tanto en la Patagonia como en otros lugares del continente. «Es el país que a nosotros, los venezolanos, nos ha recibido con los brazos abiertos y nos sigue recibiendo súper bien», afirma. También rescata la sororidad entre mujeres, una actitud que, según su experiencia, aparece en gestos cotidianos de ayuda y empatía.
El próximo destino
Su siguiente parada será Venezuela, donde planea pasar unos tres meses con sus padres, sus dos hermanos y sus sobrinos. Después quiere volver a Argentina para conocer el norte, una región que todavía tiene pendiente.
La casa de sus padres sigue siendo ese lugar al que puede regresar, pero el viaje ya forma parte de su manera de vivir. La historia que empezó con un video de dos argentinos que recorrían Sudamérica a dedo la trajo de nuevo al país y, por ahora, la encontró en un pueblo de montaña donde decidió quedarse un poco más.
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