Del bisabuelo al nieto: la estirpe ovina que resiste en la estepa patagónica
¿Qué secreto esconde un campo que sobrevivió a la sequía y al abandono? La historia de cuatro generaciones que luchan por mantener viva la producción ovina.
En el corazón de la estepa rionegrina, entre Jacobacci y Maquinchao, una familia sostiene una tradición que ya lleva cuatro generaciones. La producción ovina, golpeada por años de sequía y el abandono de los campos, encuentra en los Apestegui un ejemplo de resiliencia.
Agustín Apestegui, junto a su padre Jorge y su hermano Juan Carlos, veterinario, lleva adelante una explotación familiar dedicada a la lana Merino de alta calidad. La historia comenzó hace más de un siglo con su bisabuelo, que tenía un negocio de ramos generales en Maquinchao y luego compró campos.
“Nosotros somos ya la cuarta generación. Todo arrancó con mi bisabuelo, que tenía un negocio de ramos generales en Maquinchao y después empezó a comprar campos. Desde entonces la familia siempre estuvo ligada a la producción ovina”, cuenta a Río Negro Rural.
Una empresa ciento por ciento familiar
Durante décadas, la familia formó parte de la histórica estancia Maquinchao, uno de los establecimientos emblemáticos de la Patagonia. En 2014, tras una reorganización familiar, decidieron continuar por su cuenta. “Mi viejo fue siempre el que estuvo al frente de la producción. En 2014 dividimos la sociedad y seguimos produciendo por nuestra cuenta. Hoy trabajamos mi viejo, mi hermano y yo. Es una empresa cien por ciento familiar”, destaca el productor.
“Hacemos prácticamente todo nosotros. Desde la administración hasta la inseminación. Esa estructura familiar nos ayuda muchísimo para poder sostenernos”, resume.
El compromiso con el sector viene de sangre: el bisabuelo de Agustín fue vicepresidente en la fundación de la Sociedad Rural de Maquinchao; su abuelo, su papá y su tío fueron presidentes, y hoy él forma parte de la comisión.
La lana, el corazón del negocio
A diferencia de otras regiones donde la carne ganó protagonismo, en la estepa el principal ingreso continúa siendo la fibra. “Nuestro principal producto es la lana. La carne termina siendo un subproducto y depende mucho del año y del clima”, comenta Apestegui.
El establecimiento trabaja desde hace décadas con Merino Australiano, una genética que forma parte de la historia familiar desde los tiempos de la estancia Maquinchao. “Fue el primer rebaño Merino de la Argentina y nosotros seguimos trabajando con esa genética desde siempre”, destaca el productor.
Los resultados productivos son elocuentes: obtienen entre cuatro y cinco kilos de lana por animal, con finuras promedio cercanas a las 18,5 micras. “Estamos en un promedio de 18,5 micras con un rendimiento del 55%. Es una lana bastante más fina que el promedio y eso permite conseguir mejores precios en el mercado internacional”, asegura Agustín.
La genética como inversión
Aunque ya no funcionan como cabaña, el mejoramiento genético sigue siendo uno de los pilares del establecimiento. La inseminación artificial forma parte del manejo desde mediados de la década del setenta. “Creo que solamente dejamos de inseminar durante el primer año de la pandemia. Después venimos haciéndolo ininterrumpidamente desde los años setenta”.
Además, participan activamente de la Asociación Argentina de Criadores de Merino y desarrollan programas permanentes de selección. “La genética te devuelve la inversión. No es lo mismo un animal común que uno seleccionado. El rendimiento cambia y eso termina haciendo la diferencia”, destaca.
Todos los años incorporan nuevos reproductores adquiridos en exposiciones patagónicas para seguir elevando el nivel del rodeo. “Compramos animales producidos en el país, hijos de genética importada. Vamos incorporando reproductores porque creemos que siempre hay que seguir mejorando”, sostiene Agustín.
La tecnología también llegó a la estepa. Caravanas electrónicas, registros productivos y selección permanente forman parte del manejo cotidiano. “Hemos incorporado tecnología para hacer todo más eficiente. Sin llegar a ser una cabaña, trabajamos con mucha información porque creemos que ahí está buena parte del futuro”.
“La producción ovina no está en crisis, está en extinción”
Consultado sobre la realidad del sector, Apestegui se juega con una frase fuerte: “La producción ovina no está en crisis, está en extinción”. La definición no busca exagerar. Describe una realidad que observa desde hace años. “No tenemos vecinos, los campos están vacíos y cada vez hay menos productores”.
Explica que el problema combina varios factores que se potencian entre sí. Por un lado, los campos perdieron capacidad de carga después de años de sequía. Por otro, las sucesiones familiares fragmentaron los establecimientos.
“Tenemos una doble problemática: cada vez los campos producen menos animales y, al mismo tiempo, la unidad económica necesaria para subsistir es cada vez más grande”.
La consecuencia resulta evidente. “Hoy se habla de que hacen falta unas 4.000 ovejas para poder vivir de la actividad, mientras que el promedio provincial ronda apenas las 300 por productor. Estamos lejísimos del punto de equilibrio”, describe con preocupación.
Los campos vacíos también generan nuevos problemas. El despoblamiento rural trae consecuencias que van mucho más allá de la producción. Los predadores avanzan sobre rodeos cada vez menos vigilados. “El zorro sigue siendo un problema, el puma cada vez está peor y ahora empezaron a aparecer jabalíes en la zona”.
Muchos productores ya no viven en sus establecimientos. “La mayoría de nuestros vecinos está en el pueblo y va al campo solamente los fines de semana porque la producción no alcanza para vivir ahí. Entonces los campos quedan cada vez más abandonados”. Esa ausencia termina agravando los problemas sanitarios y productivos.
El invierno que ilusiona
La estepa conoce mejor que nadie los ciclos climáticos. Desde hace más de una década predominan los años secos. “Ya casi perdimos la cuenta. Desde 2014 para acá hubo muchos más años malos que buenos”, dice Apestegui.
Por eso este invierno aparece como una excepción, ya que las lluvias y las nevadas devolvieron humedad a los campos. “Tenemos el mejor otoño-invierno de los últimos seis o siete años. Está lloviendo muy bien, es un invierno húmedo, cálido y eso genera muchísima expectativa”.
Pero la ilusión viene acompañada de cautela: “Los campos tienen ciclos muy largos. Si vos los exigís un año, después necesitás tres para recuperarlos”.
Y existe otro problema aún más complejo. Quienes abandonaron la actividad difícilmente regresen. “El productor que se quedó sin ovejas tendría que hacer una inversión enorme para volver. La mayoría ya eligió poner la plata en otra cosa”.
La sanidad, otro frente abierto
La sarna ovina sigue siendo una amenaza permanente, no tanto por los establecimientos que trabajan regularmente, sino por aquellos que quedaron abandonados. “Tenemos un vecino con un foco activo desde hace años y no consiguen sanearlo del todo. Son un puñado de ovejas, pero nos pone en riesgo miles de animales”, explica el productor.
Después de varios años muy difíciles, el mercado internacional volvió a ofrecer mejores condiciones para la lana, y también ayudó la normalización cambiaria. “Hoy estamos viviendo un veranito bastante distinto a los últimos años. La foto de hoy es mucho más linda que la de hace poco tiempo atrás”, resume.
Sin embargo, insiste en que un solo año favorable no alcanza. “Necesitamos cuatro o cinco años como este para que vuelvan a sobrar ovejas, para poder repoblar los campos y empezar realmente a recuperar la producción”.
Una invitación a ilusionarse
La Patagonia todavía conserva productores con experiencia, genética de excelencia y enormes posibilidades productivas en ganadería ovina. Pero también necesita tiempo. Y, sobre todo, necesita que quienes todavía permanecen en los campos no tengan que seguir resistiendo en soledad.
“Este año invita a ilusionarse. Ojalá sea el comienzo de varios buenos. Porque con uno solo no alcanza; hacen falta varios años seguidos para volver a poblar la estepa de ovejas y de productores”, sentencia Agustín.